viernes, 09 de enero de 2009

RELATOS SANTANECOS

YO NO QUERIA  CHUPAR

 

Yo no quería chupar, el guaro me da asco, mucho asco.     Muchas arrojadas y gargajos verdes y amarillos habían en el suelo cuando  me arrimé. ¡Ah púchicas!, qué botellal sobre la mesa apolillada de cedro. Yo estaba bien jodido, no lo miento;  la patoja que quiero, me dijo que no me hacía caso porque yo era un muerto de hambre. ¡Ish!, lamido, empachado, burro igualado, fue lo último que me dijo.  Yo no quería chupar, pero me fui  a arrinconar a la cantina esa...  En el suelo dormía el Chilino, a quien le habían dado su buena pijaceada por querer manosear a la Chepa, hija de la dueña de la cantina “El Buen Tufo”. Buen tufo será la chingada, a caite chamuscado apestaba.  El jodido de mi primo Cleto se empinó la botella de guaro de un cuentazo y me dijo: Vos Juan Huista, chate un tu traguito.  Yo no quería chupar, se los juro por Diosito.  Cuerudo, tan lamido que sos, me dijo Cleto.  Yo les rejuro que solo una vez me había puesto bien a pichinga, pero con chicha.  La Chepa me miraba con sus ojotes, que parecían dos brasas, pues nunca me había visto chupar.  El Chilino abrió los ojotes de chucho jiotoso y la chotió  bien.  ¡Ayayay! Quiero chupar más, gritó el Cleto.  Me pidió una choca para comprar otro octavito.  Para que no digiera que yo era un codo, le dí un quezal. ¡Jajajajaja! se rió y me dijo: ¡Guaro me exige el esqueleto!  ¡Uyuyuy!, Chepa, cara de chancleta, dame cuatro octavitos más, ordenó el Cleto.   Vaya a mandar a su casa huevón,  lamido. Siquiera diga por favor, respondió la Chepa, mirándome de reojo.  El marimbista de Cebas quiso tocarle una chiche que casi se le salía, y ella le dio un su chipotazo en la geta y le gritó: su leñaceada le voy a dar va ver pue.   Siguió torteando y el Cleto le dijo a Cebas, el marimbista: chingón usté.  Luego me peló los ojotes de burro en bajada y casi gritándome, me dijo: parecés ishto.  Vení, aplastate aquí.  Yo obedecí y hasta quiso  abrirme la trompa para que me hartara el guaro.  Agarré el octavito. Luego pensé en la María y por un cachito y lloro de la tristeza.  Como coche, me atoré el aguardiente. ¡Ayjuelá! Sentí caliente mis tripas, como si tizones hubiera tragado.   Yo no quería chupar, pero de la cólera de que no me quería la María, chupé. 

El pisto  que llevaba lo puse sobre la mesa y dije que yo invitaba.  El marimbista quiso darle un pico a la Chepa y saber cómo diantres, ella le dio un chuculazo en el hocico. Váyase a la chingada, le dijo, y me miró toda chiveada.  El Margotino, marido de mi hermana Criolina, sacó todo el frijol y el pozol cuando arrojó en ese ratito. Já,  por poco y saco todo el  chipilín que me harté.

  Yo no quería chupar, pero no sé rialmente qué chingados tenía fíjense ustedes.

Já, al Chilino cómo le apestaba  la trompa y las patotas shucas. 

 

Yo ya no le atinaba muchá.  Creo que ya estaba bolo. La verdá es que por un momento me sentí  bien cálida.   Por ratitos sentía que me daba vahído y me hacía del macho.  Estaba bien a pichinga.  A cada rato me sentía más pior. El sonso del marimbista seguía necio. Quería darle un beso a la Chepa. Ella bien brava, lo corrió a leñazos.   El Cleto, por decirle que no fuera arisca, recibió un su guamazo en la geta. Yo sólo miraba.

Yo no quería chupar, pero ya me había zampado un octavo de indita.  Cuando miré el otro octavo, imaginé que la foto que tenía pegada el envase, era la de la María, por eso, sin pensarlo, me lo atoré. ¡Ay, fregado! Pue, ái usté, sentí que era agua de mi tecomate. Ah, tan dulce staba, que parecía melcocha.

Dejá de tomar Juan Huista, me aconsejó chillando la Chepa.  ¡Shó! No siás así, le gritó el abusivo de Cleto.  Vos estate quieto calentón, baboso, empachado, cara de apaste, le contestó ella bien arrecha.  No sea brava chula, le dijo el Chilino, levantándose bien totoreco.     Usté cierre la trompa, le alegó ella. 

 

En verdá, yo no quería chupar, pero estaba muy triste, porque la María me despreció.    

A la Chepa se le estaba cayendo el corte, por lo que el Cleto le ofreció: si quiere, se lo detengo.

 ¡Ay, qué abusivo y císnico es usté!, le gritó, tirándole  una bola de masa a la cara de monolito. Yo la miré todo embrutecido, y el Chilino me dijo: vos sholco, dejá de verla ansina, porque te va a salir escupelo.     

En serio, yo no quería chupar nunca, pero ahora estaba bien jodido ya.

De mi tanate saqué una foto de ella. La besé y me puse a chillar. 

Vonós, me dijo Cleto.  No, ahora nos hartamos todo el guaro que hayga, le dije chillando.    

Un jarro de barro negro y ahumado, estaba hirviendo en medio del fuego. Tenía mucha hambre. Me chillaban las tripas.   Chepa linda, le dije, denos algo de comer.  Ella muy chula y pizpireta me respondió: con mucho gusto Juanito Huista.

 A puro chipilín espantamos el hambre.  Después seguimos.

 

Yo no quería chupar, pero ahora estoy de cruda, una sequía de la gran diabla me está jodiendo.

 

 

TE VOY A PEGAR

 

Te voy a pegar, me dijo, cuando ya me había derribado de un puñetazo.  En el suelo estaba llorando de dolor y rabia.  De mi nariz rota salía a borbotones la sangre. No fue la primera ni la última vez que me dijo: “te voy a pegar”, después de darme la injusta golpiza.  Primero la acción, después la amenaza.  Era todavía un güiro, contaba diez años apenas.  ¿Qué  culpa tenía yo de que descargara  en mí su frustración? Nada.

 

Una vez, lo recuerdo perfectamente, mi madre intentó defenderme y él con una rapidez increíble, le asestó un golpe con una botella en la cabeza.  Ella quedó inconsciente. En un charco de sangre estaba agonizando. Te voy a pegar, me dijo de nuevo, mi malvado padrastro, ya cuando me había estrellado contra la pared.  Yo grité desesperadamente cuando vi que mi mamá se estaba poniendo morada.    Nadie llegó a auxiliarla.  Mi  madre falleció.  Mi pesadilla fue peor.  ¿Qué iba a hacer?  Largarme.      

Durante el humilde velorio, en presencia de los pocos que nos acompañaron, me golpeó de nuevo y me dijo: “Te voy a pegar, porque por tu culpa está  muerta tu mamá”.

Al siguiente día, después del entierro, tomé mis pocas pertenencias y me fui sin rumbo fijo.  Unos jóvenes delincuentes me acogieron y me volví uno de ellos.  Fue en esa época cuando por primera vez consumí drogas, licor; además, asalté y hasta maté, para satisfacer esas necesidades que en ves de ayudarme a encontrar la salida a mi difícil situación, más me hundieron.  El odio que desde niño nació en mí, creció increíblemente.  Busqué a mi padrastro y le reclamé tantas cosas.  El iba a comenzar a hablar cuando le clavé el puñal.  Se desangró y murió en el hospital, esto lo supe por las noticias.  Cuando  hice eso, tenía ya 15 años.  Nunca logré olvidar mi sufrida niñez.  Desde cuando tenía siete años comenzó todo.  Mi madre se unió a ese borracho, haragán y violento hombre.  Mi niñez fue tristísima. Apenas aprendí a leer y a escribir. ¿Cómo iba a aprender las lecciones si mi mamá y mi padrastro solo pelear eran? ¿Cómo iba a ser un niño normal si mi padrastro me pegaba más de una vez al día?    Los años han pasado y ha habido un cambio positivo en mi vida.  Ya no consumo drogas y tampoco sigo siendo delincuente.  Pero lo que nunca he podido olvidar, son esas golpizas que mi padrastro me daba,  antes de amenazarme.

 

 

TOMO PA  OLVIDAR LAS PENAS

 

Se empinó la botella de aguardiente, y de un solo sorbo,  se la acabó.  Los demás le aplaudieron y le dijeron que era macho.  Ya había consumido mucho licor con anterioridad.  Yo chupo, pa olvidar mis penas, dijo, casi llorando.  Efectivamente, cuando estaba ebrio, olvidaba sus problemas.  En esos momentos tan solo recordaba sus días  felices y a su amorosa familia.  Sus deudas no existían.  Ese pobre albañil derrochaba el miserable sueldo que devengaba al día en tan solo un instante.  Su esposa e hijos mendigaban.  El enfermo alcohólico era un cobarde al no querer enfrentarse a las adversidades.   Un día murió en plena calle.  Por supuesto, de goma.  La herencia que le dejó a la familia, fueron sus incontables deudas.

 

 

 

A   LA    MEDIA   NOCHE

 

-Son babosadas.

-En serio.

-Ya ni chiste tenés.

-Eso cuentan.

-En el cementerio, ni un ruidito se oye a las doce de la noche.

-Mi agüelo me lo cuenta.

-Sos mero dundo.

 

A esa hora, la noche iniciaba a caer, como un negro telón en el teatro de la vida.  Estaban en vísperas de noviembre.  Las tardes melancólicas y románticas del onceavo mes del año se divisaban en el horizonte.  

 En ese pueblo, situado en Los Cuchumatanes, la gente se preparaba para visitar a sus seres queridos que descansaban en la ciudad del descanso...    

 El calendario se fue agotando. Los días corrían, como corren a su destino, los diáfanos ríos en esta Patria Vegetal.      Llegó noviembre.  La gente le había dado otra fisonomía al camposanto.    Los panteones lucían encalados.  Los adornos mortuorios vestían  los sepulcros humildes y opulentos.  Candelas, veladoras y manojos de ocotes, parpadeaban.  Esa festividad, parecía también, un festival gastronómico: por todas partes se apreciaban exquisitos banquetes, como tamales, yuca, camote, conservas, coyoles en miel, fiambre, enchiladas, jocón, frijoles, tortillas, y por supuesto, el milenario licor, conocido popularmente como guaro o cusha.  Estas viandas eran preparadas y llevadas a los difuntos que el Día de los Santos, en un momento de silencio, saldrían a degustar. 

Los habitantes de Santa Ana Huista, Huehuetenango, invadieron el viejo cementerio, el cual existía desde hacía más de dos centurias.  Los niños jugaban de ladrones y policías, tiro al bote, tejo, campanita de oro y escondite.      La marimba, mucho antes de que la mañana abriera los ojos, estaba ya debajo del árbol de amate, despilfarrando su música de nostalgia y júbilo.  Los grupos de música norteña eran contratados para llevarles “serenata” a los difuntos.  En alguna parte del escenario, los ebrios organizaban pleitos, muy comunes en la provincia...  Se observaba a gente rezando y derramando lágrimas, frente a las tumbas.  Muchos compartían los alimentos con sus muertos.  Los vendedores de licor amasaban fortunas.  En la galera, la agente bailaba sones antañones.  El pueblo ahora parecía cementerio y el cementerio, pueblo.        Tencho y  Telésforo, como dos traviesos chiquillos, les arrebataban la ofrenda a los difuntos y se las comían.  Lo que más consumían, era aguardiente.  

Pero sucedió que Tencho, el incrédulo, fue poseído por el espíritu de la embriaguez y tomó una siesta, bajo la sombra  de un amate que majestuoso extendía sus ramas verdes, donde  anidaban aves canoras.

Telésforo lo dejó solo y fue a divertirse.

 

Los rayos del sol iniciaban a despedirse y la tarde, a paso de tortuga, se aproximaba. La marimba era sacudida amorosamente.

La última pieza que ofreció, fue La Bella Guatemala, del ilustre Germán Alcántara.  A las nueve de la noche, la gente empezó a retornar  a la Cuna del Maíz: Santa Ana Huista.  A las diez, en el cementerio, volvió a reinar el supuesto silencio.                Tencho dormía   profundamente, cubriéndose con sendas chalinas multicolores.  A las doce, voces escalofriantes se escucharon.  Cada vez más se iban multiplicando y esa gritería confusa, lo despertaron. Lentamente abrió los ojos. Un sudor bañó su cuerpo  moreno y enclenque, al verse a la media noche en medio de incontables personajes misteriosos, que como lázaros surgían de las tumbas. No daba crédito a lo que veía. Cuando  vio  unos esqueletos danzando,  cayó de bruces, perdiendo el conocimiento. 

Al  siguiente día, muy temprano, dos ancianas lo encontraron agonizando.

 

EL SUEÑO

-Nunca volveré-, dijo  alzando su mirada hacia el cielo.

Y  se marchó.

 

El, en medio del dolor, se vio postrado.

Alguien soltó una sonora carcajada.

Eran las ocho en punto de la mañana de un caluroso día de noviembre.

Límpido  se quedó para siempre con la mirada puesta a la distancia, por donde desapareció.

Desde ese entonces, cuando su ausencia lo invadió, inició a reconstruir su pasado para que la perpetua sinfonía de amor lo hiciera sentirse vivo.

Y es que ella era primavera poblada de aurora boreal.

 

-Me aguarda un futuro-, respondía cuando le preguntaban por ella.

 

Un día cerró sus ojos y mientras su alma se separaba de su cuerpo, soñó que ella retornaba a él. 

Minutos después de bajar del bus destartalado, ingresó al cuarto.

Con su eterna sonrisa vibrando en sus labios le dijo: “Te amo”.

Le dio un beso en la boca y le advirtió: “Hoy, sólo yo hablaré”.

Ella irradiaba una extraña energía.  Su bello semblante era celestial. 

Su entusiasmo contagioso hizo que un escalofrío recorriera por su cuerpo.

“Nada quedó en el tintero”, dijeron, cuando a la mañana siguiente lo encontraron con una sonrisa a flor de labios.


Tags: Narrativa

Publicado por Desconocido @ 19:36
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios