RELATOS SANTANECOS (El jinete, La meches, Pedro Ixim, Era invierno)
EL JINETE
Un caballo tordillo se asomó. Sobre él, un joven extraño…
El caballo estaba agotado. Mascaba el freno y el hocico babeaba.
El jinete alzó las riendas y le dio dos chicotazos sobre las ancas.
-Lo vi-, rumoreó don Aspirino Barretón, cuando un escalofrío le recorrió de la cabeza a los pies.
-Porque me eché mi güen trago, si no ya me hubiera dado vahído-, prosiguió en silencio.
Mientas por su mente desfilaban incontables ideas, el jinete se perdió en la lejanía.
-Hasta hoy lo vi. El diablo no es como se dice que es, pero si lo encuentra, ya se jodió. Solamente se va a salvar si se baña con agua bendita, como le aconsejó el padre Dionisio.
El aullar lastimero de los perros despertó al pueblo. Eran las cuatro de la mañana y el alba aún bostezaba, y don Aspirino Barretón deliraba y gritaba: “Allá va ese jinete que es el diablo”.
LA MECHES
Sus ojos parecían frijoles camaguas. Sus pechos redondos y desnudos amenazaban con salirse de la escotada blusa. Su cabello trenzado olía a hinojo. De vez en vez, una tímida y tierna sonrisa se asomaba a sus labios, y como música de chirimía se ocultaba de nuevo.
Era mayo, la milpa recién nacida. Los surcos verdes parecían minúsculas olas que danzaba al compás de una agraria sinfonía. A esa hora, las parvadas de zanates surcaron el cielo. Empezaba a caer la tarde cuando doña Cleotilde Aguasucia apareció.
Meches aún contemplaba en silencio a no se qué…
-Ideay vos, parecés ishtía, como si se te hubiera ido el pajarito.
Meches aún permanecía en éxtasis.
-Tu zangoloteada te voy a dar-, sentenció.
Fue hasta entonces que Meches se percató de la presencia de la vieja experimentada en chismología.
-Fijate que la gente dice que se jué tempranito con la Nisha Tucuró…
Doña Clotilde le contó todo con lujo de detalles y ella no se inmutó.
De sobra sabía que nada de eso era cierto.
-¿No me creyés Meches?
Ella solo se encogió de hombros y doña Clotilde se marchó con su risa socarrona, maldiciéndola.
-Vieja desgraciada, ella fue quien lo envenenó con gramoxon-, gritó a todo pulmón, cuando la malvada mujer había desaparecido.
PEDRO IXIM
Las hojitas tiernas del milperío parecían llamitas de esperanza, eso, según Pedro Ixim.
Todas las tardes se le veía en el centro del pueblo luciendo su sombrero deshilachado.
Y cuando las luces del crepúsculo parecían luciérnagas, se le podía ver en estado de ebriedad.
-Rrrrr Rrrrr-, el loro protestaba al ver la puerta entreabierta y agregaba: “Llegó Pedro Ixim”.
Esa noche, Juan Huista lo encontró meditabundo en soledad, mientras por sus morenas mejillas, dos lágrimas se deslizaban.
-¿Qué tal vos Pedro Ixim?
-Aquí, jodido.
-¿Por qué?
-Por ella.
Un silencio les selló la boca y continuaron consumiendo aguardiente.
Afuera, el viento chiflaba y se enredaba en las ramas de los árboles.
Y ya se había descolgado un aguacero, como racimo de cocos.
-Sus ojos parecían retacitos de cielo sereno-, pensó y se empinó
el tecomate de cusha.
-Tanteate mano-, le aconsejó Juan Huista.
-Tenés razón-, dijo, y encendió un cigarro de manojo, y comenzó a inventar su silueta con el humo gris. Aún no lo había inventado por completo, cuando le pareció verla caminando en la calle, bajo la lluvia.
-¡Allá va¡
-¿Quién?
-Ella.
-Esperame…
En ese momento, Pedro Ixim había desaparecido, y al día siguiente, muy temprano, lo hallaron delirando entre los zacatonales empapado de humedad.
-Siempre mira en visiones a la finadita-, aseveró Juan Huista, su más íntimo amigo.
ERA INVIERNO
Las paredes lucían encaladas. La cocina ennegrecida y humeante. Los pollitos se cobijaban bajo las negras alas de la gallina culeca. Y olía a nixtamal.
-Tentón, shulunero, busivo-, le gritó cuando él se encaminaba hacia su caballo ensillado.
El silencio de la noche gris merodeaba como perro sin dueño.
El se alejó.
Le taladraba el cerebro pensar en qué diría su madre si ésta viviera. “Coscorrones y varejonazos merezco por dejarme tentar”, musitó.
Nunca olvidaría el día en que le entreabrió las puertas…
Ocho días después, los azacuanes pasaron en parvadas e inmediatamente la lluvia llegó.
Las láminas se quejaban, los acordes metálicos le aplastaban la memoria a los pueblerinos. Los árboles desgajados sollozaban.
Esa tarde en que no lo esperaba, respiró profundamente el olor de la tierra y murmuró:
“Ta. Jo”, ante no sé qué pensamiento…
Sus ojos, llenos de una vaga tristeza lo vieron llegar.
“Ya vine”, dijo entre dientes.
Ella guardó silencio.
La tomó de la cintura. La acostó sobre el viejo catre. Le arrebató la ropa violentamente, como si fuera una fiera en brama.
Sin decir una sola palabra, la poseyó. Ella continuó con su silencio. El catre rechinaba y amenazaba con desarmarse.
Afuera, la lluvia persistía.
Silencio.
Reflexión.
Era invierno.
Los aguaceros torrenciales de la noche anterior dejaron huella…
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