jueves, 29 de enero de 2009

MUTISMO

A San José El Tablón, cuna de mi madre

 

Muy de mañana vino por su desayuno.   Cuando venía por la puerta de trancas, lo divisé. Traía una carga de chiriviscos. Las gallinas escarbaban  los sembrados en el patio. 

Supuse  que me  daría una chicoteada por no acompañarlo. Lo esperé sentado junto a la  piedra de afilar machetes amellados. Llegó casi  enmudecido

-Buenos  días papa.

-Buenos días.

 

  Había silencio, mucho silencio. El ambiente solamente era interrumpido por el zumbar de las moscas que estaban en derredor de una plasta de estiércol. Momentos después,  llegó chiflando mi tío Severo, hermano de mi abuelo Juan.  Con los brazos cruzados sobre el pecho y baja la cabeza, le dije: “chanto tío”.  El aludido me bendijo.  

Luego me interrogó: ¿Dónde está Juan? 

Con el índice le respondí.  Entró en la cocina.

Al rato salió. Ya no chiflaba.

-Tu abuelo está enfermo de melancolía,  me dijo, y se marchó.

 Entonces entendí el porqué de su mutismo.

 

EL RETORNO

 

Su alma, empapada de soledad se alegró cuando sus ojos bebieron aquellos bosques frescos y aromáticos.

Los bejucos que se trenzaban en las vigorosas ramas de los árboles, parecían culebras entumecidas.  De entre los tupidos guatales, las chorchas rompieron el silencio.        

Hacía mucho tiempo se había marchado del pueblo, y al fin retornaba.

 

-La tierra húmeda de los surcos me llaman-, pensó.  

 

Su cerebro,  ebrio de recuerdos, parecía una jaula llena de pájaros bullangueros.

 

-Mis papás van a llorar de alegría cuando me vean.

 

Las veredas habían desaparecido. Ahora la ancha carretera le daba la bienvenida.

La montaña verde y titánica parecía desparramarse.   El verde en todos los matices lo extasiaban. El río rugía, ladraba.

Un chucho flaco salió a su encuentro. De pronto, se halló frente al rancho que amenazaba con venirse a pique. Entró en él y solamente halló soledad y recuerdos punzantes.

 

ERA INVIERNO

 

Era invierno, un triste y frío invierno.

La soledad, como neblina, se esparcía por todas partes.  No le importó el dolor de las canillas causado por los vigorosos matorrales.

Cuánto hubiese querido que sus lágrimas de alegría fueran.  Para disipar un poco  su honda pena, pensó en recordar los momentos felices que habían vivido. 

Recordó, por ejemplo, cuando fueron de pesca y regresaron con una sarta de juilines y el sol bajaba en la montaña y empezaba a derramar su baba de oro. Evocó la primera vez cuando se emborracharon con chicha. El río que cada vez más rugía lo sacó del transe. Se sentó a la orilla de la vereda que lo conducía al pueblo. Con su tanate a la espalda, sujeto a la frente por un mecapal de maguey.

Se miró al espejo de una poza clara, y en silencio se lamentó: “Es la primera y última vez que voy a visitarlo. Mañana lo despediré en el cementerio”.

 

EL LOCO

El croar de las ranas lo asustó y lleno de zozobra, continuó la búsqueda. Él loro parlanchín, en la jaula de varitas de milpa, estaba silencioso y seguía cada uno de sus movimientos. De vez en vez se miraba al espejo y murmuraba: “Cara más desgraciada”. 

Buscó entre los arriates de rosales y nada. 

Tomó un descanso. Estaba agotado de buscar por horas.

Aspiró cuatro bocanadas de aire fresco y una honda tristeza lo  invadió cuando recordó que no recordaba lo que buscaba.

Y el loro le gritó por centésima vez: “¡Loco, loco!”

 

LA VEREDA

 

Era una noche de noviembre.        

El silencio invadió su rancho. Las lágrimas nublaron sus ojos. 

Cuando volvió a pasar la mirada sobre la vereda, su alma se llenó de más amargura. Imploró entre lágrimas volviera y la vereda continuaba silente y triste.

Desde que descubrió su ausencia, en su alma no había sosiego.  

Durante muchos años la esperó y primero desapareció la vereda y de ella, nunca supo más.

 

SU RECUERDO

 

Me escoltaba piadosamente.

Me seguía de cerca y donde me encontraba, se echaba silenciosamente a mis pies.

Tenía un techo donde guarecerse del frío.  Parecía alma en pena, acento de guitarra extraviada en el silencio.

 

(Y es que no sabía de envidia ni de rencores).

 

Está tan diáfana en mi memoria porque siempre vivimos con el alma desnuda.

No en vano esa energía misteriosa mantiene encendida la llama de su historia.

(Y es que cuando la evoco en vida, no puedo evitar que las lágrimas salten de mis ojos).

 

San Antonio Huista cambió, y el recuerdo de ella, como perro fiel, va conmigo a doquiera.

 

LA ESPERA DE SIGLOS

 

El temor se apoderó de todos cuando sangrante y maltrecho salió de la cantina “La Cusha Bendita”.

-Lo resmuelen a uno esos cabrones-, vociferó.

 

Una lágrima evidenció su dolor y rabia.

 

Cuando empezó a largarse y recordó por centésima vez a su desaparecida María Huista, los borrachos consuetudinarios le gritaron desde la cantina:

-¡Dundo, pendejo! La seguís buscando, como sino lo supieras…

 

Así transcurrió su vida.

Las arrugas poblaron sus cabellos y la esperó por siglos.

 

 

*Ciudad de Guatemala, noviembre de 1997.

Móvil: 55 22 63 04

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Tags: Narrativa Por Exvedi

Publicado por Desconocido @ 12:29
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