Al descender su mirada hacia él, se restriega los párpados.
Últimamente, luce nostálgico. Definitivamente, la tensión lo tiene crispado. La cruz es muy pesada para un solo hombre. Su acompañante, uno de los tantos judas, escupe un gargajo cuando el Coronel de la Primavera, dice que ha sido traicionado.
“Yo, siempre estoy con usted”, mintió el fantoche. El Coronel, sin pronunciar una sola palabra, le agradeció efusivamente con un apretón de manos, y pensó: “Su presencia tiene sabor a muerte”.
Su acompañante, un miembro del ejército, se largó con una sonrisa irónica.
Árbenz se quedó solo. Sorbió el contenido de la copa y redescubre que todo luce desolado. Sin embargo, se empecinó en pronunciar un fogoso discurso ante un público imaginario. Los aplausos son abundantes, según su imaginación.
“Desde las más recónditas profundidades oigo las voces que me apoyan”, murmura Fortuny.
En medio del zumbido de los zancudos, las notas de la Granadera se desgranan.
Carlos Castillo Armas, encendido en cólera, grita a todo pulmón: “¡El comunismo es de Satanás!”. Y la iglesia católica, con llanto en los ojos, exclama: ¡Amén!
El Cristo de Esquipulas está enterado de todo, y con lujo de detalles.
El pánico cunde en el auditorio y casi todos apedrean al Coronel.
Àrbenz siente un escalofrío a lo largo de la columna vertebral y piensa: “A los que les tendí la mano amiga, comienzan a desconocerme”.
Un transeúnte lo mira con desdén: Es Efraín Ríos Montt, la vergüenza de Huehuetenango, en cuya frente luce el 666.
Castillo Armas le confiesa: “La gente es como el azadón: todo para dentro, nada para afuera”.
El Soldado del Pueblo eleva su mirada al cielo nublado de noviembre, y sus ojos se embarazan de lágrimas.
Despunta el alba.
No ha dormido nada. Cuando lo vi, todavía llevaba el pueblo sobre sus espaldas.
Y cuando le dije: “Ánimos mi Coronel”, sus mejillas se encendieron y su espíritu se renovó.
La pesadumbre ya se había apoderado casi de todos.
El Judas Castillo Armas, quedó fulminado por una luz enceguecedora, cuando le vio fijamente a los ojos y le escupió la cara. El pueblo se llevó el cigarrillo a la boca y lazando una larga bocanada, aseveró: “Ya todo se jodió. Los gringos y los títeres nos han robado la primavera”.
Àrbenz se quedó inmerso en sus confusos pensamientos.
La alegría bañaba los rostros de los “liberacionistas”, verdaderos demonios.
“Guatemala, estaré contigo, más allá de la vida”, gritó el Coronel de la Primavera cuando bombardeaban su país. Muchos, incluso aquellos que fueron beneficiados por su gobierno, se mofaron de él y le lanzaron dardos venenosos. Los golpeó con la mirada y los llamó vendepatrias. Los señalados veleidosos, solo rieron a carcajadas.
El Soldado del Pueblo, nacido en Quetzaltenango, no salía de su estupor por la sorpresa. Muchos lo seguían mirando con pasmo. “Ah, qué sabor amargo en mi paladar”, se quejó el hijo incomprendido de este pueblo de contrastes.
Como cosa extraña, todos fuman, menos él. Las carcajadas no ceden al humo de cigarrillo que se ha apoderado del espacio.
Àrbenz retorna al pasado y contempla su magnífica obra que pronto dejará de caminar. Llora. Llora. No entiende porqué el mal triunfa sobre el bien. Parece que no existe Dios…
La lluvia arrecia. El bullicio aumenta. Su amargura apesta. Cuando recibe la noticia, se le ponen flácidas las mejillas, el alma se le desmorona, y llora y se cuestiona: “Por qué nos robaron la primavera”.
“Se va Chapinlandia”, se escucha la voz melancólica del excelso bardo José Luis Villatoro.
La noche ríe a carcajadas.
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