lunes, 28 de diciembre de 2009

 

Era ya de noche y la lluvia no amainaba, y de un lado a otro, muy nervioso, la esperaba en la pequeña sala.

 

Estaba bañado en sudor.

 

Con un inenarrable pánico en el corazón vio cuando ella se internó en la oscuridad de los árboles y desapareció,   esa negra noche cuando descubrió la verdad.

 

Y afuera, la lluvia parecía mar embravecido, y visiones horrendas corrían una tras otra por su mente.

 ¿Y si no logra su objetivo? Se preguntó, mientras las lágrimas saltaban de sus ojos.

 

Llovía. El cielo lloraba. Se desangraba el cielo. El cielo…

 

Las dudas le descuartizaban el corazón.  Su corazón se puso a latir con más fuerza. Pobre su corazón…

 

Con voz temblorosa dijo que por su culpa, que por su maldita culpa, ahora todo era silencio, incertidumbre y llanto.

 

Se echó de nuevo a llorar, como chiquillo perdido en el laberinto de Jhon Willerm.

 

Y la lluvia no amainaba.

 

Extrañamente perdió el equilibrio y cayó de bruces, y gritó con todas sus fuerzas: ¡La pobreza es uno de los peores pecados, pero la traición es peor aún!   

 

A duras penas llegó a su cuartucho, se arrojó sobre el catre y rompió de nuevo en llanto,

 

Y afuera, la lluvia parecía mar embravecido.

 

Y se durmió.

 

La noche pasó, se esfumó.

 

 

Cantaban los gallos y había amanecido cuando recordó por  enésima vez que por su culpa ella se había marchado y que afuera, la lluvia parecía mar embravecido; pero en su interior, el invierno era más terrible.  


Tags: NARRATIVA

Publicado por Desconocido @ 11:00
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios