viernes, 21 de mayo de 2010

HOY, HACE 29 AÑOS, FUE ASESINADO MI PADRE

En su memoria, comparte un fragmento de una breve novela (si puede dársele tal nombre), que comencé a “garrapatear” desde mi juventud. 

 

LA ÚLTIMA TARDE

Era tarde, las seis, quizás. Las nubes anunciaron  lluvia. Relámpagos. Truenos. Rayos. Luego, aguaceros. Era miércoles,  20 de mayo de 1981.  Con mi  madre y mis hermanos bebíamos café. Mi padre estaba callado, con la mirada clavada en el suelo.

-Mis hijos, los quiero mucho-, dijo, rompiendo su silencio, y agregó: Mija, cuidalos y perdoname por los dolores que te he dado. 

Estas palabras fueron para mi madre como otro negro presagio...

Sergia, Adalid y yo, nos fuimos a dormir. Mi hermana Abigail, que era bebé, dormía en los brazos de mi madre.  Me esforcé en no dormirme, pero fui vencido por el sueño. Mis padres platicaron por largas horas. ¿De qué? No lo sé.

 

Y LLEGO EL DIA MÁS NEFASTO

El jueves 21 de mayo de 1981, a las siete de la mañana, oímos el chirrido de la llave que daba vuelta en la cerradura de la puerta, cuando se fue a la municipalidad. Partió sin despedirse sin palabras. Ni un solo acento se asomó en sus labios grandes y carnosos. Abrazó a mi madre, a sus hijos nos dio un beso en la frente y con una mirada melancólica, triste y enigmática, se despidió.  En sus pupilas yo podía  leer su última adiós. Callamos largamente…

 

Algunos sabían lo que ese día sucedería, entre ellos él…, que minutos antes se había ocultado detrás de la imagen de Jesús Nazareno, que mora en la cercana parroquia. Si la efigie de Jesús Nazareno hubiese podido estrellarle su cruz, lo hubiera hecho, pero no, no podía, pues no tenía siquiera el poder que tiene una hoja seca que arrastra el viento. 

 

Esa  mañana estaba sentado en su escritorio trabajando, mientras en el parque, un grupo de jóvenes charlaba  y jugaba naipes.

De pronto,  individuos  con el rostro cubierto y fuertemente armados, entraron al pueblo; subieron al segundo nivel donde estaba el despacho de mi padre.

Los muchachos que jugaban naipes en el parque corrieron despavoridos al verlos llegar.
“Los del monte muchá”,  vociferaron.
A los demás ya no les dio tiempo de pronunciar una sola palabra, y se esfumaron de inmediato.

Mientras tanto, Manuel Lemus (más conocido como Pico Mudo y que era su Comisario), detrás de Jesús Nazareno esperaba ansioso oír los primeros disparos.   

Mi papá  trabajaba. Acababa de acomodarse los anteojos oscuros, cuando los demonios interrumpieron. Le dispararon a quemarropa,  sin darle tiempo a defenderse; sí como lo hacen los cobardes, los animales salvajes.

Manuel, su comisario, lloró de júbilo al oír ladrar esas armas.

 

Posteriormente, los demonios se dirigieron a la casa de tío Miguel Ángel Taracena, hermano de mi abuela materna, Ana Olimpia,  y le dispararon catorce veces con arma de fuego, dejándolo gravemente herido.  De igual manera hirieron al señor Emilio Escobedo Velázquez, quien se encontraba en la Oficina de Correos y Telégrafos de la que era encargado. Las víctimas heridas fueron trasladadas a un hospital de la cabecera departamental de Huehuetenango, donde don Emilio Escobedo Velázquez murió diez minutos después de su ingreso. Don Emilio nació  el 21 de mayo 1922  y falleció el 21 de mayo de 1981)

Manolo Matamoros Morales, que había ido con su madre a casa de la señora Esther Lemus y que era un infante aún, fue uno de los testigos. Desde la esquina de la casa divisó al grupo de guerrilleros enmascarados y corrió a informar a la señora Esther, a mi tío Miguel y a su madre, pero no le creyeron. Manolo, en su inocencia, se ocultó debajo de la butaca de tío Miguel, quien en ese momento descansaba, en dicho mueble. Cuando de pronto, los guerrilleros ingresaron a la casa. En las puertas, algunos miembros de la guerrilla se pararon para evitar que alguien se escapara. La medre de Manolo logró huir y refugiarse en casa de su suegra Elena Armas, que vive a poca distancia. Dispararon varias veces estando Manolo debajo de la butaca. Para su buena suerte, no le sucedió nada a Manolo a pesar de la cercanía de tío Miguel. 

 

 Para la época,  viajar a la cabecera departamental de Huehuetenango constituía una odisea, pues el transporte era escaso y caro.

 

Tío  Miguel estaba entre la vida y la muerte. La noticia de que estaba en ese estado,  fue transmitida de boca en boca. La nueva noticia causó más impresión en todo el  pueblo. Estuvo luchando durante muchos días. Sus miradas agónicas quedaron clavadas en lo más profundo de mi corazón. 

Recuerdo que fui a su casa  a verlo, poco tiempo después de que lo balearan. Tía Esther Lemus lloraba a su lado, mientras él abrazaba y bendecía a Arnoldo, hijo de tía Eluvia y a quien crió como si fuera su propio hijo.

Tío Miguel aún vivió 8 años y murió de goma, según decía la gente. Efectivamente,  consumía mucho licor durante sus últimos años. 

 

Orgulloso mostraba la enorme cicatriz que atravesaba su diafragma. Rememoro que siempre que estaba ebrio, maltrataba con ira a los políticos, diciendo que eran una porquería. Posiblemente por eso intentaron eliminarlo físicamente.

 

  Volviendo a los demonios, al cumplir la misión terrible, sonrieron con expresión satánica y huyeron bajo la mirada de Dios. Según esos testigos, los asesinos iban con el rostro cubierto, sin embargo, ya se sabía quiénes eran. Mi abuelo paterno, llamado Próspero y más conocido como “Posh”, al enterarse de lo sucedido, dijo entre sollozos “hijos de la gran puta, mataron a mi hijo”.

Los animales salvajes huyeron. Se disiparon pronto. Y en breve, mi madre y sus hijos íbamos a despertarlo en vano: Ya dormía el sueño eterno.

Fue muerto salvajemente. Le cortaron la vida en un  instante y nos condenaron a siglos de dolor, pobreza e injusticia.

Manuel había sido contrincante de mi padre durante la recién pasada contienda electoral, pero había sido derrotado. (Tiempos después, don Chimino, íntimo amigo de mi padre, me comentó: “Le dije a tu papá: No compadre, no lo deje de Comisario, usté sabe que lo lleva mal&rdquoGuiño. Pero mi padre hizo caso omiso.

 

Retornando a las 11.50, cuando se oyeron los impactos, mi madre exclamó: ¡Chente!

Tomó a Ana Abigail, y salió de prisa hacia el ayuntamiento que queda a una cuadra. Detrás de ella, mi hermana Sergia y de último, Adalid y yo.

Mi hermano iba cojeando y sosteniéndose en las paredes, pues tenía un “nacido” en la pierna derecha. A pocos metros de la alcaldía,  doña Lola Hernández  salió al encuentro de mi mamá y gritando, le dijo: “Güicha, Güicha, mataron a Chente, mataron a tu marido”. ¡No lo podía creer! ¡No lo podía creer! ¡No lo podía creer!

 

Mi madre, con una desesperación incontrolable, llegó al  despacho y nosotros le seguimos.

Cuando descubrió que lo habían acribillado a balazos, gritó de espanto, de dolor. Nunca en mi conciencia se borrará jamás esa faceta triste, maldita. Todos estábamos perplejos de estupefacción ante nuestra desdicha. Los gritos de dolor y de pánico fueron ahogados con aplausos de la muerte. Llamas de sufrimiento chisporroteaban en nuestros corazones. Mi madre gritaba, lloraba desconsoladamente.  Lo tomaba de la camisa y le rogaba despertara. Lo abrazaba y no dejaba de lanzar sus gritos  desgarradores. El terror se había apoderado completamente de nosotros. 

Segundos después que nosotros llegamos,  se oyeron repiques tristísimos de las campanas de la  parroquia: otra vida se había apagado. Poca gente se agolpó en torno del cadáver. Nada se pudo hacer para salvarle la vida.

 

La tristeza nos tenía absortos.  Mi madre no aceptaba la realidad.  Le hablaba, le exigía respuestas.  Enfurecida volvía a tomarlo de la camisa y le gritaba: “¡Chente! ¡Chente! despierte”.

Gran desgracia la nuestra, éxito rotundo para ellos…

Se puso término a la persecución de mi padre. Se consumó el plan  de asesinarlo. Mi tía Zoila, hermana de mi papaíto, acudió  lo más presto posible, ya que vivía a pocos pasos.

 

Manando sangre en abundancia estaba aún su cadáver.    Ya no  era posible despertarlo del sueño.

No podía ser. Era una cruel realidad, una maldita realidad. 

Exánime mi papá, lucía aún sus lentes oscuros. Nos causó el más vivo dolor tanta tribulación. La sangre que manaba de sus heridas mortales no cesaba. Teníamos el alma traspasada del dolor más negro.  Su cuerpo inanimado y frío quedó sentado, como si nada hubiese sucedido. Con sus lágrimas abundantes, bañaba mi  madre su rostro salpicado con la sangre que brotaba de las heridas.

 

Muchos no descubrieron la identidad de sus victimarios, pero yo sí, incluso, muchos años después tuvieron el descaro de entablar conversaciones conmigo. Esos hombres de alma insensible y podrida, esos demoníacos  parásitos, creían que no sabía nada.

-Fuimos cuartazos con Paúl-, decían siempre.

 

 

El trágico  desenlace aún nos muerde el  espíritu.

 

Volvamos a la escena del crimen…

 Con la sábana que llevó mi tía Zoila, envolvieron el cadáver y  luego lo llevaron a casa.

Las personas que llevaron el cadáver  en una sábana que dio mi tía Zoila, hermana de mi padre fueron los señores Valerio Jerónimo, Crisantos Méndez, Filiberto Mendoza Lemus y Arcángel Herrera, que también correría la misma suerte.  La trágica noticia corrió velozmente. De boca en boca, la crónica de su muerte llegó a los rincones más apartados del pueblo y más allá.

¡Habían asesinado al alcalde!

 

Mientras conducían el cuerpo, Adalid y yo fuimos a observar otros fallecidos que estaban tendidos  frente al Centro de Salud.  Los cadáveres estaban deformes.  Más estupefactos quedamos ante tal escena.

 

Mi madre no volvía en sí del acontecimiento, de la espantosa situación. No estaba en juicio. No estaba de acuerdo con el destino. En un momento cerró sus ojos y cayó, perdiendo el conocimiento. Nosotros, sus hijos, nos asustamos y corrimos llorando hacia ella. Algunas personas la auxiliaron y se perturbaron más. Sergia, Adalid y yo, llorábamos en su derredor. Ana Abigail era cuidada por mi hermana Bety.   Mi  papaíto ya jamás podría abrir sus brazos fuertes para recibirnos.  Ya no caminaría con nosotros por las calles ufanándose.

 

Los gritos permanentes de mi madre no cesaron. Nada ni nadie alivió  nuestro dolor. 

Entonces el pueblo se convirtió en el más pavoroso  infierno.

 

Se derramó tanta sangre inocente, por eso sé que la conciencia jamás los dejará  vivir con serenidad. 

¡Tantos sollozos de mi madre guardo en mi memoria!

Ella enviudó a los 24 años.

 

El pueblo irritado, perturbado, ya no sabía qué hacer. Muchos santanecos huyeron a México.

 

En vano oró el pueblo…

Y yo apenas llevaba a cuestas  4 años, 6 meses, 16 días, 19 horas y 30 minutos; el tercero de cuatro huérfanos.

EL VELORIO

Volviendo a la tragedia familiar,  evoco ese momento cuando vimos su cuerpo colocado sobre dos viejas bancas. Cuatro candelas   le aguardaban  a los cuatro puntos cardinales, como si fuesen guardianes.  Había más gente en casa. Cada vez se sumaban los vecinos llevando coronas de flores naturales y artificiales, chalinas y diversos adornos fúnebres.  A pesar del miedo, las personas fueron acudiendo y pronto la casa se llenó. Pero en  las calles se paseaban el terror, el miedo, el abatimiento y la muerte.

Recuerdo a un funesto personaje que lo miraba de frente. El susodicho movía los labios como diciéndole: Te hemos derrotado.

-Acaban de pasar dos hombres. Pasaron viendo si mataron al finadito-, oí que dijo una anciana, llamada María Chucul.

 

La gente, tímidamente, hacía cometarios sobre los últimos acontecimientos.

Mi madre seguía llorando, nadie podía consolarla.  Desde afuera, una de las tantas mujeres que tuvo amoríos con mi padre, miraba el cadáver. 

 

La viuda vestía un traje negro, de riguroso luto.

La hipocresía de algunos asesinos al darle el pésame era notorio…

Bety, Sergia, Adalid y yo, estábamos también vestidos de negro.

 

Por largo rato lloramos arrodillados al pie del féretro.

Jamás en mi vida he visto llorar a una mujer como lo hizo mi  madre. Nunca.

 

La noche fue eterna.

 

El sol comenzaba a morir lentamente, cuando un  oficial del Ejército entró y saludó muy fríamente a los veladores.

-Fue un buen  alcalde. No huyó, como lo han hecho muchos, aseveró, viendo el cadáver.

Y agregó: Con su vida pagó su valentía, pero los hijos de cien putas de guerrilleros, lo pagarán.

 

No sé, han pasado los años y aún me embarga la tristeza y mi llanto hondísimo no se ausenta jamás.

 

Repito: Mi madre no dejaba de llorar: Estaba ronca de tanto sollozar. Transida de dolor y angustia, contemplaba el cuerpo inerte. Las cuatro velas, cuyas bases eran de tallo de guineo, derramaban sus cristalinas lágrimas.

 

Las facultades mentales de mi mamá se habían alterado. Mis abuelos maternos la alentaban, pero  nada ni nadie podían contener su desgarrador suplicio.

La noche triste era interminable.

 

Maco (el sordomudo), frente al difunto, murmuraba algo… 

Escarbándose  los dientes con una astilla   de ocote, miraba a todos.

 

-Volándole lente a la Juana está ese cabrón-, escuché que musitó un adolescente.

 

Mi madre no se apartó del cadáver durante todo el tiempo.

 

Mi padre se miraba sereno, con las manos cruzadas sobre el pecho, con los ojos cerrados, con los labios mudos. Vestía pantalón negro y una camisa blanca. Daba la sensación de dormido.

Por breves momentos, mi mamaíta  solo suspiraba  y luego se hacían oír sus patéticos alaridos.  -¡Chente! ¡Chente!, gritaba  insistentemente.

 

En los ojos de Bety, tampoco dejaban de brotar las lágrimas. 

 

Predomina en mi mente esa maldición y me duele perpetuamente el alma.

 

Se sirvió café al atardecer, y al anochecer, la cena, que consistía en frijoles con arroz, café y tortillas recién salidas del comal, como se acostumbra en el pueblo. A este banquete le llaman “comida de difuntos”.

 

A la medianoche, volvieron a repartir café con pan. Además,  aguardiente.

 

Un grupo de jóvenes contaba chistes obscenos, colorados,  debajo del achiotal.

A cada momento pasaba mi hermana Bety con otras mujeres  sirviendo café. Algunos ancianos, para disipar un poco las penas,  narraban leyendas de la Llorona, de la Siguanaba, del Sombrerón y del Cadejo.  

 

Ese día, como ya lo dije, entre los que dieron el pésame, iban algunos de los cobardes delincuentes.

Los borrachos permanecían velando el cadáver y evocando momentos que compartieron junto a él.                Muy  cerca del limar, unos jugaban a las cartas o naipes. El olor de cigarrillos era permanente.  Los asesinos que nos acompañaron simulaban bien su alegría. Las carcajadas abusivas de los contadores de chistes no cesaban, como es costumbre en los pueblos.

La sangre se agolpó en la frente de mi madre, pues la impertinencia, cinismo y estupidez la enfadaron de nuevo.    Con su semblante irritado, sus ojos llenos de lágrimas, se puso de pie y gritando dijo: ¡Ya es suficiente que hasta aquí nos sigan torturando!  Ya lo mataron ¿no? Entonces, ¿qué más daño nos harán?

En breve reinó el más profundo silencio. Paseó una mirada colérica por todas  las personas escandalosas y cuando fijó su mirada en un sujeto moreno, mal encarado, le dijo: Un día beberán su propio veneno.

 

No volvió a oírse ni un leve acento. Todos los que estaban  ahí, uno a uno se fueron esfumando.  Enseguida,  mi madre prorrumpió en llanto y mi abuela Limpa la confortó.

Tía Rebeca, hermana de tía Esther y de Eluvia Lemus, me abrazó cariñosamente y me expresó: Animo Chentío, vos sos fuerte.

 

Mi mamá seguía desecha en lágrimas. Sirvieron  más licor o cusha. Los cigarros despedían ráfagas de humo y el ambiente apestaba a veces a bolos. Ya no se oyeron más palabras obscenas, carcajadas y gritos. Aquellos que sonreían con malicia fueron a seguir celebrando a otra parte.

Cuando dirigí   mi mirada  al lugar donde se había suscitado el pleito, bajo el limar, vi una silueta parecida a mi padre y me quedé boquiabierto.   Me asaltaron tantas dudas. ¿Era el espíritu de mi papá que se negaba a partir? No encontré respuesta eficiente a tan extraordinario fenómeno. Han pasado los siglos… y yo sigo meditando sobre ese suceso.

 

La noche del velorio era oscurísima,  como un abismo aterrador.

Con una mirada de odio, la muerte nos intimidaba.

 Los cabellos de mi padre jamás llegaron a blanquearse. Joven lo obligaron a irse. Mi mamá amaneció velando, en ningún momento cerró sus ojos, excepto cuando evocó su pasado.

 


Tags: NARRATIVA

Publicado por Desconocido @ 11:21
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