El pueblo de Santa Ana Huista, conocido también como “El Valle del Maíz”, está ubicado en un rincón privilegiado de Guatemala. En sus fértiles suelos se cultiva el mejor maíz; no en vano muchos todosanteros, colotecos, jakaltecos, por citar pocos de los muchos, son los que dirigen sus pasos a este pueblo a arrendar tierras para cultivar.
En el mes de noviembre, por lo general, se pueden apreciar a los campesinos segando sus sagrados frutos: unos tapiscan, otros arrancan y aporrean el frijol.
Se pueden apreciar a aquellas valientes mujeres ataviadas de vistosos trajes típicos, con su pequeñuelo en su espalda, ayudando al esposo.
Las abundantes milpas camagua, o ya sazonas para su consumo, pueblan casi todo el territorio del pueblo de Wuixtaj, su aparente nombre primitivo.
Allá por el lejano año de 1940, se habló mucho de lo que le sucedió a un campesino, procedente de Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango; cuna de Neto Monzón.
Según la tradición, el campesino llamado Lipe Güipil, era joven, soltero y sin familia. Todos los días veía a un perro blanco y fornido que lo seguía a donde iba. Muchas veces trató en vano mimarlo, ya que le inspiraba amistad y calor familiar. Cuando al rayar el alba emprendía sus pasos a su tarea, el perro se le aparecía en el camino, guardando cierta distancia. Durante todo el día, el misterioso perro blanco se mantenía echado bajo la sombra de un árbol de hormigo.
Cuenta la tradición oral que el campesino hizo muchos intentos para acercarse a él, pero no lo logró. Su eterna duda era del porqué siempre lo acompañaba y no permitía más acercamiento.
Según la leyenda, la vida del joven peligraba, pues querían asesinarlo otros labriegos, culpándolo injustamente de la muerte de una anciana.
Se sabe que muchas veces trataron de cortarle la existencia, pero al ver al enorme perro blanco, se alimentaban de un miedo inaudito.
Hasta que un día lograron vencer ese sentimiento.
Mientras el campesino preparaba su pozol, sus adversarios ingresaron a su parcela con el propósito de darle muerte.
Cuando la mano asesina estaba cerca de la consumación de su negra misión, el perro blanco se lanzó sobre los hombres armados con cuchillos, y en forma misteriosa los desarmó, e hizo que huyeran despavoridos.
El campesino se quedó asombrado ante tal suceso.
Cuando sosegó su espíritu, dijo con cierta voz trémula:
-¡Gracias vos perro, si no fuera por vos, ya estaría bien muerto!
El campesino agradecido, quiso acariciarlo, ya que lo tenía muy cerca, pero el perro blanco desapareció misteriosamente.
El labriego le comentó lo sucedido a un anciano del pueblo, y don Juan Mampil, que así se llamaba el aludido, le dijo que ese perro blanco no era más que el Cadejo Blanco, que cuida a la gente, cuando está en peligro.
FUENTE: LEYENDAS DE SANTA ANA HUISTA. Morales Mérida, Elder Exvedi
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