jueves, 03 de junio de 2010

 

“Las leyendas siguen vivas de generación en generación”, me decía papá Juan Mérida.

 

-Los gritos  se perdían  entre  aquella    espesa roblada,   porque  ahora  ya está  muy  pelona -, repetía siempre, cuando  concluía  con un  fragmento de  la  leyenda,  y seguía disfrutando su cigarro  de “manojo”.

 

Todas las noches se oía el grito  terrorífico que obligaba  a las familias a dormir  amontonados  en un viejo petate,  pues  el miedo se mantenía latente.  Pero  especialmente  al filo  de  la media noche,  La  Llorona  sembraba  su  horror  con  sus  destemplados gritos  y carcajadas burlescas,  acompañadas de un tañer  misterioso de campanas...  El aullar de perros  contribuía  más  con  el ambiente  tenebroso. 

 

-Para  salvarse de La Llorona compadre,  hay  que santiguarse,  hacer cruces  de ceniza  o de cal, morder algo que sea  de hierro   o  agarrarse de una mata de escubillo -,  aconsejaba Pedro Ixim  a  Juan Huista, el  calero del pueblo.

-Eso de la mentada  Llorona es un invento de la gente.  Bueno, y si es cierto,  que me la echen  para  que la toree -, afirmó burlescamente  Juan Huista.

-Hay compadre, usté  ya ni chiste  tiene, todo cree que es  mentira, sólo porque  la gente es una chismosa -, agregó  con cierto matiz de enojo Pedro Ixim.

 

-La gente ya ni sabe  que inventar para quitarle a uno su tiempo.

Ya ve, cuando venía aquel viejito extraño al pueblo a pedir que se le regalara su puñito de mais, todos decían que era el mentado Maximón, y nada que ver.

 

-Pero esto de La Llorona sí  es cierto. A figúrese usté, en el pueblo hay muchas lloronas,  porque  un chingo de   mujeres le queman el rancho al   marido.

-No lo creyo  usté. Que una mujer seya chillona está bien, pero que salga a la calle y grite ansina de feyo, no lo creyo.

-Ay Dios Tatita, eso es muy viejo, disdeace muchos años que  existen.

-Bueno, yo lo dejo. Tengo que ir al potrero a trayer mi burrito para acarrear la leña, porque mañana voy a hacer   mi cal.

 

Los personajes se despidieron. 

 

El tiempo siguió su marcha por esos caminos polvorientos en verano  y fangosos en invierno.

Una noche, cuando el calero estaba en plena faena: introduciendo más leña para que las piedras se quemasen y así  lograr obtener la cal de ellas, oyó un grito extraño que provenía del parque.

 

-A de ser alguna güira que está jugando -, vociferó, con un vestigio de duda.

 

Mientras se disponía a empinarse la botella de licor, más conocido popularmente como “cusha”, volvió otra vez a percibir  aquel grito espeluznante.

 

-Ah púchicas, esa mujer grita a todo pulmón, porque parece que desde Pumul  está gritando.

 

De pronto, sintió que una mano femenina, completamente fría, comenzó a acariciar todo su cuerpo, y un miedo insólito,  se apoderó de él.

A como pudo, tomó un poco de cal,  e hizo una cruz en el suelo  y se dio a la tarea de  invocar a toda la corte celestial, y  enseguida, pudo observar que una mujer vestida  de blanco,  más corriendo que caminando, huyó lanzando sus gritos terroríficos.

 

En ese preciso momento, el calero  recordó  que  le habían comentado que cuando el grito se oye lejos,  está cerca;  y que cuando se oye cerca, está lejos.

Un temor volvió a apoderarse de él,  y a como pudo, corrió  a encerrarse a su humilde vivienda.   

FUENTE: LEYENDAS DE SANTA ANA HUISTA. Morales Mérida, Elder Exvedi                                       


Tags: LEYENDAS

Publicado por Desconocido @ 11:49
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