“Las leyendas siguen vivas de generación en generación”, me decía papá Juan Mérida.
-Los gritos se perdían entre aquella espesa roblada, porque ahora ya está muy pelona -, repetía siempre, cuando concluía con un fragmento de la leyenda, y seguía disfrutando su cigarro de “manojo”.
Todas las noches se oía el grito terrorífico que obligaba a las familias a dormir amontonados en un viejo petate, pues el miedo se mantenía latente. Pero especialmente al filo de la media noche, La Llorona sembraba su horror con sus destemplados gritos y carcajadas burlescas, acompañadas de un tañer misterioso de campanas... El aullar de perros contribuía más con el ambiente tenebroso.
-Para salvarse de La Llorona compadre, hay que santiguarse, hacer cruces de ceniza o de cal, morder algo que sea de hierro o agarrarse de una mata de escubillo -, aconsejaba Pedro Ixim a Juan Huista, el calero del pueblo.
-Eso de la mentada Llorona es un invento de la gente. Bueno, y si es cierto, que me la echen para que la toree -, afirmó burlescamente Juan Huista.
-Hay compadre, usté ya ni chiste tiene, todo cree que es mentira, sólo porque la gente es una chismosa -, agregó con cierto matiz de enojo Pedro Ixim.
Ya ve, cuando venía aquel viejito extraño al pueblo a pedir que se le regalara su puñito de mais, todos decían que era el mentado Maximón, y nada que ver.
-Pero esto de La Llorona sí es cierto. A figúrese usté, en el pueblo hay muchas lloronas, porque un chingo de mujeres le queman el rancho al marido.
-No lo creyo usté. Que una mujer seya chillona está bien, pero que salga a la calle y grite ansina de feyo, no lo creyo.
-Ay Dios Tatita, eso es muy viejo, disdeace muchos años que existen.
-Bueno, yo lo dejo. Tengo que ir al potrero a trayer mi burrito para acarrear la leña, porque mañana voy a hacer mi cal.
Los personajes se despidieron.
El tiempo siguió su marcha por esos caminos polvorientos en verano y fangosos en invierno.
Una noche, cuando el calero estaba en plena faena: introduciendo más leña para que las piedras se quemasen y así lograr obtener la cal de ellas, oyó un grito extraño que provenía del parque.
-A de ser alguna güira que está jugando -, vociferó, con un vestigio de duda.
Mientras se disponía a empinarse la botella de licor, más conocido popularmente como “cusha”, volvió otra vez a percibir aquel grito espeluznante.
-Ah púchicas, esa mujer grita a todo pulmón, porque parece que desde Pumul está gritando.
De pronto, sintió que una mano femenina, completamente fría, comenzó a acariciar todo su cuerpo, y un miedo insólito, se apoderó de él.
A como pudo, tomó un poco de cal, e hizo una cruz en el suelo y se dio a la tarea de invocar a toda la corte celestial, y enseguida, pudo observar que una mujer vestida de blanco, más corriendo que caminando, huyó lanzando sus gritos terroríficos.
En ese preciso momento, el calero recordó que le habían comentado que cuando el grito se oye lejos, está cerca; y que cuando se oye cerca, está lejos.
Un temor volvió a apoderarse de él, y a como pudo, corrió a encerrarse a su humilde vivienda.
FUENTE: LEYENDAS DE SANTA ANA HUISTA. Morales Mérida, Elder Exvedi
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