Lunes, 29 de diciembre de 2008

YO LE CANTO A MI PATRIA

Por Elder Exvedi Morales Mérida

(Algunos textos escritos hace muchos años)

 

                                                                                         GUATEMAYA

 

Guatemaya,

con  ardoroso  amor  te  canto.

 

¡Oh!, mi  alma  se  empapa  de  júbilo

al  escuchar  el  dulce trinar  de  tus  pájaros,

al oír  el  tremolar  de  tus  marimbas

con  sus  ecos  celestiales.

 

Guatemaya,

con  mi  voz  de   milenaria  milpa  te  canto.

 

Tus  esplendorosas  y  misteriosas  bellezas

me  embriagan perpetuamente,

por  eso  soy  cantor.

 

Yo  le  canto  a mis  hermanos  campesinos,

porque  con  indecible sacrificio

hacen  fructificar  los  campos,

porque  desde  el alba  hasta  la  caída  del  atardecer

desempeñan  su  ruda  labor.

¡Yo canto mi rebeldía,

porque su  trabajo es  despreciado y mal  pagado!

 

Guatemaya,

yo  bendigo a los que luchan

por tus hijos  desposeídos.

Yo bendigo al guatemalteco honrado  y laborioso.

 

Yo desahogo mi desencanto

porque continuamente me sumerjo

en tu desgarradora realidad

y lloro mi impotencia por no poder ampararte.

 

Se retuerce mi ser

al ver las manos  callosas  vacías,

los niños  desprotegidos

y los hijos tuyos oprimidos.

 

Guatemaya,

¡Oh, mi pueblo:  héroe y mártir,

la sangre derramada  de  los inocentes

reclama justicia!

 

Guatemaya,

¡quisiera ser  tornado,

para eliminar a esos

que usan al pobre para enriquecerse,

a esos que  pisotean la dignidad  de mi prójimo!.

 

 Guatemaya,

estoy cansado de verte arrodillada,

hartándote se miseria,

de ver nacer  generaciones cegadas

por el poder y el dinero.

 

Estoy hastiado de tantas  amarguras  tuyas,

por eso,

alzo mi voz de protesta

ante la injusticia que sufres patria mía.

 

Reclamo libertad, igualdad y bienestar para ti.

 

Guatemaya,

ya mis ojos están marchitos de tanto llorar.

 

Llevo tus dolores inmersos en mis entrañas

porque en mí estás  desleída.

 

Guatemaya,

mi corazón grita su atroz dolor

porque tantos te venden y te prostituyen

como si fueses ramera o mercancía.

 

Me martirizan tus alaridos de suplicio al desgarrarte,

y aún así  pronuncio tu sagrado nombre

con reverencia, dulzura y orgullo.

 

¡Cómo quisiera borrar tus  desventuras y tus desdichas!

¡Cómo quisiera disipar  tus hondas  penas!

¡Cuánto daría  para abrir anchos caminos de  paz para que camines feliz!

 

¡Cuánto daría para que el día supremo pronto llegue!

¡Cuánto  daría para que en breve se enciendan los amaneceres!

 

 

Guatemaya,

antes de partir quiero decirte

que no han dejado de latir los corazones

de tus hijos benignos

que se fueron involuntariamente...

 

Guatemaya,

antes de marcharme

quiero suplicarte perseveres

y esperes la primavera.

 

Guatemaya,

aviva tu esperanza

porque pronto germinarán

tus hijos sabios y altruistas.

 

Guatemaya,

tu agrario nombre que atraviesa mares

ya no será empañado;

tus artistas,   tus intelectuales y tus líderes bondadosos

ya no sufrirán más persecución ni muerte,

ya no crucificarán  más  jesucristos.

 

Guatemaya,

te canto,

porque soy tu poeta enamorado.

 

Proclamo a jubilosas  voces

que  yo fecundo surcos

para que tu extrema pobreza

salga huyendo de tus senderos...

 

Guatemaya,

te canto mi desaliento y mi tristeza,

pero también mi cara esperanza,

porque tiernamente me dulcificas.

 

¡Qué nuestra bandera ya no ondee en manos iletradas y asesinas!

¡Qué ya nadie te prostituya y te comercialice!

¡Qué pronto se abran de par en par

las puertas de los corazones chapines

para que Dios more en ellos y así  reine la paz!.

 

ENAMORADO DE  GUATEMALA

 

Estoy enamorado

de tus vastos paisajes

de ensueño y fantasía,

de la paz de tus campos,

de la bendita vendimia de tu suelo

Guatemala mía.

 

Estoy enamorado

de los azahares de tus milpas,

de tus celajes sublimes,

de tus húmedos y fructíferos surcos,

Guatemaya inmortal.

 

Me embriago

de tus aromas silvestres y mágicos,

y por eso

con el corazón ardiendo de amor te canto

y me hierve la sangre

al decir:  ¡soy guatemalteco!

 

Tu nombre

brota de mis labios

dulce y sacrosantamente

Guatelinda,

germen del milenario maíz

y porque soy tu genuino enamorado

seguiré ofreciéndote mis cantos,

esencias de mi alma.

 

Guatemarimba,

dulcísimo acento,

mi alma se inflama de júbilo

cuando paso a paso

recorro tu extraordinaria historia

y platico con el maíz,

espíritu viviente,

de mis antepasados.

 

Guatedulce,

te contemplo con arrobamiento

porque eres

mi música eterna de amor,

mi cuna agraria

y el pensil de DIOS.

 

 

LA PATRIA EXIGE JUSTICIA

No,

mi  Patria ya no puede más                                                                                                                                                                                                                               con su negro dolor,                                                                                                                                                                                                                                                                                       por eso la Justicia tendrá  que llegar,                                                                                                                                          porque la Verdad no se puede borrar.                                                                                            

¡Mi Patria de herida profunda,                                                                                                                                                   tiene sed de Justicia                                                                                                                                                                             y hambre de  la Verdad!

 

¡La Justicia tendrá  que llegar,

porque la Verdad no se puede aniquilar!

 

 

Que los hermanos que derramaron

su sangre por la Justicia,

ya pueda deleitarse  en el reposo;

por eso,

la Verdad no se puede borrar

de nuestros  corazones.

 

Ven pronto, ¡Oh, Justicia!

para que las páginas de vergüenza,

muerte y destrucción

jamás  vuelvan a repetirse.

 

 

¡La Justicia tendrá  que llegar,

porque la Verdad no se puede suprimir!

 

 

Hombres y mujeres

exijamos la  Sacrosanta Justicia,

para que nuestra Nación camine


Tags: POESIA

Publicado por hameh0017 @ 20:16
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Martes, 16 de diciembre de 2008

VAMOS  A SEXTEAR

FUENTE: EPISODIOS DE MI VIDA

Elder Exvedi Morales Mérida


Los ojos se le llenaron de lágrimas, y musitó suavemente: “Al principio se llamaba Calle Real, ahora, Sexta Avenida”.
-La nostalgia siempre nos muerde el espíritu-,  apuntó Miguel Ángel Asturias, con el manuscrito de su Señor Presidente, bajo el brazo.


José Milla  y Vidaurre se puso pálido, y un sudor frío principió a correrle la espalda cuando vio pasar a Pie de Lana.
-¿Lo viste?, interrogó Milla.
Miguel Ángel Asturias dijo sí con la mirada, y sugirió: “Sigamos Sexteando”

Jacobo Árbenz Guzmán que venía acompañado de Francisco Javier Arana planeando cómo  inventar el 20 de octubre, los divisó, y a todo pulmón gritó:
¡Gran Lengua!
Miguel Ángel, más sordo que Barnoya, no le escuchó, quizá porque estaba extasiado  en un objeto curioso del Almacén El Cairo, ubicado en la 6ª. Avenida    9-00.
-Parece el regalo que le obsequié a mi primer numen-,  le susurró al oído al autor de Los Nazarenos.
-Las heridas no restañadas nos recuerdan que tenemos un pasado-,  atestiguó uno de los autores de La Chalana.

Los militares llegaron, y con un fuerte abrazo se saludaron.

No logré percibir lo que dijeron después. Sólo sé que entraron en el Portalito, donde Oliverio Castañeda de León, sorbo a sorbo bebía cerveza, llorando su muerte y celebrando su resurrección, y en una servilleta apestosa a nostalgia escribía una y otra vez: “Mientras haya pueblo, habrá revolución”.

La tarde caía lentamente y del teatro Lux salía Rubén Morales Monroy, añorando su santuario: La Universidad Popular.
El Ché Guevara,  con la mirada perdida en el horizonte lo abordó:
-Maestro, he pensado siempre que a través del arte se puede lograr una revolución más eficiente.


Como si fueran almas gemelas, enfilaron hacia la UP, discutiendo sobre arte dramático y revolución.

Rubencito, el comerciante de colchones, con sus movimientos afeminados devoraba con las miradas a los caballeros que “sexteaban” jubilosos.  La muchedumbre lo vituperó con burlas.
En el parque Enrique Gómez Carrillo,  se sentó a conversar con el mismo Príncipe de los Cronistas sobre sus incontables y extraordinarios viajes al otro lado del charco…

Bernal Díaz del Castillo se unió a la tertulia, y uno por uno viajaron a través del tiempo, y el verso Guatemala se hospedó en el corazón del pentagrama de Dios.
Maco Quiroa, Monteforte Toledo, Efraín Recinos, Manuel José Arce, Tito Monterroso, José Luis Villatoro  y Luis  Cardoza y Aragón,  aparecieron como alma en pena sobre la sexta avenida y primera calle, haciendo ochos, posiblemente del Granada.
¡Vamos a “sestear”! Rieron con sorna al unísono, ante un general genocida que predicaba sin convertirse.

Carlos Mérida y Galeotti   Torres, que sentados en la Plaza de la Constitución aspiraban la tarde melancólica de noviembre,  se sumaron a los demás artistas e intelectuales.  No está demás decir que la Sexta Avenida estaba, como de costumbre, muy concurrida. Por doquiera  los enamorados, bohemios, comerciantes, cuques, y ciudadanos comunes y corrientes… reían carcajadas.
Las vitrinas diáfanas, como imanes embrujadores, atraían la completa atención de los “sexteadores”.

De la 18 calle apareció Otto René Castillo pregonando que la historia era como la sombra de su cuerpo, y que por eso era poeta rebelde.
Paco Pérez, en el teatro Lux cantó por centésima  vez su Luna de Xelajú, mientras su espíritu aventurero besaba los labios de la morena preciosa que, no se sabe porqué, lo abandonó.

Pero me quedé estupefacto cuando vi a Isabel de Los Ángeles Ruano vendiendo jabones, peinetas, lapiceros y sus versos en hoja sueltas, como si ser artista en este país fuera una maldición. ¡Qué diablos!, dije entre dientes y estallé bruscamente en sollozos. Ella, con sus miradas cordiales, replicó: “Así están las cosas”.
Y antes de continuar con su faena, me confió: “¡Cómo extraño las puestas de sol!”
Me sumergí en un océano de silencio. Interrumpió de nuevo mis reflexiones otro gran personaje que caminaba gallardo, valiente, perseverante, con un libro de su autoría que, no sé cómo, logré identificar: era Discurso Presidencial.  Por supuesto que se trataba del  ilustre Doctor Juan José Arévalo Bermejo, el mejor presidente que ha tenido Guatemala.
Mientras se dirigía al Palacio Nacional de la Cultura, hablaba desde lo más profundo de su ser con un personaje llamado Historia.
El gran patriota,  Poncho Bauer Paiz se me acercó, y sin preámbulos, me interrogó: ¿sabes quién es?
Yo, sin titubear, le respondí: sí.

Los personajes que como trompos no se movían de su lugar piropeando a las mujeres, eran Los Chocanitos y la Mosquita que, humildemente, pedía limosna.
Tantos personajes que convergían en la Sexta Avenida con sus almas inundadas de paisajes  olorosos a eternidad.
La noche comenzaba a caer lentamente como el telón  la UP, cuando un trovador,  acompañado de su guitarra imaginaba al público que estallaba en atronadores aplausos rindiéndole pleitesía. Era vitoreado una y otra vez, y jamás, quizá,    pensó que para   escalar la cima del éxito, debía pagar un precio incalculable.
Cantando el coro de su Jesús Verbo no sustantivo iba cuando, en la esquina de la novena calle, lloró amargamente. Se detuvo un momento, musitó algo,  y posteriormente continuó soñando como siempre.
No sé cómo, pero me  puse de pie de un salto, me froté los ojos, y volví al presente bullicioso, y orgulloso de contar con una espléndida historia, seguí mi camino, como el eterno errante que soy.


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LA ANCIANITA

FUENTE: EPISODIOS DE MI VIDA

Elder Exvedi Morales Mérida

 

La lluvia era latente.

La sexta avenida lucía menos bulliciosa.

Y como no llevaba paraguas, aproveché el tiempo y pensé hacer un alto en el camino para dialogar conmigo mismo.

En la esquina de la once calle, unas señoritas indígenas reventaban de risa al verse empapadas de agua.

Fue hasta entonces cuando alcé la mirada y la divisé.

Su cabello plateado, los surcos de su piel morena, su mirada perdida, llamaron profundamente mi atención.

 

De pies a cabeza, mojada por la copiosa lluvia.

Sin embargo, continuaba vendiendo golosinas.  Nadie, absolutamente nadie le dedicó una pizca de atención.

Yo, casi oculto, en la entrada de un comercial, la escrutaba con la mirada, y el idioma universal de la tristeza me aplastó la conciencia.

Al verse ignorada, tomó un descanso y se dispuso a contemplar la lluvia como si a través de ella  retornara al pasado cuando amó y fue amada. La soledad  y la carga emocional en su rostro eran evidentes.

Cuando  vi sus ojos anegados de lágrimas, redescubrí que su pobre corazón estaba carcomido por el olvido. El dolor, la indignación y la impotencia me martillaron el espíritu al observar a esa ancianita desprotegida, miserable, sola…

Pensé en el anochecer  lúgubre que pronto llegaría y la encontraría mendigando.

En ese momento en que imagino se dedicaba a escarbar en su pasado, se desangraba de llanto.

Sin esperármelo, me miró con una expresión tan apesadumbrada que no soporté más y me marché sin importarme la lluvia. Caminaba rápidamente y me cuestionaba: ¿Y la realización de nuestros sueños de justicia social?

 

 


Tags: narrativa

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Viernes, 05 de diciembre de 2008

PAGINAS DEL PUEBLO SANTANECO

Por Elder Exvedi Morales Mérida. Enero de 1997

 

 Enero, 1. El primer día del año, la  aurora es recibida con el primer sonoro cantar de las legendarias campanas de la Parroquia a las 10:30 de la mañana.     Todos los feligreses sentados en las viejas y apolilladas bancas, esperan  a que el reloj marque las 10:45 para que el segundo tañer siga llamando a los demás que en casa por una u otra  razón aún están. Ya el reloj anuncia con su tic tac que las 11:00 de la mañana ha llegado y las campanas emocionadas pregonan por tercera vez la llamada a la solemne celebración.  La Santa Misa inicia a la hora puntual para ofrecer un corazón agradecido del pueblo católico a Dios por sus favores y por permitirle ser parte de otro año más.

 

A las 12:30 el pueblo católico, apostólico y romano, después de escuchar las monótonas palabras de “Vayan en paz”, se dirigen a sus casas a degustar el almuerzo: ya sea el preparado por la mañana o los tradicionales tamales santanecos.

Algunos, aún siguen repartiendo abrazos porque a la media noche, el tiempo se les escapó y no les fue posible darle ese gesto de fraternidad a todos.

 

Algunos católicos a medias, aún están siendo torturados por la famosa “goma”, maldicen el “guaro” y toda bebida alcohólica. La cabeza le da vuelta al mundo. Sienten que un demonio les martilla el cerebro.

Ya nunca voy a “chupar” dicen, jurando en vano, pues después que pasen esa crisis, volverán a empinarse la botella.

 

La marimba en el parque canta sus cantares de amor y desamor. Algunos enamorados pagan para que por todas las calles se haga escuchar sus cantos de guatemalidad.

 

Los evangélicos con la Biblia bajo el brazo y acompañados de la familia y amigos  también se dirigen a casa a saborear un suculento almuerzo.

 

   Se conmueven al ver a los hombres ebrios descansando en pleno lugar público.

 

Martes, antesala del Miércoles de Ceniza.

 

El martes por la tarde, las calles empedradas y empolvadas del pueblo son saturadas de  personas que van a divertirse de gracejos o estudiantes o personas que gustan disfrazarse de diversas formas para hacer reír al público o para manifestarse en contra de alguna o algunas acciones negativas de la Administración Municipal.

 

La Escuela Oficial Urbana Mixta “Rafael Alvarez Ovalle” y el Instituto Mixto de Educación Básica, son los más representativos en este desfile carnavalesco.

 

La algarabía no cesa.

Algunos salen corriendo porque son amenazados con quebrarles cascarones llenos de mostacilla, garrapatas, mozote, piojos, ceniza, fragmentos de papel de china y hasta huellos verdaderos, disfrazados de cascarones.

 Algunos no logran esquivar estas bromas.

 

La gente se sostiene el estómago. Ríen a carcajadas cuando uno de los “disfrazados” imita o hace una sátira de “X” o “Y” personaje del pueblo.

 

Han recorrido casi todas las calles y frente al edificio municipal realizan el baile para elegir a la pareja más original: mejor vestida, mejor sátira, para premiarla con algún incentivo. El segundo y tercer lugar también son recompensados por el mismo jurado calificador.

 

Las personas dedicadas a la elaboración de cascarones andan por todos lados ofreciendo su producto,  con cesto en la cabeza.

 

  Los educadores del pueblo son los más buscados para utilizar los cascarones.

 

De la sátira no escapan la señorita más bella o más afortunada en los amores, mucho menos los políticos o personas que por sus acciones son más públicas.

 

¿Quién será ese viejito que pone in ridículo a su viejita?

¿Quién será ese, aquél, aquella, esos, aquellas? Se pregunta la gente. Algunos adivinan, otros no aciertan.

Al final, cuando todos se despojan de las máscaras, son identificados.

-Qué buena. Muy buena se la echaron.- opina la gente, riéndose de oreja a oreja.

 

Los ausentes en la divertida fiesta son aquellos que no creen merecer ser interpretados en el desfile de disfraces.

 

La gente se divierte, mientras los implicados en los sarcasmos juran ya no darle amistad a sus intérpretes.

 

La necia, pero gustada marimba, ahí está con sus canciones  de Mingo, Paco Pérez, Mariano Valverde, y otros cantores de amores a la patria.

 

 

Miércoles de Ceniza.

 

Acaba de fugarse el medio día y los orgullosos católicos, apostólicos y romanos con mucho tiempo antes se preparan antes de que los tan-tan de las encantadoras campanas de la parroquia los llamen.

 

Las 5:00 ya, las campanas se atrasaron un minuto porque el campanero no quiso desperdiciar ni un milésimo de su cigarro de “manojo” elaborado por doña Lola.

 

Tan, tan, dice la voz religiosa de las campanas y los católicos van en pos de su llamado. Tan, tan, suenan por segunda vez a las 5:15 en punto porque se agotaron los cigarros “pata de coche”. Tan, tan, suenan por tercera vez a las 5:30 indicando que la Santa Misa ya en breve iniciará.  Los feligreses se encaminan a donde está el Sacerdote para recibir la Santa Cruz “que del polvo” fuimos hechos y al “polvo volveremos”.

 

Bien. Los cantos ya enmudecieron. Los rezos  ya alzaron sus alas.  El Sacerdote da la despedida y concluye la celebración Eucarística y la gente, sin detenerse, a hablar con nadi,e busca las calles para quebrar cascarones, aunque después de muchos laicos o católicos ocasionales.

 

En el parque o en el atrio de la parroquia se ven las  “ENREDADAS”, actividad que consiste en enredar hilos y jalar las puntas, y a los que le quede el mismo hilo “compadreaban” o se convertían en compadres, y desde ese momento al saludarse  decía: “Buenas días compadre o comadre. Buenas tardes compadre o comadre. Buenas noches compadre o comadre”.

 

Algunos maldicen la violencia política o enfrentamiento armado que apagó muchas vidas en el pueblo y que además llegó a cortar muchas páginas de las tradiciones y costumbres que eran parte de la cultura santaneca.

    

  Marzo: Cuarto Viernes de Cuaresma

 

La antigua y legendaria parroquia está en la espera de los romeristas que encaminarán sus pasos desde suelos mexicanos, especialmente de los “ex chapines” de Chiapas, y de otras ciudades y pueblos circunvecinos  por lo que esta feria adquiere el calificativo de fiesta internacional.

 

Esta Cuarta Semana de Cuaresma, que es la más grande de la tierra de Kaibil Balam, Neto Monzón, Paco Pérez, Chinto Palacios, entre muchos más.

Desde que llega muy primoroso el primer viernes, ambas puertas del la parroquia están abiertas para conmemorar y venerar a la idolatrada imagen de Jesús  Nazareno, cuya mirada y semblante inspiran serenidad y quietud.

Sus ojos dormidos irradian paz, dicen los viejitos de Huista, quienes tienen una  ferviente fe en esta imagen.

 

Los peregrinos llegan arrastrando los pies, como si fuesen marchitas ramas de árboles. Ven desde el umbral del santuario, a la imagen vestida con ropajes regios y se dirigen a ella: primero se arrodillan y le besan los pies inertes y se hacen la señal de la santa cruz y por supuesto, no se les olvida depositar su ofrenda en un arcaico cofre, llamado así popularmente por los pueblerinos santanecos.  Con reverencia encienden sus veladoras y viendo fijamente a la imagen, le hacen saber sus deseos con voz humilde.

 

El primer viernes ya es historia.

Llega el segundo y todos los fieles católicos se dirigen al campo de fútbol, donde con alegría inmensa se unirán todas las aldeas, caseríos, parajes y todos los poblados para darle la calurosa bienvenida a “Jesucito Nazareno” propiedad de la comunidad católica santaneca, pero que es solicitado  por los católicos chiapanecos  para llevarlo a recorrer ese territorio.  Este segundo viernes, regresa Jesucito a las 17:00 hrs., y los que ya le esperan horas antes, junto a los mexicanos, los llevan al santuario. Llegan a las 18:00hrs., esto en Acto  de Entrada de Velas y Flores.

El campanero está atento a la llegada de los católicos mexicanos y santanecos, quienes llevan en hombros, la imagen. Ya los divisó el campanero. Se hacen oír tres repiques de campanas  arcaicas pero sonoras. La gente ya está enterada de la llegada de los devotos.

 

El padre oficia la Santa Misa. Después que ha concluido, los despide, diciendo monótonamente: “Que el Señor esté con ustedes”.  Todos inician a dejar solas las apolilladas bancas y se dirigen a casa, no sin antes pasar comprando los ricos panes, hechos por panaderas santanecas.

 

Ha llegado el tercer viernes y ya está muy cercano el cuarto viernes. Este viernes, como los anteriores, se pinta de alegría, pues es visitado por más peregrinos.

¿A qué van? Se preguntan algunos anticatólicos. Pues  a pedir se hagan realidad sus deseos y a agradecerle a la imagen por los milagros que ha hecho.

 

Los peregrinos están cansados. El legendario santuario les ofrece su frescura. El olor a copal es evidente. La música natural de los pajarillos que tienen su morada en la parroquia nunca cesa. El murmurar del río Huista también se une a las voces musicales.  Las demás imágenes no desprenden sus miradas de los peregrinos, ¿será un poco de celos? Por supuesto que no, responde un líder religioso.

 

Desde el tercer viernes, las angostas  calles y avenidas empedradas, inician a poblarse de chinamas.

Los patojos con sus barretones y machetes piden chance para cavar los hoyos, donde irán los palos que sostendrán las construcciones improvisadas.

 

Algunos muy astutos, ofrecen palos de bambú, roble, caulote, mango y de toda clase, para construir las verdes chinamas.      En vez de techo y paredes, utilizarán ramas verdes de caulote, roble y otros.

 

Con ampollas en ambas manos, terminan los patojos trabajadores.

 

Ya cuando se ha descolgado la tarde, en las chinamas ya oyen los gritos de: “va a querer su arroz con leche, su atolillo, su atol de plátanos, su pozol, sus chuchitos calientes,  sus tamalitos de elote, de chipilín, de recado y de chepes”.

 

En algunas chinamas ya se hace escuchar la música para “bohemios”. Esto es señal de que la cusha, la cerveza y todo tipo de bebidas embriagantes están esperando a sus clientes.

 

Algunos venden dulces típicos del lugar, como cocadas, higos, tabletas elaboradas con panela y maní, mangos en miel, conservas, entre otros.

 

Unos  venden ropa nueva y de paca. Algunos,  frutas. Otros, útiles de cocina y de industria.

 

El comercio ha saturado las calles y avenidas centrales. Desde la añosa ceiba que se yergue muy orgullosa desde el umbral al corazón del pueblo hasta el cantón Recuerdo, San José, Central y algunos otros.

 

No hace falta nada. Hay licor. Hay diversión a montones.

Restaurantes de lujo. La rueda de “Chicao” o de La Fortuna, acapara la atención de chicos y grandes. La rueda de Caballitos también cuenta con una buena cantidad de clientela. La Lotería está contribuyendo también a alegrar la fiesta.

 

Por ahí se ven a algunos que llevan muy bien agarrada la alcancía de barro, con figura de animales o seres mitológicos  para cultivar el hábito de ahorro, aunque sin ganar intereses.

 

El Cuarto Viernes, o sea el “merito día” dicen los abuelos, se celebra una misa a las 9:00 hrs., y otra a las 16:00 hrs.

Se siguen oficiando misas los días lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado. El padre bendice las reliquias, crucifijos, artículos religiosos de los fieles católicos que peregrinan en fila de miles y miles hacia Jesús Nazareno.

 

Los peregrinos parecen hormigas bien organizadas.

Todos, que son miles, llevan consigo flores para ofrendárselo a la imagen. Además, llevan sendos manojos de olorosa manzanilla que pasarán sobre el vestuario de la imagen, para curar sus enfermedades.

 

Ese viernes se siente diferente. Quizá sea el sentimiento de los religiosos que cambian el ambiente.

El suelo de la parroquia está tapizado de velas de diversos colores, como si fuese un cielo habitado por estrellas extrañas. 

Es difícil desplazarse por las calles y avenidas del pueblo fiestero, con mayor razón, dentro del templo católico.

 

Por las calles antañonas caminan gentes provenientes de distintos lugares del país y del extranjero.

 

Difícilmente los santanecos se ven. La muchedumbre es inmensa. La algarabía intensa.  El parque casi no se divisa.

 

Los pleitos de los borrachos en las cantinas jamás se ausentan. La música ranchera con su lloriquear es evidente.

La marimba de Los Todos Santos y del Maistro Goyo, recorren las calles, ofreciendo sus sones y ritmos alegres, con sabor a madera cantarina, de esta tierra poética.

 

 

Ya ha pasado Cuarto Viernes y solo quedan calles ornadas de basura.

 

El Quinto Viernes, por la mañana, abren las puertas del santuario para recibir a más visitantes para que enciendas sus velas y hablen con la imagen de Jesús Nazareno.

 

En el Sexto Viernes también es visitado Jesús Nazareno.

 

 

 

ABRIL: SEMANA SANTA

Católicos y no católicos, suspiran antes de tiempo. Suspiran por la Semana Santa, la cual trae un descanso y uno de sus logros es que las familias se unan más. Los que por diversas razones radican en otros lares: Ciudad Capital, México y otros, encuentran en ella, La Semana Santa, el aceptable pretexto de volver al terruño donde se ha dejado “enterrado el ombligo”. Al pueblo legendario donde La Llorona, La Siguanaba, El Sombrerón y otros personajes misteriosos se han paseado como si estuviesen en sus reconfortantes casas.

 

Con ferviente devoción, los católicos huistecos se preparan con anticipación para La Procesión de Ramos. Esta procesión es el día domingo, por eso se le llama “Domingo de Ramos”. Exactamente a las nueve, se inicia, y a las 11:00 p.m. concluye.  Una persona voluntaria se encarga de buscar un burrito en el cual irá sentado un “actor” interpretando el personaje de Cristo, cuando hace su Entrada Triunfal  en Jerusalén. La procesión inicia su recorrido desde el lugar denominado “Los Amoladeros”, a la vera del cantarino río Huista, a pocos pasos del umbral de la cabecera municipal.  Los orgullosos católicos que esperan ahí bajo la tutelar sombra de la ceiba, que yace muy cercana de la Escuelita “Rafael Alvarez Ovalle”, levantan sus palmas reales y entonan sus sagrados cánticos, para recordar a aquellos que  recibieron a JESUCRISTO en aquella entrada triunfal a la Tierra Santa.  Se oyen de las gargantas afinadas de tanto cantar, las notas sublimes de Iglesia Peregrina, Un Pueblo que Camina, Qué  Cuando me Dijeron, y otra ráfaga de música.  Cuando han llegado los participantes, da inicio La Eucaristía. Después de escuchar las  palabras “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén”. Todos regresan a casa, a saborear las ricas conservas de chilacayote, papaya, higos, garbanzo, jocote, melocotón, durazno, piña y plátanos, con la compañía agradable de los deliciosos panes.

-Aquí le mandó mamá este bocado de pan y conserva.-dicen los niños.

-Muchas gracias, Dios se los pague. Decíle que yo también le mando un su poquito de conserva y de pan, para el “hoyo de su muela”- dice la madre santaneca, que antes ha recibido.

Esto es una tradición muy antigua y positiva en las que las familias comparten lo que con sus propias manos elaboran. Cada familia hace su propio pan y conserva, dándole así, una particularidad. El pan de Santa Ana Huista es muy diferente en forma y sabor, pues como no es para comerciar, se elabora con mayor calidad. Para ello, utilizan ingredientes de más: más huevo, margarina, azúcar, y otros.

 

JUEVES SANTO: Los católicos erigen sus altares ornados con densos ramos de flores blancas de aromas exquisitos, traídos de las montañas, para adorar           El Cuerpo de Cristo, hasta la media noche.

 

A las 5 de la tarde, cuando los arreboles en el cielo santaneco se hacen ver con deleite, en el seno de la parroquia se reúnen los fieles católicos para escenificar aquél momento en que Jesús dio el ejemplo de humildad, lavándole los pies a sus doce apóstoles. Celebran, pues, La Santa Misa de Lavatorio de Pies. Las campanas no exhalan sus cantos, porque es una semana muy solemne. Están, pues, vacacionando las campanas de gargantas de pájaros sagrados.  El padre, con mirada serena, caminar lento y de ropajes religiosos, inicia con la ceremonia. Con una vasija en  la mano llena de agua y una pedazo de tela, especial para la ocasión, le lava los pies a doce jóvenes; para recordar aquella escena santa.   Consumado ese periodo, se pasa a La Velación del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

 

Ya es media noche. Todos saborearán en el área de El Convento, un pan con una taza de café bien caliente.

Después de ello, dormirán un par de horas, pues esos días no son para cerrar los ojos, sino para estar despiertos y disfrutar la época.

 

PROCESION DEL SANTO VIACRUCIS:

 

Ya el candente sol indica que las nueve de la mañana llegará y que el Santo Viacrucis, iniciará. Desde el seno de la parroquia inicia su recorrido. Por las calles céntricas del pueblo que adormecido está en un valle portentoso, La Procesión del Santo Viacrucis se desplaza.

 

Los católicos se persignan al ver la imagen de JESUCITO NAZARENO,  que va en hombros de los devotos, pues no siempre se le ve, porque los chiapanecos se lo llevan a visitar sus lares.  Dos líderes católicos colocan los cuadros en los lugares que señalarán cada Estación de la Pasión de Cristo.  Al llegar a una de las casas más antañonas del pueblo, hechas de adobe y techo de teja, en la cual habita la señora Esther Lemus, se oye la frase siguiente: “Primera Estación: Jesús es Sentenciado a Muerte”; todos, con voces solemnes, responden al unísono: Te alabamos y te bendecimos ¡Oh, Cristo¡ que por tu Santa Cruz Redimiste al mundo y a mí pecador.  La primera estación ya feneció, sigue la segunda, la tercera, la cuarta, hasta la décima cuarta estación del Santo Vía crucis, y todos dirigen sus pasos hacia del templo para celebrar y venerar la Santa Cruz. Con espíritus dóciles y humildes, pasan a darle el acostumbrado beso a Cristo Crucificado. Después de santiguarse, regresan a sus hogares, a degustar el nutritivo alimento: tamales, caldo de gallina, pan con jalea, etc.

 

Es día de penitencia, así que, todos regresan a la misión de Cristo, para peregrinar con  el Santo  Entierro, que es Cristo Muerto.  A las 6 de la tarde, cuando el cielo sereno de Huista inicia a poblarse de extraordinarias estrellas, sale la procesión de la parroquia, rumbo al Calvario, que espera inmóvil e impacientemente, en un “pequeño bordo”.

 

Los pasos de los partícipes marcan compases de dos por cuatro y con los pensamientos entonan cantos dolidos, porque el Rey del Universo va a su morada... 

En andas llevan el cadáver yerto y sacrosanto del más vivo ejemplo de vida: Jesucristo.  Los que prestan sus hombros, viéndolo como un privilegio, no de todos los días, trillan el mismo lugar, el mismo polvo, porque los pasos que dan, los dan con el más solemne vaivén corporal.  Ellos, los cargadores, lucen sus trajes de negro, simbolizando luto. En la cabeza de cada uno de ellos, una gorra se posa, porque forma parte del ropaje.   “Los Varones”, llamados así los que llevan sobre sus campesinos hombros al Señor que es llevado Al Calvario, donde será velado, se sumergen en las cavilaciones más profundas. Los demás feligreses hacen dos barreras humanas con vela encendida. Las mujeres cubren sus cabezas con un velo negro. Muchos, casi la mayoría, llevan sus rosarios y en todo el trayecto, rezan sin cesar. El Santo Entierro, parece un anciano ya demasiado anciano, desde que nació...  porque su caminar, es un caminar de tortuga..., lento, muy lento. Los niños  casi se duermen parados, el cansancio los empieza a dominar. Los padres al percatarse de ello, les ordenan que se adelanten con pasos de canguro y que tomen una siesta bajo los mangales, aguacatales y naranjales, que están a la vera del camino polvoriento, mientras ellos avanzas con dos pasos para adelante y  uno para atrás. Ahí bajo las sombras de las ramas de los árboles que danzan, se ven a los inocentes niños soñar, quizá un sueño en la tierra donde nació el Señor. Algunos niños temerosos, han preferido dormirse en los “andenes” junto a algunos abuelitos y abuelitas.  En algunas paredes de adobe y palopique, se ven algunas ramas verdes y aromáticas que ornan las calles, donde la muchedumbre camina, con el cadáver del Redentor. Las horas se discurren tan lentamente, como  el suspirar del murmurante río Huista.

Después de muchas horas, casi 420 minutos, o, 25,200 segundos, llegan Al Calvario, que jubiloso abre sus puertas.

El pueblo católico de Huista, de Santa Ana, de extraordinarias glorias pasadas, empañada por las obras de malos hijos; vela Al Señor Yacente, participando en toda la ceremonia, con el debido respeto y fe.

 

Después de velarlo, lo regresan a su morada: la parroquia, testigo de la historia del pueblo.  Del Calvario se inicia el retorno, con la misma solemnidad: marcando el compás de 2/4, como si fuese una marcha celestial. Todos están agotados físicamente, mas no espiritualmente. Las calles que serán caminadas aún, se ven en perspectiva. A lo lejos, como un horizonte, se divisa “La Ronda”, desde allí algunos no católicos siguen con la vista, a los devot


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RELATOS DE NOVIEMBRE

Por Elder Exvedi Morales Mérida

 

 

CONTENIDO

BREVE EXPLICACION

EL PIANISTA

LOS HIPÓCRITAS

¿DE QUE MURIO?

LOS 30 NOVIEMBRES

JUDAS

LA PROSTITUTA TEATRISTA

LA FLAUTISTA

LA PIANISTA

EL TEATRISTA

EL ESCRITOR

LA POETISA

¡COBARDE!

EL VIAJE SIN RETORNO

EL OCASO DEL ERRANTE

 

 

 

EL PIANISTA

A finales de octubre de 1993,  llegué a la ciudad de Guatemala con mi maleta atiborrada de sueños. Jamás imaginé todo lo que encontraría en ese largo y enigmático camino.

He aquí uno de los sucesos:

Lo conocí en el Conservatorio Nacional de Música, donde dio clases el ilustre maestro Rafael Álvarez Ovalle, autor  de la música del más hermoso himno nacional.

Su visión no  conocía límites. Su arte solemne y excelso era lo único que tenía. Ojalá hubiese sido el ruiseñor Martín Lutero, cuya voz  trascendió confines, pero no. Para los demás no fue más que una porquería, una mierda pues, como lo son muchos artistas e intelectuales que tienen el infortunio de arrastrar tantas miserias; porque desgraciadamente uno no vale por lo que es, sino por lo que tiene. Eso creen esos pobres…, mas no nosotros los ricos… Sus dotes musicales eran tan fenomenales y evidentes que los egoístas y envidiosos no son ni un ápice frente a él.

 

Contaba apenas 30 años cuando lo vi por primera vez.

“Al principio no sabía qué motivos le impulsaron a trasladarse a la capital”, me respondió la dueña de la casa donde vivió, pero estaba tan equivocada, que ni su nombre supo jamás.

 

Cuando le preguntaban de dónde procedía, guardaba prolongado silencio.

 Me expresaba que su arte constituía su mayor orgullo, y yo estaba de acuerdo porque para el artista no hay más esplendente patria que el arte. Pero a pesar de este axioma, yo suponía que era una dulce amarga canción campesina. Jamás abandonó su arte,  ni siquiera en los últimos instantes de su vida.

La primera vez que lo escuché tocar su poema sinfónico titulado Amor, quedé tan abismalmente conmovido, que quise  musicalizara mi obra teatral La Despedida, dedicada a una de las mujeres que más he venerado.

Conforme transcurrió el tiempo, se volvió más melancólico y huraño.

Y a pesar de haber vivido pocos años, su fecundidad musical es tan descomunal que me hace recordar al gran Bach. De su pluma manaba con facilidad las obras musicales  más impresionantes. Sin embargo, nunca el mundo se abrió para él. Parece como si el destino no lo hubiese querido.

Repito: Todo lo que salió de su pluma llevaba el sello inconfundible de la genialidad: su creación  es magistral.

El 4 de noviembre que llegué más temprano que de costumbre al Conservatorio, lo descubrí callado.

Cuando se percató de mi presencia  se sentó a tocar el piano del maestro Juan de Dios Montenegro,  y como siempre lo hizo de un modo tan magnífico, que, muy pronto, el salón se vio atestado de gente. Pero de nuevo, los curiosos protestaron y se mostraron escépticos, sobre todo, los hijos de unos dipuladrones.

Es increíble que todo haya sucedido tan rápido, pero su recuerdo permanece tan fresco que, parece que fue ayer.

Cuando, el 20 de noviembre de 1994 se estrenó su concierto  para piano en la menor,  en su supuesto pueblo, la gente no dejó de sonreír irónicamente como si él fuera un payaso. Lloró tan amargamente que maldije a ese pueblo majadero.

“Pobre, te lo aconsejé, aquí a nadie le importas”, le dije llorando.

 Pueblo más pendejo.

¡Tanta pobreza espiritual!

 

Cada vez más melancólico.

 

 Para la gente, su lenguaje era anticuado…

 

Tejía melodía tras melodía como lo hacía Strauss.  Definitivamente escribía con el corazón y por eso su manera sublime de tocar el piano aún me sobreexcita.

Autor de las óperas Tomoes y Adelin; tres sinfonías, dos oberturas, dos poemas sinfónicos, doce canciones (la más amada por el: Peline), y su suite, Melancolía.

 

Le hubiese gustado tocar con el violinista Yehudi Menuhin, el concierto para violín y piano No. 2.

 

Siempre lleno de una insondable tristeza. Músico de auténtico talento.

Sus ilusiones de ser amado por alguna mujer se hundieron. Pero la imagen de ella jamás lo abandonó… (Eso es una historia aparte)

Conoció la miseria más negra. Pero aún así acariciaba fantásticos sueños.

Sospechaba que iba a morir muy joven y eso lo animaba.

 

Se había ido encontrando así mismo cada vez más y eso era uno de sus mayores logros.

La penúltima vez que fui a visitarlo a su cuartucho en el barrio La  Recolección, zona central de la  capital, lo hallé en un estado de extrema excitación espiritual.

“Escribo mi propio réquiem”, me dijo casi llorando.  Y agregó: “Celebremos”.

Destapó una botella de whisky y nos  emborrachamos.

Para él, ese acontecimiento fue celebrado con un derroche de entusiasmo.

 

Arrancaba al piano unas melodías tan hermosas que parecía que gorjeos de pájaros brotaban del teclado.

Aún percibo  su música: la saboreo, la bebo con el espíritu.

 

Su salud estaba tan maltrecha que cuando lo veía caminar por las calles del Centro Histórico parecía un borracho consuetudinario.

La gente, en un alarde de irreverencia lo llamaba “El Loco”.

Genio incomparable de la música. Su obra vuelve cada vez  a penetrar en mi conciencia.

Siempre fue un asalariado del arte.

 

En el colegio donde lo habían contratado tampoco lo valoraron. La Directora, la Doctora en Ciencias de la Educaciòn y con una  Maestría en Estado Unidos, Eva Castillo,  tildó de antipedagógica su manera efectiva de enseñar, y lo echó.

 

Siempre anheló una mujer magnífica, sensible y de gran sentido artístico, pero nunca llegó.

Al principio creyó haberla encontrado en la mediocre actriz Eli Marro, pero no era más que un parásito.

 

Luchó encarnizadamente por su existencia.

Nadie apreció las dotes extraordinarias.

En vez de despertar admiración, despertó envidia. Tenía la esperanza de llegar al éxito a través de la música.

Huía de la gente,  del halago hipócrita.

Más de una vez se enamoró apasionadamente, pero su vida casi siempre transcurrió en la soledad.

Componía hasta altas horas de la madrugada.

Sufrió y sintió la soledad. Solamente  encontró la felicidad en la música.

Imagino que allá en el cielo, su manera de tocar el piano encanta al Creador y me jacto de decirlo, pero yo soy el testigo de su mayor triunfo: Haberse reconciliado con Dios, ya que desde adolescente se decía ateo.

Lástima que lo conocí en mis años de miseria y por lo tanto, la ayuda que le di, fue mínima.

Dios mío, su carácter bondadoso y sufrido merodea continuamente en cada recodo de mi ser y no sé ganas de qué me dan.

 

En un viejo piano aún se oye el murmullo de los riachuelos que él tanto idolatraba.

Ah, se me olvidaba compartir que, antes de haber aprendido a leer y a escribir, él ya solfeaba perfectamente.

Había  cultivado la música desde infante.

 

El arte musical lo atraía sobremanera, incluso, desde el vientre de su madre quien falleció durante el parto en su ignorante pueblo.

Desde que en su terruño comenzó a despilfarrar sus acordes coloridos y sus melodías refinadas y sus  paisanos se mofaron de él, se largó.   

La apatía  e ignominia  de esos…lo corroía como una maldita enfermedad.

Soñó con marcharse al extranjero, por eso siempre estaba atento a las becas que ofrecían las diversas embajadas acreditadas en nuestro país hipotecado.

Cuando se sometió a una prueba ante el embajador de Estados Unidos, éste se quedó deslumbrado. Y es que su música  incendiaba los ánimos porque escuchaba su voz interior y se desnudaba  espiritualmente. Pero sucedió que la beca fue otorgada al hijo de un general genocida por puro compadrazgo.

Cuando le dieron la noticia, se echó en el viejo sofá, se cubrió la cara con ambas manos y lloró. Posiblemente este suceso contribuyó a que el estado de salud de mi amigo empeorara considerablemente.

Parecía que todo estaba oscuro y silencioso.

Terriblemente amargado y solitario. Pobre, qué tristeza me da.

 

El público nunca  lo reconoció  como compositor, menos como  pianista.

Y aunque quiso permanecer inalterable ante las críticas, no lo logró. Eso es comprensible.

Lo bueno fue que desechó las vanidades de este mundo donde vales por lo que tienes,  no por lo que eres. Todo es una inmundicia.

 

Yo aplaudí sus obras, la acogí con entusiasmo desmesurado porque no en vano fue mi paso por la Escuela Nacional de Música y la Academia de Actuación, en la Universidad Popular. Algo aprendí.

A medida que pasaba el tiempo, iba creyendo cada vez más en sí mismo. Eso le proporcionaba alegría.

Al escribir, se liberaba de muchas ataduras. Y siempre lo hizo, hasta su último hálito en la ciudad  donde en vano ahogábamos nuestras penas en las cantinas frecuentadas por artistas e intelectuales del bajo mundo.

 

Cuando fue requerido como acompañante al piano por una joven muy rica, ésta le gritó: “Tienes talento. Lástima que eres un pobre muerto de hambre”.

Y él, por primera vez respondió a un agravio: “Pobre tú rica que piensas erróneamente que el dinero lo es todo”.

 

Todos los días que llego al Conservatorio  voy con el anhelo de verlo, olvidando que ya no está, que la muerte se lo llevó, y no me queda más que conversar con sus recuerdos.

Cuando el Conservatorio se queda solo, sin un alma, más que la mía, su música  de matices inefables invade el ambiente y por un momento soy feliz y, porqué no decirlo, lo envidio  porque ya descansa, en cambio yo sigo arrodillado ante tanta miseria y  afrentas.

Aún arranca al piano de cola del maestro Juan de Dios Montenegro sonoridades espléndidas.

Pero los imaginarios espectadores empiezan a reírse, luego a quejarse ruidosamente y la pendeja actriz aquella…, a estallar de risa.

 

Pero regresemos a la vida, aún no  aniquilaré a este personaje que es tan mío, como lo es para los demás que sufren como él y yo.

 

Caía en éxtasis cuando oía música de Beethoven, pues era éste Príncipe de los sordos uno de sus más adorados maestros espirituales.

 

Jamás dudé de su voluntad inquebrantable.

Era como un roble, como un árbol que murió de pie, como los del dramaturgo español, Alejandro Casona.

Hablaré de su vida y obra una y otra vez, aunque me tachen de rey de la redundancia, porque él es un manantial inagotable, de arte sublime.    

 

Su obra pletórica de sonoridades y sus interpretaciones me causarán una impresión extraordinaria, aún después de  mi muerte.

 

Romántico hasta lo  más profundo de su ser, fue siempre.

 

Vivió en condiciones indignas de un ser humano.

Después de haber conocido a este hombre en su miseria más esencial, me cuestiono: ¿Será pecado ser artista?

 

Sus composiciones musicales, extremadamente bien tejidas, comprenden óperas, ballets, sinfonía, cantos  y conciertos.

 

El inexorable destino se ensañó con él: Se quedó inválido.

Durante los últimos años vivió un verdadero calvario.

Sus acordes que hasta entonces jamás se habían oído, eran fantásticos e incluso doloridos.

Cuando presentí que estaba a punto de sucumbir, le propuse emprendiera caminos nuevos…y emprendió con entusiasmo uno…

 

Lo recuerdo perfectamente con la mirada hacia nuevos horizontes.

 

Imagino que alcanzó el mayor triunfo de su vida cuando el carruaje de la muerte lo trasladó a donde está el paraíso.  Seguramente Dios lo acogió con entusiasmo. La nueva vida  se compadeció de él.

Dichoso.

El mismo año en que cerró sus ojos se enturbió para siempre mi espíritu, porque me quedé solo.

Al fin halló el camino a casa. Ojalá yo lo descubra pronto también.

 

Pobre gente que lo vituperó.

Quieran o no, enriqueció con su aportación personal el patrimonio del arte.

El azar quiso que yo descubriera sus partituras en el viejo baúl y otros tesoros, y por eso ahora más que nunca lo exalto.

 

Allá en el limbo ha de sentir un verdadero hormigueo en los dedos y glorifica a Jehová con su música sagrada.

Aquí en el lugar donde solíamos conversar estoy y escucho con deleite su música que suena gloriosa en la gran sala del Conservatorio Nacional de Música, y los aplausos no cesan.  

Pero el lugar que nunca visito es el cuartucho donde se ahorcó, porque prefiero creer que no es cierto.

Que descanses en paz  mi hermano.

 

LOS HIPÓCRITAS

 

Quizá  alguien recordará  esos destellos de tristeza en su mirada y la melancolía profunda en su voz.  Amó, se dejó amar y no fue amado. Trazó nuevos senderos, y halló los mismos...

El camino de adversidades fue interminable. Sólo Jehová conoció sus dolores sin fin.  Era feliz solamente cuando vivía inmerso en los sueños pulcros.

 

¡Tantos sueños acumulados!

Caminó por donde no existían caminos. Abrió brechas para que otros vates no sufrieran los  mismos  suplicios. Pobre, se dedicó a morir y a vivir simplemente...

Se ahogaba en la soledad,  mientras los demás de mofaban de él.

Le dolían los pocos recuerdos alegres de su lejana infancia. La única vez que creyó que era amado, se esfumó en la distancia la esperanza, al descubrir que no era él  lo que ella buscaba: Un esclavo de las riquezas materiales.

Sin embargo, se mostró valiente ante las circunstancias adversas.

 

-Cuando no soporte más la soledad-me confió una vez-, voy a adelantar mi partida a la eternidad.     

 

Nadie se alegró de sus triunfos.

Cuando pasó por momentos de dificultades, nadie se solidarizó con él. 

Los gratos recuerdos de sus infantiles aventuras, lo entristecían más

Porque los recuerdos mortifican, sean alegres o tristes.

No se resignó a su suerte y continuó en su labor.  Le mordía la conciencia cuando pensaba en aquellos en que jamás dudó lo traicionarían.  Siempre lloró en silencio.  Jamás podré olvidar la vez que lo descubrí en el teatro nacional Miguel Ángel Asturias: Por sus mejillas, las lágrimas se resbalaban como en rocío en los suaves pétalos.  Una honda amargura en el pecho se levantó y lo hirió.

Recibía improperios por todas partes y nacía  en el fondo de su alma la misma súplica: Dios mío, que se consuma ya mi vida.

 

Recordaba con frecuencia que cuando contaba con todas las comodidades tenía amigos. De todas partes surgía gente, la cual decía ser familiar.

 Todos le pedían favores y él se solidarizaba con ellos.

 

Pero un día, su fortuna desapareció.  El único medio que le quedaba para sobrevivir era dedicarse a la literatura, según él.  Pobre soñador.

Emergió detrás de los recuerdos los nombres de aquellos a quienes hizo el bien  y les ayudó.  Pensó en buscarlos y pedirles apoyo. Los encontró, pero éstos lo desconocieron. Cuando era rico, le rendían pleitesía, ahora, asco.

La primera vez que descubrió que eran unos hipócritas, estuvo a punto de soltar una carcajada,  pues no podía creerlo, pero lloró.      

Los causantes de su desgracia, ahora lo negaban, como Pedro a Jesucristo.

 

-¡Bah...! Así es. Después fue el quien pidió  clemencia  y no la recibió-, dijo una vez la única anciana que le regalaba un mendrugo de pan.

 

 

Antes de la salida del sol, se le veía en las calles, como si estuviera limosneando. Ante la mirada atónita de los transeúntes, volvía el rostro para ver el pasado y una enajenación lo poseía.

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RELATOS DE SANGRE

Por Elder Exvedi Morales Mérida

Guatemala de la Asunción, diciembre de 1993.

CONTENIDO

 

EL TANATE

EL CAMINO

EL DECAPITADO

EL TOQUE DE QUEDA

LA CALUMNIA

ESA TARDE

VIVIR DE RECUERDOS

CAMINO INVOLUNTARIO

TRAMPA

YA JAMAS AMANECIO

EL COMANDANTE

LOS PERROS

ELLOS

IDENTIDAD DESCONOCIDA

JUAN HUISTA

OIDOS SORDOS

EL ASCENSO

EL DE LA SONRISA FALAZ

¿QUIÈN VIVO…?

¿POR QUÈ LO MIRASTE A LOS OJOS?

LA CHENCA

TARDÌA DECISION

AL FILO DEL MEDIO DIA

EL POETA REBELDE

EL TANATE

 

 

En  un tanate  lo llevaba bien oculto.

Cuando le preguntaron si era,  meneó la cabeza  como diciendo. “Tal vez”.

 

Abriéndose   pasó entre los indígenas y soldados que habían invadido el atrio

de la iglesia, llegó al altar mayor.

Tenía los ojos hinchados de llorar. ¿Por qué? Nadie lo sabía exactamente.

 

Decenas de indígenas se agolparon al verla pasar.

-Es ella-, dijo uno de ellos…

-Sí, pero no la jodás, porque ya estamos re salados-, aseveró  otro.

 

El sol se había puesto ya y el pueblo se envolvía en el más profundo  silencio…

Para los anónimos, todo fue regocijo  y entusiasmo.

 

-¿En el tanate lo llevás?

 

De pronto, clavó los ojos en el joven indígena. Se  puso de pie y se marchó.

Otros vieron el tanate y temblaron de miedo.

Los soldados que hacían guardia  no se percataron de ello.

 

En el pórtico de la iglesia, vestido de militar, la esperaba él…

 

Al oírse el grave repicar de las campanas,  la tomó del brazo y la llevó a

una tienda, la cual estaba tan solitaria, que ni siquiera los recuerdos

 molestaban.

 

-¿Ese es el tanate? -, preguntó.

 

-Sí-, respondió ella, con los ojos empapados por las lágrimas.

 

La transacción se llevó a cabo en un mutismo apenas quebrado por el murmullo del  viento.

 

 

EL CAMINO

 

Un chirriar de grillos se oía.

“Hasta ellos están asustados”, pensó.

La claridad era escasa, miserable.

Sentía un odio exacerbado hacia el Ejército desde el día en que violaron y mataron a su novia.

“Nunca voy a olvidar mi aldea, porque aquí dejo mi ombligo”, se dijo así mismo.

 

Se limpió los mocos y sus compañeros de infortunio no soportaron más, y lloraron.

En la oscuridad de la noche los sorprendió un helicóptero.

En ese momento sintieron  que se había detenido el tiempo. Pero pronto recuperaron un poco de serenidad cuando el pájaro metálico continuó su marcha.

Con las miradas llenas de nostalgia, ante el horizonte, siguieron el camino a la guerrilla.

“Pobre mi abuelo, como lo jodieron”, volvió a lamentarse Leder, al evocar a aquel anciano que cuando caía la tarde, desgranaba su rosario de narraciones.

 El terror se había apoderado más y más, hasta reventar.

Muchas familias, huyeron a las montañas, otras a México, y los demás quedaron  reducidos a cenizas y recuerdos.

Entre el grupo, iba una joven hermosa, de cabello recogido y de intelecto admirable.

Era la única maestra de la aldea, en donde antaño se miraba la pobreza en toda su desnudez.

Caminaron durante muchos días hasta llegar a su destino. Los del campamento los vieron llegar, arrastrando recuerdos, dolor, ideales y venganza.               

 

 

EL DECAPITADO

 

“Fue decapitado por  traición”, aseveró.

Luego,  hizo una pausa y agregó: “Yo la maté”.

De su cabeza de monolito fluían los sesos y la abundante sangre.

Su cuerpo tardó saltando y revolcándose, mientras las aves de rapiña se lo hartaban.

Quién iba a creer que aquel joven indígena humilde y profundamente religioso iba a tomar ese camino y terminar decapitado.

-Pobre Gunglio-, se lamentaron los aldeanos.

 

Antes de la caída de la triste tarde, el Judas había dicho exaltado lo que se le dio en gana...

 

El día anterior, toda la columna guerrillera había caído en una emboscada, menos él, que los llevó al matadero.

Todos sabían que era un desertor del Ejército y que además, durante estuvo de alta, eliminó físicamente a su propia familia. De manera que no había duda  de que sus superiores le encomendaran  esa misión.

 En los diarios del país habían publicado su fotografía y titular:

“Soldado desertor”.  Y el subtítulo decía textualmente “Miembro del Ejército Nacional acusado de asesinar a su propia familia, se internó en las montañas y se une a la guerrilla (página 5).

 

 

 

EL TOQUE DE QUEDA

 

Después del toque de queda, comenzó todo.

Los soldados,  con el apoyo de los patrulleros, derribaron las puertas a culatazos  y del pelo lo sacaron.

Eran las tres de la mañana.  No  hubo oportunidad de fuga.

Hasta en los rincones más oscuros hurgaron,  buscando a los demás señalados.  

Fue golpeado salvajemente, mientras el silencio permanecía inmóvil, observado la brutal escena.

Nadie, absolutamente nadie  se atrevió a asomarse a la ventana, mucho menos cuando se escucharon los primeros disparos. 

 

Antes de agonizar, se retorcía por el dolor, pero no delató a nadie.

Lo mataron sin clemencia, al ver que no declaraba nada.

Al siguiente día,  muy temprano, fue imposible reconocerlo porque  estaba completamente desfigurado.

Lloviznaba, era pleno invierno.

 

LA CALUMNIA

 

La calumnia floreció. Bastaba con tener un enemigo para ser candidato a la muerte. En cualquier momento lo acusaban a uno de ser guerrillero.

A las noches fatídicas sucedieron días apocalípticos.

 

En su bestia de carga llevaba dos redes de maíz, cuando el ejército le hizo el alto. No corrió largo trecho cuando de un garrotazo lo tumbó un patrullero. La bestia salió corriendo arrastrando las redes de maíz.

 

El campesino que estaba a punto de irse con sus sentimientos más recónditos…,

lanzó sus alaridos más espeluznantes.

Inmediatamente le propinaron  más golpes  y le rompieron la mandíbula.

Quien fue al destacamento militar  a calumniarlo, a acusarle de subversivo para vengarse, lo golpeaba también, mientras reía a carcajadas.

Los instintos bestiales de los soldados que no conocían límites, le sembraron incontables balazos por la espalda y el pobre campesino expiró.

Los niños que jugaban canicas corrieron a ocultarse en los brazos maternos. Y una voz sollozando preguntaba: ¿Por qué?

ESA TARDE

 

Un  escupitajo lanzó el sediento de sangre.

 

Sus ojos llenos de maldad escudriñaron a los presentes. Era el maldito oficial.

 

Los desgarradores gritos de jóvenes que eran ultrajadas, se oían a largas distancias.

 

“Estoy seguro que jamás nadie podrá borrar de su mente esos actos bestiales”, masculló un anciano.

 

Los soldados sanguinarios, esas fieras malditas,  entraron en el pueblo, como lo hacen los ladrones. El oficial continuaba mirando maliciosamente a los pobladores.

-Agárrenlos a vergazos si no quieren hablar-, ordenó.

Todo en torno a ellos era frío, oscuro, tenebroso.

 La vida se apagaba lentamente, la existencia agonizaba a paso larguísimo.

 

Los soldados de corazones ruines, podridos;  de mentes engusanadas, ya habían dejado huellas en los estrechos caminos de herradura antes de llegar al pueblo.

Esa tarde en que esto sucedió, parecía una noche eterna.

-Aquí está-, gritó un soldado.

 

El hombre que fue sacado de entre la muchedumbre, recibió puntapiés, puñetazos y culatazos.

-Miren que hago con los guerrilleros-, gritó a todo pulmón el oficial.

 Le  acertó un balazo por la espalda al joven poeta,  y la gente aterrada, oyó esa tarde exhalar sus últimos gritos de dolor.

 

“Los que me caen mal, así terminan”, dijo para sus adentros del oficial Luis Caramala.

 

El sol estaba ausente esa tarde que fue asesinado el joven poeta de Huista.

 

VIVIR DE RECUERDOS

Al pié de muchos cerros estaba recostado el poblado.

 

Como siempre,  izaron la bandera a las seis de la mañana y la arriaron a las seis de la tarde.

¡Cómo lo iba a olvidar!

Pero el otro, debió largarse. La supervivencia se volvió difícil, imposible.

Cuando el alba iniciaba a abrir sus pétalos, llegó al exilio.

Ese día, cuando ya se hallaba en el destierro, su pueblo fue disminuido a polvo.

Esto no lo supo, sino un día después, a través de la radio.

No pudo soportar más y regresó. Con ojos ávidos buscó el pueblo, y se halló en un lugar desolado. Los únicos que lo habitaban eran voces desgarradoras  y recuerdos diversos. Se somató la cabeza para librarse de ellos y no lo logró.

Chisporroteaban ya los luceros cuando delante de sus ojos comenzaron a desfilar las escenas de su pasado. Posteriormente,  bajo la lluvia pertinaz caminó hacia su casa. Saltó la cerca y entró al rancho. Se acercó al fogón.  Su  madre torteaba y su padre sorbía una taza de café. Desde ese entonces, no hizo más que vivir de recuerdos y murió hasta que éstos lo consumieron.

 

 

CAMINO INVOLUNTARIO

El día amaneció radiante de esplendor, cuando la gente acudió a las urnas.

Al atardecer, se supo quién era el victorioso.

 

Antes de dedicarse a la política, se dedicaba al cultivo del maíz para su sobrevivencia.

 

Desde que se inició en el quehacer político, las víboras surgieron de ese rincón…y lo  tenían amenazado de muerte, pero  se negó a cruzar los angostos caminos de herradura para irse al exilio.

 

El día en que se encaminó a la municipalidad  para iniciar la primera jornada de su administración, presentía que iniciaba el camino a la eternidad.

El pueblo remoto,  a pesar de su pobreza, era  feliz.

Los  techos pajizos de las viviendas iban un día no muy lejano a arder.

En 1980 comenzó la persecución.

 

 En las afueras del pueblo, lo esperaban. El  peligro era inminente.

Sabía del grave riesgo que corría, pero se expuso al peligro y no se fue al exilio, sino hasta que crepitaron ráfagas de ametralladoras frente a su casa.

 

Hizo pública su decisión: “Primero me matan y no huyo como un cobarde”

Los guerrilleros tenían planificado tomar el poder y para ello, debían eliminar las autoridades.

 

YA JAMAS AMANECIO

Anteriormente el pueblo había sido pobre y feliz, pero  ahora era pobre y desgraciado: Los soldados, guerrilleros, patrulleros, orejas y aprovechados,  le perturbaron la paz.

 

El pueblo fue castigado severamente. Los sanguinarios vomitaban maldiciones, improperios y humillaciones. Los soldados ladinos e indígenas cumplían ciegamente las órdenes de los monstruos.

 

Lloró desconsoladamente y se acercó a husmear debajo de la puerta.                           

Le pareció que el tiempo transcurría lentamente. A muy temprana hora del día se fue. A travesó hondadas, arroyos, pantanos y montañas.

Ahora no sabía qué haría.

 

Ya jamás amanecía claro y despejado. Y  todos querían caminar presurosos, pero no lo lograban…

Ya en el exilio se lamentaba: “Mi pueblo sigue vivo, pero yo ya estoy muerto”.

          

LA TRAMPA

La tragedia llegó en medio de la oscuridad.

Los ranchos semiocultos entre árboles fueron arrancados.

Dormían cuando sobrevino el drama.

Desolación era lo único que se percibía en la extinta localidad.

Ese día, nunca se borrará de la mente de los difuntos…

En un abrir y cerrar de ojos  pasó a ser cementerio, gracias a los militares domesticados.

Todo inició cuando aquel hombre robusto, de estatura mediana, blanco, y de anchas espaldas,  dijo ser guerrillero y llorando pidió le dieran de comer y de beber, pues según él, era el único sobreviviente de una emboscada.

La gente no esperó a que terminara de narrar la odisea y le tendió esa mano amiga que está dispuesta a dar.

Acababa de irse el supuesto guerrillero cuando los soldados llegaron a interrogar a los aldeanos. Momentos después, el monstruo llegó luciendo su uniforme militar y los señaló de colaboradores de la guerrilla.

La primera víctima fue una aldea agraciada.  El oficial fue el primero en violarla, después todo el pelotón.  Fue esa una de las humillaciones  más grandes que  estos cobardes hicieron. Después de esta acción, ella cayó fulminada de un disparo certero en la cabeza, cuando intentaba escupirle la cara al oficial.

Los aldeanos que intentaron detener a los perros, fueron en ese momento eliminados. Esto produjo gran conmoción.

 

A los demás los encerraron en los ranchos y les  prendieron fuego.

Cuando el sol se ocultaba, aquella población era solamente historia, un puño de ceniza en éste mapa mutilado.

 

EL COMANDANTE

 

Fue abatido a tiros en la cantina esa…pero según el diagnóstico oficial indicaba que murió por un infarto agudo de miocardio.

Otra fuente aseguraba que había sido encontrado muerto en su dormitorio, alrededor de las cuatro de la mañana. Pero días después, apareció un anónimo en el que se denunciaba que había sido ejecutado por el Ejército.

No todos estuvieron de acuerdo. Los victimarios se las habían ingeniado para no dar a conocer la verdad.

Se dijo después que era un guerrillero desertor.  La viuda solamente indicó que la última vez lo había visto estaba abrumado por los deberes familiares.

 

Su acompañante que logró huir, recorrió la ribera del río,  bordeado de sabinos vetustos que se ondeaban como enormes banderas.  Y  con rumbo bien definido, fue a informar que el comandante había sido aniquilado.  

 

 

LOS PERROS

Ese coronel era fornido y de mirada sumamente fría.

Definitivamente se enamoró de ella por su belleza interior que irradiaba cuando sonreía, hablaba, caminaba y respiraba.

Todos los hombres la deseaban. Un día desapareció sin dejar rastro.

Las autoridades ordenaron no investigar y abundaron los rumores de que los responsables eran los perros del Estado.

Tiempo después, hallaron restos humanos.

El  resultado del examen aclaró que el cadáver correspondía a ella.

El forense sigue alentando las controversias con su silencio. Es un misterio aún sin resolver. Pero no, los perros del Estado no pudieron hacer eso, porque no ladraron.

 

ELLOS

Sentado en el borde de la cama esperó.

El miedo empezó a cundir en el pueblo.

El continuaba absorto en la contemplación.

Luego, cabizbajo, caminó hacia la puerta. Quitó la tranca y el cajón lleno de jabón de coche que no había vendido en el mercado del pueblo.

 

Aunque hubiese querido huir, no podía: Era  identificado con facilidad por su diminuta contextura física y su extrema delgadez.

Antes de enfilar hacia la entrada del pueblo donde ellos lo esperaban, gritó a todo pulmón: ¡Mercaderes del pueblo, yo interrogo a los asesinos porque yo también soy historia”.

Tragó saliva y prosiguió: ¡Me dan asco porque son vendepatrias!

Algunos le lanzaron piedras y no sintió dolor. Ya estaba muerto.

 

IDENTIDAD DESCONOCIDA

Rondaba la implacable muerte día y noche, devorando a los habitantes.

Los aldeanos iban por los senderos del destino viendo las interminables escenas.

Los ojos humedecidos ya no querían ver el cielo.

¿Para qué, si estamos solos? pensaban.

 

Ahora los asesinos habían perdido por completo su humanidad.

Muchos murieron en la aldea. Los demás lograron huir y buscaron  la frontera mexicana.

 En el camino, la sangre se iba derramando. Los soldados como perros los persiguieron.  Y entre los exiliados iba aquel niño que un día llegaría a ser un comandante guerrillero del que jamás se conoció su identidad.

-¿Qué traes contigo?-, le preguntó un mexicano.

-Solamente recuerdos dolorosos, una semilla y muerte-, respondió él.

 

Lo que más recordaba, era la muerte de su padre. Su imagen estaba clara en su mente. Nunca olvidó la vez que cayó de bruces en el lodazal y perdió el conocimiento.  Luego echó espumarajos por la boca y para rematarlo, el ofici


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ASTRO...
(Breves prosas)

Por Elder Exvedi Morales Mérida

I

Surgió, no sé de dónde, con su extraordinaria belleza, cual lucero, cual astro oloroso a poesía de amor.

Pero mi boca se llenó de silencio, y la amargura me poseyó porque era un pobre errante, un acento de laúd sin patria.

A veces creo que en mí se encarnó Schopenhauer, porque no me es posible liberarme del pesimismo.

Se me olvidó sonreír, se me olvidó cantar y mi vida poblada de recuerdos comenzó a marchitarse, pero algo en  mi interior saltaba sigilosamente…

Repito, era bella, más parecía aurora ornada de misticismo que de beldad  terrenal. Quizá el Destino  se apiade de mí y ella me regale unas sonrisas para, por lo menos, alimentarme de sueños.

 

II

Las voces  lamen mi conciencia y eso no es muy alentador…

Pero a pesar de todo, la ansío.

Quizás sólo pueda deleitarme en ella, en mi mundo de recuerdos  y en el momento crepuscular del día pueda robarle un beso.

Mi deseo es irrefrenable.

Dios mío, no sé porqué al Destino se le ocurrió  encontrarla en mi camino.

 

Sus sonrisas están desperdigadas por todas partes de mi alma, por eso mis pensamientos se convierten continuamente en aves que a los cuatro vientos  pregonan que la vida es bella, que el futuro se divisa próspero, que los sueños han brotado a raudales. Las voces siguen aumentando aunque yo sea un simple soñador.

 

III

“Para apaciguar los llantos, bebe poesía y música”, me aconsejó una voz allá en mi interior cuando grité  mi dolor he haber puesto mi mirada en una colina lejana, exquisita y prohibida,  pero no hice otra cosa que alimentar mi espíritu de soledad, de silencio, de amargura.

 

De manera que, mi historia es una llaga viviente.

No hay más que quedarme de brazos cruzados viendo pasar la felicidad  saltando y entonando himnos de amor.

¡Cuánta desdicha alberga mi corazón!

Señor, ¿qué estoy pagando?

 

Nadie puede entender mi crisis de llanto.

Nadie.

 

IV

A eso de la medianoche podía oírse que alguien cantaba, cuando con delirio la buscaba  en esas calles silentes de Agua Zarca.

Mi voz interior me decía que eran chicharras, esos musiquillos divinos.

Las voces aumentaban y el silencio vagaba de un lugar a otro, como si huyesen de alguien, y yo no hacía más que buscarla.

Seguía.

Mi espíritu parecía bandera vieja y arrugada, pero no se daba por vencido.

 

A pesar de que era medianoche, la buscaba sabiendo que jamás la hallaría. Han pasado los siglos y las sigo buscando para  robarle por lo menos una caricia.

 

V

Logró penetrar en mi conciencia gracias a esa belleza rara, y desde ese entonces mi alma dormida comenzó a alimentarse de sueños. Y aunque lejos está, pervive en mi memoria y ha dejado una huella indeleble en mi espíritu sediento de su ternura.

Pero aquí estoy conversando con esos años inolvidables de optimismo y de esperanza, mientras la frustración se ríe de mí.

 

Sólo su perpetuidad a través del tiempo me consuela. Y si ha perdurado a través de los siglos, es por su belleza interior.

El único recuerdo de mi vida anterior es su presencia amorosa, aunque jamás supo de mí.

Y aquí estoy atrapado en la vorágine del silencio, preñado de enigmas, alimentándome  mi nostalgia.

 

VI

Varios sentimientos agitan mi corazón. Y es tan viva mi curiosidad que, olvidando mi sendero, no hago más que pensar en ella y en reinventarla.

Ojala una íntima amistad nos uniera…

“Eso sería mucho pedir al Destino”, dirá alguien, escupiéndome el rostro.

 

Los recuerdos prorrumpen en sonoros sollozos  cuando a mis pies se arrodillan,  sintiéndome lástima.

 

VII

Lo que sentía en mi interior optó por ocultarse detrás de una máscara de indiferencia.

Por eso ahora me hallo sumido en completo olvido.

El silencio triunfo. Mi mutismo alzó su bandera y yo volví a mi mundo solitario. El público aplaude atronadoramente y mi teatro concluye.

 

VIII

De una belleza turbadora y una hondura  insondable.

Así es ella.

Así la evoco con hondo cariño.

En su alma, Dios había depositado los cantos de la belleza más extraordinaria que hierve de alegría.

La primera vez que la vi, descubrí un canto nuevo, un poema diferente, un sendero florecido. Se mantiene la incógnita sobre si regresará  ese día…

Dios mío, si ella retornara, volverían los pájaros esos…a hacer sus nidos en mi espíritu.

 

IX

El arte que constituye la expresión íntima y profunda del sentimiento me enseñó que no es óptimo callar, y ahora que llegó ese momento, lo hago a medias porque me da asco el silencio.

Si callara lo que siento, sufriría y me convertiría en inhumano. Y es que ella tiene algo que no sé  cómo explicar y que, en realidad, nunca lo logré.

Ahora echo mano del arte y digo a medias lo que se gesta en mi interior.

 

X

Tener el amor de ella, es renacer a una nueva vida. Dichoso quien pueda caminar ese sendero,  porque solamente sabrá de vida y la muerte no existirá. Pero yo estoy harto de tanto desdén.

Mi voz dolorida se oye antes de tiempo. Cómo quisiera borrarla en mis pensamientos,  pero es como pedirle a Dios que deje de ser misericordioso.

Pero a pesar de mis noches negras y sombrías hay algo que me melifica.

¿Será la esperanza?

Gracias a esta duda, me embriago de sueños. Si ella me regalara aunque  fuera un puñito de ternura, podría cerrar mis ojos y evadir mi amarga realidad.

 

XI

Se acongoja mi alma. La risa que asoma mi labio,  no es más que una mentira vieja, arrugada, porque ella jamás podrá amarme.

Eso pienso. Ojalá estuviera equivocado.

La frustración me está carcomiendo el espíritu y mi corazón se está convirtiendo en un poema marchito.

Ojalá una caricia suya me diera la respuesta que tanto ansío.

A pesar de toro, arderá  en mi interior aquella fogata de esperanza.

Silencio.

Ya se despertaron las dormidas soledades.

Silencio.

Ya debo marcharme con el alma estremecida.

Silencio.

 

XII

Ella es fuente de toda música amorosa. Por eso hoy, solamente canto himnos de dicha.

Ella no es la fémina que menciona José Alfredo Jiménez en su amarga canción, porque es capaz de profundos sentimientos.

Ella es un poema dormido en los brazos de la alegría, porque regala sus sonrisas claras y constructivas.

Ella es capaz de conmover el laúd de mi corazón con tan solo recordarla.

Su presencia es como el alba que huele a esperanza.

Ella es esplendente, hermosa, inspiradora.

 

XIII

Por mi mente revoloteaban sus recuerdos, por eso está tan fresca como si hubiese sido ayer cuando me deleité en su presencia.

                                              

Guardo en el baúl de mi memoria su sonrisa cristalina, su mirar  encantador, sus acentos melodiosos y su belleza corporal.

Ella me invadió  como una enfermedad epidérmica, por eso me he dedicado a andar sobre sus huellas.

Gracias a los recuerdos, estoy deleitándome en su presencia, aunque los siglos me hayan arrancado los más caros acordes  y me hayan mutilado la vida.

 

XIV

Los cadáveres de los versos apestan a frustración y se escurre mi vida a hurtadillas. Si ella me amara, todo sería diferente. Pero no, todo es tristeza, por eso me marcho por el mundo a proclamar mi dolor.

 

Parece que la felicidad y yo fuéramos enemigos irreconciliables.

Pero a pesar de todo, nada aplacará mi sed de su amor.

Ojala mi arte intercediera en mi favor.

Ojalá.

 

XV

Mis labios son fieras hambrientas de sus besos.  Mis manos están ansiosas de acariciar su cuerpo. Mis ojos están ávidos de sus espléndidas miradas.

Mi alma la extraña.

Llora por su ausencia. Mi alma la necesita. Ojalá deje de estar sometido al silencio y le confiese lo tanto que la amo. Ojalá mi cobardía desaparezca y me atreva a desnudarle mi espíritu. Ojalá no llegue por mí la muerte y me vaya con mis confesiones de amor y Dios, allá en su morada, me lo reproche.

 

XVI

Durante los miles de años de la historia humana, la he buscado por muchas sendas. Cómo no la iba a buscar con delirio  si iluminó e inundó de luz mis pies descalzos y cansados.

La busqué y no la encontré, quizás porque no sé buscar…

La busco y no la encuentro, quizás porque busco sin buscar…

Y la buscaré aunque sé que jamás la hallaré. Pero lo importante es esquivar mi soledad que sangra y se queja continuamente.

Lo esencial es soñar.

 

XVII

Ráfagas de viento chocan contra las ventanas de mi historia: Tu espíritu viene a darme el tiro de gracia.

Me retuerzo de la angustia y le suplico a Dios que te esfumes de mi vida y tus recuerdos se conviertan en hojas secas para que las arrastre, las haga trizas y las desaparezca.

 

XVIII

Me enfrento a un dilema angustioso, porque en el fondo de esta música desgarrada que soy, está la minúscula esperanza de rodillas como suplicando misericordia. Si ella supiera que la anhelo, ¿qué pensaría? Quizás me daría su silencio.

Como es objeto de mi admiración, su recuerdo está tan fresco y floreciendo en mi  corazón.

Dios mío, ¿Qué pensaría si supiera que la ansío?

 

XIX

Si oigo la música en los más profundos meandros de mi alma, es por la dulce culpa de ella. Y ahora que estoy envuelto en el silencio más estremecedor, la necesito más, la adoro, la ansío, la…todo…

Si sueño, si lloro, si río, si escribo, si vivo, si muero, es por la sagrada culpa de ella.

Yo sin su historia soy un historiador de papel, un lector a medias, un simple acento de la nada. Por ella  resucito y muero cada día.

 

XX

Me marcho.

Aquí ni los sueños me reciben.

Allá quizás…

En vano tejí sueños, anhelos, esperanzas.

Nací muerto.

 

Me marcho.

Mis pasos se cansaron de caminar buscándola;  mis versos se   agotaron y mi alma se hizo trizas.

Me marcho.

Es necesario reconocer que en vano lloré y reí. Solamente debí haber dado pentagramas mudos y jardines marchitos.

Me marcho.

 

Guatemala de la Asunción, noviembre de 2006.

 

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FABULAS EXVEDIANAS

Por Elder Exvedi Morales Mérida. Noviembre de 1995.

 

 

EL DIALOGO 

-A tanto ha llegado el encono contra mí, que tus hijos me arrastran por las calles-, se quejó sollozando el hijo incomprendido.

-Te entiendo- manifestó en tono lastimero el pueblo, y  agregó: Pero no hay desgracia más grande que la mía, pues mis hijos, los que tú dices, me violan continuamente, y solamente respiro por la herida.

 

Fue hasta entonces que el silencio gobernó, y el encarecido soñador descubrió que su dolor era casi nada ante el de su pueblo vituperado e indefenso.

 

EL BARCO

Tantas disputas y enemistades había entre ellos, que no se daban cuenta que el barco se hundía precipitadamente.

El titánico navío se condolía interiormente de su suerte, y continuadamente murmuraba: “Ciegos, no ven más allá de sus narices”.

El barco viejo yacía en el fondo, y el agua se había tornado de otro color y ellos, por los siglos de los siglos, siguieron la batalla de estúpidos perdedores.

 

LA SANGUIJUELA

-Hago lo que me es posible-, respondió, viendo a otros en mayor miseria.

-¡Vil animal!-, gritó una conciencia.

 

Ante el silencio de las víctimas conformes, manifestó la sanguijuela movida de codicia “que el silencio era una buena interrogante”.

 

SIN RAZON

Enemistados todos entre sí, buscaba el medio de hacerlos entrar en razón, porque ellos estaban vacíos… 

Pero andando el tiempo, aconteció que se encontró con la razón, y huyó aterrado de ella.

 

CIEGOS

Confiaban ciegamente en él. Las alabanzas y adulaciones que recibía eran más que las estrellas en primavera. Un día, algo comenzó a cambiar. El empezó a ablandarse, a despertarse de esa muerte, y todos salieron huyendo, espantados ante el inesperado cambio.

 

ANIMAL RARO

Sucedió en tiempos muy remotos, cuando todos se echaron a reír de él, debido a que no era muy común. El porfiaba en que era inocente…

Colmándole de improperios, vociferaron: ¡Animal raro!

Pero a pesar de las burlas y menosprecios que sufrió, siguió soñando.

 

 

 

 

 

 

EL ENGAÑADO 

Movido  de dolor y de ira, se destruyó a sí mismo, creyendo estúpidamente que el mundo también desaparecería.

 

MEDICINA EFICAZ 

Recobró la salud cuando se desvaneció el odio que moraba en su interior. Los médicos más prestigiosos afirmaron  que era un milagro de los dioses.

 

AMARGA COSECHA

Cuando recobró el sentido, recordó que durante la prosperidad nunca menospreció a los pobres y humildes…

-Ellos saborean las mejores viandas cuando yo vivía en medio de la mayor opulencia, y ahora me hacen esto-, musitó amargamente.

 

Y los que antes se decían sus amigos, le gritaban con burla: ¡Estás delirando!

 

EL PRECIO DE LA VERDAD

En castigo de su perfidia, le vedaron la vida.

-Por decir la verdad que nos atemoriza-, le gritaron.

 

Y la muerte, movida de piedad, lo acogió en su mansión.

 

Y SIGUIO…

Se fue, rogándole encarecidamente que fuera el último…

-Yo que nunca perjudiqué a mis bienhechores, quiero ser el último en ser presa de ti-, le dijo.

 

Movido de envidia, le segó la vida y siguió bebiendo en esa fuente.

 

EFECTO PERFECTO

Sin fuerzas y casi moribundo, le gritó la verdad a la sanguijuela del pueblo.

Eso causó mortificación y enfado.   Y la gente, llena de furor, lo hizo trizas. Los que, por un fútil beneficio lo destrozaron, lo seguían maldiciendo. Los trozos de sus carnes se lamentaban  del pueblo ingenuo y malvado. El viento desapareció sus cenizas, pero la verdad se mantuvo viva y candente la ira.

 

EL DIA EN QUE CRISTO VOLVIO

Tan reñidos y enemistados entre sí vivían los pueblerinos que, el día en que Cristo volvió a la tierra, éste salió huyendo aterrorizado.

 

DESCALZO Y DESNUDO  

El político perezoso y holgazán que vivía del trabajo ajeno, decretó que jamás le permitieran a la verdad llegar al pueblo.

Sucedió, sin embargo, que, cuando el gallo anunció la proximidad del día, y por primera vez los rayos del sol se asomaron, echó a correr avergonzado y lleno de confusión: iba descalzo y desnudo…

 

 

 

 

LA VANIDAD Y LA HUMILDAD 

Pidiéndole humildemente perdón, se acercó.

Doña Vanidad, quejándose amargamente, le respondió que no.

-Perdón que le haya dicho que usted se alaba a sí misma-, le volvió a decir la Humildad.

 

Doña Vanidad, que no soporta la verdad, argumentó que era calumniadora y debía pagar con su vida. Entonces determinaron matarla. Pasaron los siglos y la Humildad volvía cada día a renacer, como fecundos vástagos, mientras doña Vanidad, no era siquiera recuerdo.

 

FEALDAD

Deseosa de hacer admirar su belleza, un día decidió comprobarlo. Amargos fueron sus lamentos al verse frente al espejo de su conciencia.

 

AUTOENGAÑO

Movido por la codicia, fingió que lloraba amargamente. Todos se marcharon sollozando inconsolablemente, y posteriormente descubrió que había engañado a los demás, menos a él.

 

BREVEDAD

El furioso vendaval lo hizo trizas, mientras sus palabras perdidas gritaban a todo pulmón que era inmortal. Su voz fue desvaneciéndose, pero él ya se había adelantado hacía siglos.

 

EN POS DEL SUEÑO

El odio que fomentó la enemistad, los arrastró al abismo, mientras ella llorando y dando grandes gemidos, iba detrás del sueño hermoso de ser una patria amada.

 

VIVIR SIN VIVIR

Estaba traspapelada  en su memoria su propia historia, por eso volvía a tropezar con la misma piedra. Pero transcurrido el tiempo, entre todos los pasajes de su vida encontró una voz que le recordó que había vivido sin vivir.

 

PASAJERO 

Con un profundo suspiro alojado y envejecido en su alma, murmuró: “Desde siempre he vivido arrinconado en mi soledad,  porque sé perfectamente que mi universo se reduce a mis libros”.

Y continuó observando desde su interior  el paso del tiempo y olvidando que solo una vez se vive.

LOS HIPOCRITAS

Hastiado estaba de lo mismo. Todos juraban amarla. Un día se cansó y decidió  marcharse. Cuando la buscaron, solo recuerdos hallaron, y se dieron a la tarea de recoger sus huellas.  Al paso del tiempo descubrieron su grandeza y fue hasta entonces que orgullosos pregonaban  a los cuatro puntos cardinales que era lo más amado.

 

FRACASO

Tras largos y fallidos intentos por ser una buena madre, fracasó. Sus hijos continuaban maldiciéndola a través de los saqueos.  Fue hasta entonces que optó por darle la espalda a la realidad y la miseria y el hambre reinaron por los siglos de los siglos. Amén.

 

 

 

 

 

EL IGNORANTE

-Soy el soberano-, expresó quien creía estúpidamente que sostenía en sus hombros la historia de su pueblo, ignorando la suya propia.

 

EL POETA

Era considerado un defecto de la sociedad por desnudar la realidad y hacer emerger la verdad. La gente se horrorizaba del dramático cambio al poner los pies sobre la tierra. Pero su terror fue mayor al caérseles totalmente la venda de la ignorancia.

“El paso de la noche al alba es terrible”, dijo alguien. Y escuchó entristecido cuando todos optaron por colocarse la venda de nuevo  y él se largó gritando: “Sí, no es fácil pasar de la noche al amanecer”.

 

ALMA EN PENA

Después de una larga jornada, a su regreso del campo, no encontró el camino  de vuelta y tras  intentarlo vanamente, se dio cuenta que era tan solo un alma en pena.

No había habido credulidad como esa.

 

LA SIESTA

Cierta vez,  un campesino holgazán se fue a su parcela, y dominado por su haraganería, se dedicó a dormir la siesta.

Soñó que trabajaba mucho, y de tanto soñar en trabajar se cansó, por lo que decidió prolongar su siesta, mientras dormía la siesta…

Cuando despertó vio que era de noche, por lo que regresó a su casa y decidió tomar la verdadera siesta.

 

 

  Elder Exvedi Morales Mérida

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ADELIN      (Breves prosas)

Por Elder Exvedi Morales Mérida

 

I

Adelin es una fuente de inspiración sublime porque me da a manos llenas su ternura y amor.

Es un poema oloroso a primavera, a eternidad. Es la dueña de mis sentimientos y pensamientos porque en el baúl de mi corazón llegó para quedarse, porque en el suelo fértil de mi espíritu esparció su bendita semilla.

Adelin ha renovado mi vida, melificado mi ser.

Adelin es la mujer más hermosa.

Su interior es una sinfonía de amor que palpita porque Dios la escribió.

Su belleza física conmueve y excita a cualquiera, pero más a mí.

Yo la amo con todas las fuerzas de mi ser y dejaré de adorarla cuando ya no exista poesía, ni música.

 

II

Me recibió como siempre: con ternura infinita.

 

Sinceramente me sentí extraño porque no era común para mí amar y ser amado.

Bebí en sus labios tantos besos que se convirtieron en cantos, y luego emprendieron el vuelo como mariposas extraordinarias. Sus miradas y las mías se acrisolaron y construyeron paisajes misteriosos,  pero de beldad indecible.

Su cuerpo junto al mío.

Su corazón palpitando al mismo ritmo con el mío.

Su respiración, su aliento, todo en complicidad con mi espíritu.

 

III

Aunque las más portentosas obras salidas de su pluma lo han eternizado, el desamor lo martiriza continuamente.

Lo digo porque siempre soñó con un gran amor como lo hice yo.

El jamás lo logró, yo sí.

Aún recuerdo a ese hombre dotado de un intelecto fecundo, con sus ojos nublados por las lágrimas de frustración. Fue la última vez que lo vi.

De sus labios no salió palabras alguna: Fueron sus lágrimas las que evidenciaron su tristeza.

Se fue.

Yo me quedé y hallé el amor en mi Adelin.

Dichoso yo. Desventurado mi amigo poeta.

 

IV

 Gracias a mi Adelin conozco el éxtasis sublime del amor, y mis heridas que eran difíciles de curar, son ahora solamente recuerdos.

Su rostro dulce y amoroso cambió mi mirada profundamente melancólica en pájaro cantarín.

Gracias a su ternura infinita, mi guitarra ya no se queja, mi pentagrama ya no se lamenta,  mi teatro ya no es tragedia, mi voz ya no es ese sollozo amarguísimo.

Gracias a ella, en mi alma nacen racimos de cánticos de júbilo.

 

V

Su espíritu deshecho y desolado me conmovió.

El desamor lo hizo trizas. Aún lo recuerdo en el abismo de su realidad. Sus ocultos amores jamás externados, sus secretas cuitas amorosas, hicieron de su vida un amargo canto.

Yo no corrí esa suerte.

En mi camino hallé a Adelin, y cambió mi  destino.

Ella me contagió de esperanza y fe y sembró en el fértil suelo de mi historia semillas de amor, por eso ahora soy un frondoso árbol, en cuyas ramas trinan los más espléndidos turpiales.

Soy feliz ahora, gracias al amor de mi Adelin.

 

VI

Su cálida sonrisa es un verso oloroso a Dios, un manantial eterno, y un suspiro del alma.

Su cálida sonrisa es un laúd divino, en cuya garganta brotan los versos más amorosos jamás escritos.

 

VII

Cuando la evoco en mi corazón me alimento de esperanza, y atizo mi deseo de hacerla mía cada vez más.

Mi voz interior se convierte en ave y remonta el vuelo para presentar su gratitud a Dios.

Y es que, estoy hondamente emocionado con su propia esencia, y vierto los más íntimos sentimientos de mi corazón.

Adelin, mi hermosa Adelin, es la culpable de que en mi ser nazcan cada día nuevas auroras.

 

VIII

Cuánto han llorado mis ojos de alegría, gracias a ti mi Tomoes, mi bella Adelin. Ya no puedo decir que me duele la vida y que la muerte me salvará, porque tú estás conmigo dándome  a manos llenas tu amor, tu historia.

Cuando te leo, me veo atraído a un mundo mágico porque en tu corazón sólo mora el amor y la ternura.

Solamente tú, la de dúctil carácter y de notable belleza diste paz a mi vida y la herida que despedida un hedor insoportable, se marchó para jamás volver. Gracias mi Adelin.

 

IX

La soledad que contribuyó a hundirme en un sufrimiento atroz, huyó cuando tú llegaste a mi vida y me levantaste del fango con tu amor, con tu infinita ternura.

Al correr de tantos años echados a la basura, en mi vida sacedió algo inesperado: Tu amor me resucitó.

Gracias porque me sostienes en los momentos cruciales, porque me ayudas a  enfrentar tantos desafíos que la vida pone a mi paso.

Ya no estoy en la sombra, gracias a tu ternura mi Adelin.    

 

X

Mi mirada se perdió en la nada, y de pronto surgió la ternura.

Logré encontrar el camino que conduce a casa y ahora tenemos un horizonte hacia donde alzar nuestras miradas, mi bella Adelin.

Gracias amada mía porque me acogiste y me hiciste menos escabroso el camino.

Gracias mi hermosa Tomoes por tanta ternura.

 

XI

Tu nombre es como una sublime paloma que hizo su nido en mis labios, por  eso hay  un canto eterno pregonando su gozo en las ramas del árbol de mi vida,  y el laúd de mi inspiración huele a eternidad y a esperanza. Tu nombre, mi amada, es un verde pentagrama que alza el vuelo y acaricia los pies de Dios, manifestando su alegría de amar y ser amado.

Tu nombre es un verso tierno y amoroso que ríe a carcajadas mofándose del silencio y del olvido.

Tu nombre mi hermosa amiga, es una guitarra  sedienta de mis caricias y de mi espíritu renovado.

Tu nombre, mi amada amante, es un sendero luminoso recién inventado por Dios, para que lo camine, y regocijado grite a los cuatro vientos que Dios sí existe.

Tu nombre, mi eterna compañera, es un exquisito manantial donde a cada instante descubro alegrías  en copiosidad.

 

XII

Hoy, mi alma está arrodillada ante la presencia de Dios porque está empapada de felicidad, gracias a ti Adelin.

Hoy, el triste pasado salió ladrando como perro callejero, gracias a tu sublime amor, mi hermosa Tomoes.

Hoy, la garganta de mi vetusto piano ha retoñado como un ramo de cantos divinos, gracias a tu presencia amorosa, mi amada amante.

Hoy, sólo puedo decir que la vida es bella y que los horizontes sí existen gracias a tu historia que mora en mi ser.

Hoy, mi arte es un océano vibrante, un bosque sonoro, un poema oloroso a Dios,  un libro recién escrito por mi espíritu.

 

XIII

En su alma tierna y sentimental hice mi nido porque soy un turpial solitario y sediento de amor.

El natural encanto de la poesía amorosa nos une cada vez más porque nuestras almas son páginas blancas, anhelantes de felicidad.

En su alma amorosa  vivo eternamente.

 

XIV

Ella es un libro, un extraordinario libro. Conforme voy sorbiendo sus páginas, mi alma se alimenta de ternura.

Ella es un libro, un maravilloso libro. En cada acento plasmado en sus páginas hallo las respuestas a mis incontables interrogantes.

Ella es un libro, un amoroso libro.

Lo leeré una y otra vez porque es la fuente donde bebo solamente alegría y paz.

 

XV

Me cuesta creer que mi cuerpo huele a ti, que en todo mi ser tus caricias florecen, que tu aliento se confunde con el mío, que el palpitar de tu corazón se enreda con mi palpitar, y que en el pentagrama de mi ser nos reencontramos a cada momento.

Me cuesta creer que ya no estoy solo, que dejé de ser el errante, el apátrida, el ermitaño, el misántropo. Me cuesta creer que amo y soy amado. Gracias eternamente mi adorada Adelin.

 

XVI

Te amo, te lo juro. Te amo más que a mí mismo; con decirte que hasta mi nombre olvidé y que mis recuerdos son solamente sombras difusas.

Te adoro, más de lo que imaginas.

Neruda se queda corto.  El amó, pero no con tanta pasión como yo.

Porque, fíjate, amada mía, ardo eternamente en deseos  por ti, y bebo tus caricias aunque la distancia nos separe.

No soy hipocondriaco. Lo sé bien.

Te amo. Solamente mis caricias pueden expresarlo mejor.

 

XVII

Mañana volverá Bécquer a buscar a su amada y no la hallará. Será la centésima vez que su empresa se desmoronará. Batres Montufar resucitará y fenecerá de nuevo cuando Adela se harte de su silencio. Martí buscará a su Niña de Guatemala  y solamente hallará sus huellas en el triste sepulcro.

Pero yo te buscaré y te encontraré diáfana, floreciente, sonriente y con los brazos abiertos dándome la bienvenida.    

 

XVIII

Mi vida está abierta de par en par para ti, mi sublime Adelin.

Mi vida es tu hogar, tu  senda nueva. Mi vida es un verso  dulceamargo para que lo paladees.

Mi vida es un laberinto donde hallarás tristezas y alegrías. Mi vida huele a ti porque nos entregamos en cuerpo y alma. Mi vida ya no sólo es mía, sino tuya.

 

XIX

En mi corazón y en mi mente se han hospedado para siempre tu imagen, tus caricias, tus recuerdos.

En mi corazón y en mi mente  creces tú cada día como un rosal celestial, por eso con mi bandera enarbolada doy la bienvenida al futuro.

 

XX

Eres la ventana a través de la cual se ve la aurora que sigilosamente se acerca a nuestra senda salpicada de esperanza. Eres la historia que disfruto con devoción.  Eres mi canción eterna de amor porque satisfaces mis deseos íntimos. Eres la alegría que sin duda me va a durar toda la vida. Eres mi numen eterno de ternura porque estás presente en  mi espíritu, en mi conciencia, en todo mi ser.

 

XXI

Me inunda tu amor, por eso ya no estoy entre la incertidumbre y la nostalgia. La llama sagrada del amor dicta acordes preñados de optimismo porque me amas, como te amo yo.

 

El fuego de nuestro amor no se extingue porque estamos pletóricos de sueños bellos.

 

XXII

En lo profundo de mi alma guardo devotamente el beso que ese 2 de julio me regalaste, y por eso estoy ebrio de poesía, borracho de felicidad.

En lo profundo de mi ser hay alboradas jubilosas porque las llamas sagradas de nuestro amor nos nutren continuamente.

 

 

Elder Exvedi Morales Mérida     Móvil: 55 22 63 04                  huista.blogcindario.com

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Jueves, 04 de diciembre de 2008


EPISODIOS DE MI VIDA POR EXVEDI CAPITULOS 45, 46, 48, 71  Y 72
E

L ENFERMO

XLV

Transcurría el año de 1989.

Una aguda fiebre me azotó.

Estaba privado del conocimiento.  Pálido, desgraciado, profundamente lánguido me hallaba. De rodillas, con su rosario en mano, la autora de mis días rezaba, lloraba, rezaba, lloraba. Presentía mi muerte.  Estaba a punto de perder el juicio. 

En el hospital nos dijeron que estaba perdida toda esperanza de salvación. Mi mamá no dejaba de besar el crucifijo y de llorar y de rezar.  Cuando oyó la negra noticia, se puso pálida y de rodillas suplicó al medico me salvara.

Se desvelaba para administrarme las medicinas y para prodigarme sus tiernos cuidados.

Recuerdo que sufrió mucho porque nadie quiso darle el dinero en calidad de préstamo para comprar el medicamento, por lo que se vio en la necesidad de vender una plancha eléctrica. Gracias a mi pésima salud, tuvo que despojarse de los pocos bienes materiales.  Por eso, nunca he llegado a comprender el amor de la madre en su justa dimensión. Es un amor semejante al de Dios. 

Estaba en peligro de muerte.

Una noche, cuando tenía dificultad para respirar, me abrazó y con lágrimas en sus ojos, lloraba como enloquecida; suplicaba a Dios y me ordenaba no dejarme vencer por la muerte. Desde que papá murió,  concentró más su amor en nosotros sus hijos.

 

Pero yo me hallaba a las puertas de la muerte. El mal se agravó. Parece que Dios nos había abandonado como otras veces. Es este uno de los recuerdos más tristes que vine a maldecirme con frecuencia.

 

Esa bronconeumonía  que me acechaba día y noche, dejó sus vestigios imborrables.

Mi mal se prolongó.  No dejaba de delirar. La fiebre no cedía, me tenía sembradas sus garras.

-Las pesadillas son efecto del  delirio-, oí que dijo el médico.

 

La fiebre y el delirio se pusieron de acuerdo para atormentarme.

 

El medicamento se acabó y la pulmonía no me soltaba: me tenía tan asido a ella, que sentía sus  garras hundidas en mis pocas carnes.

Mi madre quebró su alcancía y destinó sus ahorros, producto de la venta del maíz, frijol y café, a mi vida.  Día y noche desvariaba de calentura.  Mi tiernísima madre, como es natural, pasaba todo el tiempo en la mayor aflicción. Es hermoso decir que su expresión de ternura era el más eficaz medicamento.

A veces ahogaba sus sollozos para que yo no descubriera que sufría, para que yo no me amilanara, ya que me indicaba no tuviera temor.

Yo sabía que estaba hundida en el abismo de la desesperación y de la aflicción al verme enfermo. ¡Tantas tempestades que compartimos con mi mamaíta!

 

Tanto temor me inspiraba la temperatura que me hacía delirar y tenía pesadillas. Cómo recuerdo esas escenas cuando la veía limpiarse las lágrimas con el delantal  verde que tanto le gustaba. Tantas veces vi correr raudales de lágrimas en sus mejillas.

Los tormentos que yo sufrí a causa de la enfermedad, las hizo suyas; como suyas las alegrías y tristezas de mis hermanos.

¡Qué amor tan  conmovedor!

Sus ocupaciones eran muchas y rudas y exigían todo su tiempo, sin embargo, como nos amaba con amor entrañable, nos prestaba todos los cuidados posibles.

 En todos los pasajes de mi vida, ella dulcemente siempre está presente.

 

La noche en que abra mis ojos y musité: “Mama”, no pudo contener sus lágrimas de regocijo y lloró abrazándome, pero poco duró su júbilo, porque el sufrimiento volvió a despertarse…

 

En el hospital, como ya lo dije, me dieron por incurable. Era pulmonía avanzada. Pero ella, profundamente conmovida, reclamaba día y noche a Dios mi sanación.

Con los ojos inundados de lágrimas, rezaba, mientras yo ardía de fiebre. Lloraba, rezaba, maldecía mi mala suerte. Se golpeaba, enloquecía por momentos. En el delirio de la calentura, escuchaba la voz de la muerte y veía a un horroroso hombre sentado  sobre su caballo , aguardándome a medio río.

 

Una noche, una tristísima noche, los vecinos creyeron que había expirado, que había pasado a la eternidad. Oí cuando la gente expresaba: “Pobre, era un buen patojo”.

 

Estuve entre la vida y la muerte. Al fin disminuyó la calentura.

La peligrosísima crisis se fue disipando lentamente.

Abatido y desmejorado estaba, pero fuera de peligro.

Al fin salí invicto. Y aquel muchacho reservado, melancólico y huraño en la mayoría de las veces, siguió soñando, aunque las enfermedades lo visitaran con frecuencia.

 

 

LOS SERENATEROS

XLVI

Casi siempre el pueblo  estuvo privado de la luz…

Las calles desiertas a altas  horas de la noche no eran caminadas más que por los serenateros. Nosotros – porque yo también era parte de ellos -, los transeúntes éramos músicos aficionados.  Recuerdo  que el único recurso que teníamos para alumbrarnos era un manojo de ocote, ya que a esa hora el fluido eléctrico era cortado. Pero esa falta de alumbrado eléctrico no nos convenía.

 Por las ventanas se asomaba el padre de la cortejada a amenazarnos. Muchas veces salía por la puerta con machete  en mano a corrernos.

Una vez, a las diez y media de la noche le llevamos serenata a una quinceañera y el padre malhumorado nos corrió casi por todo el pueblo.

La oscuridad cubría todo el  poblado. Tropezamos con postes, arboles y piedras. El viento silbaba entre las  viejas tejas melodías misteriosas.

 Esa noche, la luna no alumbró: estaba en reposo en su morada.

Los perros relajeros aullaron exageradamente. La oscuridad completa nos inyectó una dosis de miedo, pues sabíamos que la Llorona, la Siguanaba, el Cadejo y el Sombrerón, se apoderaban de las calles a esas horas, por eso los perros ladraban más.

En esa ocasión, amanecimos en el parque. Tímidamente algunos gallos anunciaron el nuevo día con su quiquirikí.

 

Nos importaba poco la amenaza de los padres. Siempre continuamos llevando serenata. Dos eran los encargados de llevar las astillas encendidas de ocote. Una buena raja nos duraba toda la noche. De un pisotón matábamos el miedo que nos infundían esos personajes que se adueñaban de las callejuelas oscuras. Siempre volvíamos entusiasmados  a las serenatas porque en nuestras venas sentíamos cómo corría el fuego del amor. Los compañeros serenateros se embriagaban con los besos de sus amadas. Yo solo miraba y me resignaba. Ya llegará mi día, me decía un poco irritado e impaciente. En ese entonces, cortejaba a las señoritas y me rechazaban.   Jamás lo comprendí. Esos desdenes influyeron mucho en mi ánimo.

 

Cuatro guitarras constituían el grupo musical. ¡Pobres los vecinos, cómo los desvelábamos!

 

Otro suceso que no olvido, es aquel cuando Poncho acababa de tomar la guitarra y se disponía a acompañar al cantante, cuando alguien apareció. Las miradas se dirigieron aterradas al padre de familia que con machete en mano salió a recibirnos.  Descargó su mal humor con insultos.  Yo cabeceaba sentado en un andén (acera). Hasta la puerta de le calle se miraba reflejada la silueta de la joven que por un agujero  nos observaba. Esa noche hice esfuerzos sobrehumanos para no dormirme, pero en vano fue todo.

 

Los insultos fuertes me despertaron.

-Hijos de la gran puta, vayan a chingar a otra parte.

 

Uno de los serenateros le respondió: “¿Acaso usté le traemos serenata pué?”  El padre alzó  el machete y se dio a la tarea de corretearnos de nuevo.  Corríamos en diferentes direcciones.  Después nos buscamos en medio de la oscuridad y no nos hallamos.

Tantas anécdotas están alojadas en mi alma y a pesar de los años que han transcurrido, nada las ha corroído. A finales de noviembre de 1992, llegó una capitalina. Yo lo supe mucho después.

-Muchá, vamos a darle serenata a esa chava de la capirucha-, expuso uno.

 

Los demás acogimos la idea con emoción. Todos cantamos la canción guatemalteca Mi plegaria de César  de Guatemala (así era conocido). Cuando concluimos, una señorita alta, delgada, blanca, ojos lánguidos y negros, cabello largo azabache y hermosísima, se asomó a la puerta. Fijó en mis sus ojos y me interrogó: ¿Tú me trajiste serenata?

 

Me sonrojé, enmudecí y la lengua se me hizo un nudo. Ella y los compañeros serenateros rieron a carcajadas.

-Seño – dijo uno -, todos le hemos traído serenata; ojalá no le hayamos ofendido.

 

-Al contario – respondió ella muy amable -, es un regalo muy precioso.

 

Nos dio las gracias, las buenas noches y se entró. Uno de los amigos aventureros sacó de su morral una botella de aguardiente  y con precipitación bebió su contenido.

-A la salú de esa hermosa muchacha-, dijo. Se sentó a mi lado. Me ofreció un trago, pues llevaba otra botella.

-Ya no tomés mano, eso te va a afectar después -, le aconsejé.

 

El se puso en pie como sobresaltado. No dijo una palabra más y se marchó.

 

¿Cómo  olvidar esa época, si estoy eternamente ligado a mi Santa Ana Huista?

 

Las calles, a veces, eran alumbradas escasamente por la luna menguante. Detrás de las entreabiertas ventanas estaban ellas espiándonos.

Siempre que recuerdo ese tiempo ido, renace en mi espíritu una vieja, viejísima nostalgia.  Pero también continuamente experimento con la misma intensidad esa alegría que me causaba salir a dar serenatas.

La última vez que participé en una de esas serenatas fue a finales de septiembre de 1993, ya que en los últimos días de octubre de ese mismo año me marché a la capital a probar suerte…

Recuerdo que llegamos a encontrarnos a la novia de uno de los compañeros con otro.

Las agarramos con las manos acariciándole todo a la joven infiel. Cuando la pareja se vio descubierta, se mostró indiferente. El traicionado solo dijo: “Te quise, nunca te fallé como vos lo has hecho. Y no me voy a agarrar a trompadas con ese empachado porque me doy cuenta que no valés la pena”.

 

El nos indicó  retirarnos y así lo  hicimos.

Momentos después, estábamos en casa de una señora que clandestinamente vendía licor. Al resplandor de un manojo de ocote, cantábamos canciones tristísimas.

 

En el ambiente se mezclaban el humo de cigarrillos de manojo, el calor de los tragos, tristezas, evocaciones y pleitos.

 

La noche transcurrió.

Caminé hacia mi casa.

Con gran sigilo entré.

Una música lejana suena. ¿La oyen?

 

 

EL RAPTO

XLVIII

Cuando los padres (en especial el padre), se oponían  a la relación, ambos se ponían de acuerdo y huían. Al otro día, muy temprano,  la gente chismosa corría la noticia de boca en boca, a cada instante agregándole. Ellas preparaban  sus trapos, sus tanates. Por la noche, cuando todos dormían, sigilosamente quitaban la tranca de la puerta y salían. Ellos las esperaban desde hacía ratos en el lugar señalado.  Los padres muy irritados, juraban vengarse desconociendo a la hija o golpeando a ambos. Pero todo cambiaba cuando la pareja, acompañada de los padres del novio y personas respetadas pedían perdón, los padres de la novia se ablandaban y los recibían como hijos.

 

A veces, cuando el rapto o huída, los familiares y pocos amigos se lanzaban en su búsqueda. Muchos esfuerzos y no encontraban huellas.

El robo era siempre el tema principal de las conversaciones. Que ella tan joven y bonita, que él tan viejo y feo.

 

Recuerdo cuando en 1989, un joven coloteco se “llevó” a una ladina del pueblo. Nadie  imaginó eso. La sociedad de ese entonces no concebía ni siquiera  la idea que un indígena se “robara” a una ladina. Por días la buscaron y no la hallaron. Una tarde,  el padre, evocando el pasado, recordó que ella en sueños llamaba a Juan, más conocido como Juan Pixcoy, y levantándose el sombrero, se dio una palmada en la frente y dijo: Ese jodido fue.

 

 

-Dicen que se la robó.

-Esas son babosadas, ella iba adelante con sus tanates y él detrás.

-¡Sho, pué, muchá!

 

 

 

 

 

 

SEGUNDA  PARTE

*Por un momento dejo en un rincón muchos capítulos de esta segunda parte

 

 

VAMOS  A SEXTEAR

                                                                                   LXXI
Los ojos se le llenaron de lágrimas, y musitó suavemente: “Al principio se llamaba Calle Real, ahora, Sexta Avenida”.
-La nostalgia siempre nos muerde el espíritu-,  apuntó Miguel Ángel Asturias, con el manuscrito de su Señor Presidente, bajo el brazo.


José Milla  y Vidaurre se puso pálido, y un sudor frío principió a correrle la espalda cuando vio pasar a Pie de Lana.
-¿Lo viste?, interrogó Milla.
Miguel Ángel Asturias dijo sí con la mirada, y sugirió: “Sigamos Sexteando”

Jacobo Àrbenz Guzmán que venía acompañado de Francisco Javier Arana planeando cómo  inventar el 20 de octubre, los divisó, y a todo pulmón gritó:
¡Gran Lengua!
Miguel Ángel, más sordo que Barnoya, no le escuchó, quizá porque estaba extasiado  en un objeto curioso del Almacén El Cairo, ubicado en la 6ª. Avenida 9-00.
-Parece el regalo que le obsequié a mi primer numen-,  le susurró al oído al autor de Los Nazarenos.
-Las heridas no restañadas nos recuerdan que tenemos un pasado-,  atestiguó uno de los autores de La Chalana.

Los militares llegaron, y con un fuerte abrazo se saludaron.

No logré percibir lo que dijeron después. Sólo sé que entraron en el Portalito, donde Oliverio Castañeda de León, sorbo a sorbo bebía cerveza, llorando su muerte y celebrando su resurrección, y en una servilleta apestosa a nostalgia escribía una y otra vez: “Mientras haya pueblo, habrá revolución”.

La tarde caía lentamente y del teatro Lux salía Rubén Morales Monroy, añorando su santuario: La Universidad Popular.
El Ché Guevara,  con la mirada perdida en el horizonte lo abordó:
-Maestro, he pensado siempre que a través del arte se puede lograr una revolución más eficiente.


Como si fueran almas gemelas, enfilaron hacia la UP, discutiendo sobre arte dramático y revolución.

Rubencito, el comerciante de colchones, con sus movimientos afeminados devoraba con las miradas a los caballeros que sexteaban jubilosos.  La muchedumbre lo vituperó con burlas.
En el parque Enrique Gómez Carrillo,  se sentó a conversar con el mismo Príncipe de los Cronistas sobre sus incontables y extraordinarios viajes al otro lado del charco…

Bernal Díaz del Castillo se unió a la tertulia, y uno por uno viajaron a través del tiempo, y el verso Guatemala se hospedó en el corazón del pentagrama de Dios.
Maco Quiroa, Monteforte Toledo, Efraín Recinos, Manuel José Arce, Tito Monterroso, José Luis Villatoro  y Luis  Cardoza y Aragón,  aparecieron como alma en pena sobre la sexta avenida y primera calle, haciendo ochos, posiblemente del Granada.
¡Vamos a sextear! Rieron con sorna al unísono, ante un general genocida que predicaba sin convertirse.

Carlos Mérida y Galeotti   Torres, que sentados en la Plaza de la Constitución aspiraban la tarde melancólica de noviembre,  se sumaron a los demás artistas e intelectuales.  No está demás decir que la Sexta Avenida estaba, como de costumbre, muy concurrida. Por doquiera  los enamorados, bohemios, comerciantes, cuques, y ciudadanos comunes y corrientes… reían carcajadas.
Las vitrinas diáfanas, como imanes embrujadores, atraían la completa atención de los “sexteadores”.

De la 18 calle apareció Otto René Castillo pregonando que la historia era como la sombra de su cuerpo, y que por eso era poeta rebelde.
Paco Pérez, en el teatro Lux cantó por centésima  vez su Luna de Xelajú, mientras su espíritu aventurero besaba los labios de la morena preciosa que, no se sabe porqué, lo abandonó.

Pero me quedé estupefacto cuando vi a Isabel de Los Ángeles Ruano vendiendo jabones, peinetas, lapiceros y sus versos en hoja sueltas, como si ser artista en este país fuera una maldición. ¡Qué diablos!, dije entre dientes y estallé bruscamente en sollozos. Ella, con sus miradas cordiales, replicó: “Así están las cosas”.
Y antes de continuar con su faena, me confió: “¡Cómo extraño las puestas de sol!”
Me sumergí en un océano de silencio. Interrumpió de nuevo mis reflexiones otro gran personaje que caminaba gallardo, valiente, perseverante, con un libro de su autoría que, no sé cómo, logré identificar: era Discurso Presidencial.  Por supuesto que se trataba del  ilustre Doctor Juan José Arévalo Bermejo, el mejor presidente que ha tenido Guatemala.
Mientras se dirigía al Palacio Nacional de la Cultura, hablaba desde lo más profundo de su ser con un personaje llamado Historia.
El gran patriota,  Poncho Bauer Paiz se me acercó, y sin preámbulos, me interrogó: ¿sabes quién es?
Yo, sin titubear, le respondí: sí.

Los personajes que como trompos no se movían de su lugar piropeando a las mujeres, eran Los Chocanitos y la Mosquita que, humildemente, pedía limosna.
Tantos personajes que convergían en la Sexta Avenida con sus almas inundadas de paisajes  olorosos a eternidad.
La noche comenzaba a caer lentamente como el telón  la UP, cuando un trovador,  acompañado de su guitarra imaginaba al público que estallaba en atronadores aplausos rindiéndole pleitesía. Era vitoreado una y otra vez, y jamás, quizá,    pensó que para   escalar la cima del éxito, debía pagar un precio incalculable.
Cantando el coro de su Jesús Verbo no sustantivo iba cuando, en la esquina de la novena calle, lloró amargamente. Se detuvo un momento, musitó algo,  y posteriormente continuó soñando como siempre.
No sé cómo, pero me  puse de pie de un salto, me froté los ojos, y volví al presente bullicioso, y orgulloso de contar con una espléndida historia, seguí mi camino, como el eterno errante que soy.

 

LA ANCIANITA

LXXII

La lluvia era latente.

La sexta avenida lucía menos bulliciosa.

Y como no llevaba paraguas, aproveché el tiempo y pensé hacer un alto en el camino para dialogar conmigo mismo.

En la esquina de la once calle, unas señoritas indígenas reventaban de risa al verse empapadas de agua.

Fue hasta entonces cuando alcé la mirada y la divisé.

Su cabello plateado, los surcos de su piel morena, su mirada perdida, llamaron profundamente mi atención.

De pies a cabeza, mojada por la copiosa lluvia.

Sin embargo, continuaba vendiendo golosinas.  Nadie, absolutamente nadie le dedicó una pizca de atención.

Yo, casi oculto, en la entrada de un comercial, la escrutaba con la mirada, y el idioma universal de la tristeza me aplastó la conciencia.

Al verse ignorada, tomó un descanso y se dispuso a contemplar la lluvia como si a través de ella  retornara al pasado cuando amó y fue amada. La soledad  y la carga emocional en su rostro eran evidentes.

Cuando  vi sus ojos anegados de lágrimas, redescubrí que su pobre corazón estaba carcomido por el olvido. El dolor, la indignación y la impotencia me martillaron el espíritu al observar a esa ancianita desprotegida, miserable, sola…

Pensé en el anochecer  lúgubre que pronto llegaría y la encontraría mendigando.


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EPISODIOS DE MI VIDA POR EXVEDI  CAPITULOS  38, 39, 41, 42  Y 43
CHARLANDO CON LA ABUELA

XXXVIII

Tuve el privilegio de sentarme a charlas con mi abuela Olimpia Taracena Rojas, a quien, siempre llamamos todos Mamá Limpa, y no abuela, como de costumbre.

Una tarde de octubre,  cuando le pregunté de que si era cierto que al aparecer una mariposa negra era mal presagio, ella comenzó con su larguísimo relato:

“La mariposa azul ronda en  casa cuando llegará correspondencia. Si el chucho abre hoyo en el patio, uno de los sueños  morirá. Si el fuego del poyo se acrecienta o chispea mucho, alguien vendrá. Cuando el gallo canta en la puerta es porque va a ver visita. El tecolote y la lechuza son nagual de los brujos malos. Cuando entran en el hogar, hay enemigos que piden la muerte. La mariposa negra anuncia la muerte. Si la mujer embarazada ve un eclipse, su hijo nacerá con una enorme mancha. Si uno pone una escoba detrás de la puerta, la visita se marchará pronto. Si hay tormenta, hay que hacer una cruz en la tierra con ceniza. En Semana Santa no se permite ir a bañarse al río el Viernes Santo, para no volverse pescado.  El Sábado de Gloria se les da nalgadas a los güiros para que crezcan y no sean enanos o chaparros.

Cuando el gato montés  llega a gritar cerca de la casa, alguien de la misma o de las vecindades enfermará y morirá. Encontrar a un venado corriendo tienen su significado. Si sale de izquierda a derecha, es buen agüero, si de derecha a izquierda, mal presagio. Cuando algún chucho se echa boca arriba en el patrio, es señal  de que alguien llegará de visita.  Mi mueve la cola, la visita será agradable, sino la mueve, será todo lo contrario. Si ladra o se revuelca, algo malo sucederá. Si  un chucho lo orina a uno,  ya se jadió, porque es señal de dificultades.   El cazador que mata un tecolote, perderá su puntería y suerte para la caza. Cuando el  zorro lo orina a uno, es del mal anuncio. Cuando las urracas forman la gritería  en los bosques, es señal de que alguien anda por ahí, por lo general ese alguien es peligroso. Ver florecer la hierbabuena es buena suerte. Si se encuentran muchas culebras en los trabajos de preparar la tierra para las siembras es señal que habrá buenas cosechas. Cuando uno es cagado por algún zopilote que pasa volando, es de mal agüero. Agarrar un pájaro que entra a la casa es malo. En el hogar se darán  problemas. También es indicio de enfermedades. Es muy malo cuando a las mujeres se les quiebra el brazo de moler. Es signo de muerte. También es vislumbre  de muerte el que se le quiebre el machete. Cuando la candela u  ocote arde con vivacidad, es buena suerte; cuando la llama arde lenta y pálida, es muy malo. Si se cae la candela o manojo de ocote, es de mal presagio. Cuando un murciélago pasa delante de uno, es indicación  de mala suerte. Soñar que se escucha marimba es anuncio de que habrá gran fiesta. Es malo ser orinado por las angurrias. Cuando las golondrinas vuelan muy bajo, es sospecha de que se reanudarán las lluvias si han cesado  o que se aproxima el invierno si es verano. El día que se ven pasar los azacuanes es señal de que la estación cambiará. Si es verano, llegará el invierno, si es invierno, llegará el verano.

La cigarra, los grillos y chiquirines cuando cantan consecutivamente en pleno invierno, es indicación de que cesarán las lluvias. El clis clis cuando esta ave grita  clis, clis, y se posa en rama seca, anuncia invierno. Cuando las hormigas pequeñas salen en grupo de sus nidos y llevan sus huevos a otro lugar, es anuncio de que ese día va a caer un porrazo. Cuando las chorchas hacen sus nidos muy bajo, es señal de que el invierno de ese año será fuerte, copioso; si lo construyen muy alto, es señal de que será tardío y breve. Cuando gritan los  saraguates   en grupo, entres los bosques, es pronóstico de huracán y fuertes lluvias. Cuando les hacen ruido las tripas a los chuchos y a los coches, es señal de que ese día lloverá con granizo. Cuando un gato de casa se revuelca en el patio o sitio, es señal de que habrá pleitos entre los familiares. Si un gato negro se le atraviesa a uno, es porque algo  grave sucederá. Cuando varios gatos llegan a chingar a una casa o cerca de ella, algo triste va a pasar. Si las golondrinas llegan a hacer sus nidos a cualquier parte de la casa, es señal de que llevará la buena suerte. Es también de buen agüero el que las avispas o las abejas lleguen a la casa a construir su panal. Si una mosca persigue con necedad, es señal de que se va a recibir correspondencia. Cuando zumba por los oídos, si es pequeña, es que una mujer  desea hablarle a quien lo persigue. Si se le mete a uno en el oído izquierdo, alguien está hablando mal de uno, si es el  derecho, alguien habla muy bien de uno. Ver una mariposa negra pegada  en la pared de algún dormitorio, es de mal agüero, indica enfermedad o la muerte de algún aquejado. 

Ver una araña muy tempranito, avisa que se recibirá algún dinero, si le cae a uno en cualquier parte del cuerpo, buena suerte.

El darse la mano a través y por encima de la mesa, es maléfico.

Cuando un cuchillo cae al suelo, es aviso de que se tendrá visita. Cuando se siente caliente la oreja izquierda, es señal de que alguien habla mal de la persona que lo experimenta. Algunas mujeres, fíjate vos, son relistas porque se muerden la trenza  para que el que de ellas habla, se muerdan la lengua. Si es la oreja derecha la que arde, es porque  están hablando bien de uno. Si la tetera silba, es pronóstico de alegría en la casa.  La mujer a quien le crece el pelo en la frente en forma de punta, no se va a casar nunca; se va a quedar para vestir santos, como la Clotilde (ríe a carcajadas). Si alguien quiebra un espejo, se darán algunas amarguras en el hogar.

También ver romperse un  espejo es mal vaticinio. El encontrarse dinero es de mala suerte. Para que no suceda nada malo, debe utilizarlo en buenas cosas.

Si un cristal (vaso de vidrio) se quiebra,  problemas seguros para quien lo rompe.  Si alguien halla una herradura en el camino, tendrá buena suerte. Debe colgarse con las extremidades abiertas para arriba, para que la suerte no se le vaya. Al colgarse por la parte cerrada, la suerte se irá. Recoger alguna aguja o un alfiler en la calle, presagia pobreza.  Cuando alguien, al levantarse de la cama, se tropieza con algo que está a punto de caerse, es malo. Volviéndose a acostar, el presagio ya no se cumple. Botar el salero es malísimo, pero para anular el agüero, la persona que la ha botado, debe recoger la sal, debe tirarla, pero llevándose la mano hacia atrás, por encima del hombro.  El poner demasiada sal en los alimentos al cocinarlos, quien lo hace, está enamorada. Si le pasan a uno la escoba cuando se está barriendo, indica que nunca se casará. Reírse sin chiste, sin motivo justificado, es malo. Cantar antes de almorzar o de  cenar, es también de mal agüero. No sirve medir a los güiros, ya sea con cordel o una cinta medidora, porque sino, tardarán en crecer mucho, como deben. Los güiros que son muy chillones, serán felices.

Si cuatro personas en el momento de darse la mano forman una cruz, es porque pronto habrá casamiento. El botar pedazos de pan, denuncia despilfarro y tare mala sombra. Llevar un pedazo de pan en el bolsillo, atrae riqueza. Cuando los enamorados juran quererse en Noche Buena, es porque serán felices.  Cuando inadvertidamente se pone el vestido al revés, es señal de buena suerte. Ocurre lo mismo cuando una media o un calcetín se pone al revés. La madrina de boda que tropieza en el camino del altar, morirá soltera. La madrina de boda que tenga en sus manos el ramo de flores de la recién casada, será la próxima en casarse. Entre las modistas es de mal agüero que la que pone el ajuar de alguna novia para tallarlo, no se casará, y la que quiere casarse, cuando se haya efectuado la boda, deberá desvestir a la novia, pues es de buena surte.

Regalar objetos cortantes, presagio el rompimiento de la amistad con la persona a quien se le obsequia. Cuando  se siente cierta comezón en la palma de la mano izquierda, es seña de que irán a cobrarle alguna deuda al que la siente. Si es en  la mano derecha, irá a recibir dinero. Cuando la luna está tierna, muchos sufren porque sus heridas las molestan. Al meterles ruda  o hinojo en las orejas a los estudiantes, se les queda más las lecciones (esto lo hacía mi madre conmigo). Cuando se tiene escúpelo, se pasa la cola de gato negro en el ojo. El escúpelo se da por ver chuchos trabados.  Con un ladrillo o terrón empapados en agua se huele para que se le pare la hemorragia cuando alguien le sangra la nariz. ¡Ay tatita! Tolo lo que te puedo contar”-, concluyó.

“Siga Mama”, le supliqué, por lo que ella, también entusiasmada, prosiguió: “En cuanto a adivinación, podemos pasar mucho tiempo. Fíjate que algunos indígenas, especialmente de Huista, empleaban varios medios para predecir el futuro y leer el pasado. Eran jodidos. Al hacer la pregunta, mentalmente el adivino o brujo se concentraba hasta que obtenía de un grano de arroz. Fíjate pué, qué cabrones.  El brujo tendía en el suelo un pañuelo rojo y pasaba sobre él a un gato negro. Después, levantaba el pañuelo y leía las respuestas.

 

Cuando los chuchos ladran mucho, es porque miran alguna alma en pena.  Nosotros los católicos (santiguándose), por eso nos persignamos o invocamos a toda la corte celestial  a cada raro”.

 

En ese momento (las siete de la noche), yo ya estaba cabeceando. Hasta muy entrada la anoche estuvimos juntos trillando tantas creencias y supersticiones.

 

Lo último que recuerdo oír de sus labios fue: “El nagual es el desdoblamiento   del espíritu”. 

 

Y en una especie de eco escuché: “En martes, ni te cases ni te embarques, ni de tu casa te apartes”. Ya dormía plácidamente. Para ese entonces yo contaba con 4 noviembres.

 

Hasta el otro día desperté. Me cariñoso abuelo Juan Mérida, a quien también solamente lo llamaba Papá Juan, me llevó en sus brazos al petate sonde solía dormir cuando los visitaba.

 

No podemos ignorar que la riqueza supersticiosa es enorme. Hoy en día, ha desaparecido mucho de ella.

 

 

 

LOS PATOJOS

XXXIX

En las esquinas nos reuníamos a  divertirnos a lo grande.  Bajo la luz de los focos eléctricos, nos sentábamos. Hablábamos de tantas cosas, mientras los “moshes”, esperanzas y otros insectos volaban. En mayo, tiempo de jocosh o zompopo de mayo, era uno de los meses más esperado.

 

-Solo pa chingar sirven. Le derraman la bilis a cada rato a uno-, nos dijo una anciana malhumorada que nos encontró sentados en el atrio de la parroquia.

-Sòlo guanaqueras hablan muchá.

-Lo resmuelen a uno

-¡Já, já, já, já!

 

Desde el nacimiento hasta la muerte instantánea del sol, bordábamos sueños y no sabíamos si florecían. Robamos sonrisas, ingerimos gestos, bebimos besos.   Sembramos estrellas, parecidas a milperíos.  Por las noches, recorríamos las calles solitarias, más solitarias que nunca. La historia que camina y camina jadeante desde hace centurias, nos encontraba en el sendero.

Las esperanzas se retrataban en el cielo. Nuestro pueblo era encantado, mágico, embrujado, musical y poético. Estábamos llenos de vida. ¿Cómo olvidar el lenguaje y ocurrencias de ese entonces?

-Te chotié pashtuda.

-Del pescuezo te voy a agarrar.

-Riís porque te hartás de grolis.

-A la juerza te voy a trincar.

-¿Por  ónde se jueron pué?

-De veras te lo digo: Te voy a dar una pescozada.

 

Nunca faltábamos en las fiestas. La que más he  tenido presente, es una boda. Centenares se alinearon en las calles del pueblo para aplaudir el paso de los novios, familia, amigos y shutes (entre ellos, nosotros los patojos). Entre los invitados especiales a la recepción figuraban el Alcalde y su familia, así como su equipo de trabajo. ¡Qué equipón por la gran diabla!

El oficio religioso fue celebrado en la parroquia. Ese acontecimiento fue motivo festivo para todo el pueblo, quienes llevaron presentes como maíz, frijol, chile, café, pollos, coches, etc.  Y desearon  todo lo mejor de la vida y la bendición de Dios.  Los patojos, lo único que queríamos, era diversión, bebida y comida gratis. Al día siguiente, muy temprano, solo basura y recuerdos quedó de la noche anterior. Solo los novios continuaron con lo mejor de la fiesta.

 

De fiesta en fiesta, nos la pasábamos. Las tiendas que más visitábamos eran las de doña Lola Hernández, doña Chala Domínguez, tía Zoila Morales. La más grande de todas siempre fue la de la tía del pueblo: Esther Lemus de Taracena, esposa de tío Miguel Ángel Taracena, hermano de mi abuela Limpa. En ellas (todas las tiendas), se veían las candelas de sebo, cigarros de tusa, escobas, manojos de ajo, especies para condimentar la comida, trompos, hondas, chicles,  caramelos, ricitos, y muchas chucherías más, que no en una sola ocasión logramos saborear si pagar un solo centavo.

En octubre de 1993, los patojos se vieron en la obligación de tomar su propio camino. ¿Qué se harían? Ahora solamente los hallo en el recuerdo.

 

LOS ABUELOS

XLI

El camino del  pueblo a San José El Tablón, San Antonio Huista, es  de herradura y exige dos horas. Desde el día anterior preparamos  panes,  queso, y todos los presentes  para los abuelos.  El quiquirikí particular de los gallos nos hace el favor de despertarnos. El viaje lo hacemos a pie.   Cruzamos veredas. Antes de llegar a Monajil, bebemos agua de  un nacimiento, lugar desde el cual se aprecia el pueblo por completo.

Llegamos a casa del abuelo. Mamá Limpa atiza el fuego  que está sobre el poyo; borbollonea la jarrilla de café; hierve la olla negra de barro hasta el cuello con frijoles, calienta pixtones,  quesadillas de queso. Los tizones traviesos chisporroteen.

-Qué bueno que vinieron-, saluda mamá Limpa.

 

Por su parte,  mi abuelo Juan, comienza a rezar. Todo el tiempo lo hace.

En el corredor de la vieja casona de adobes y techo de paja, cuelga de dos pilares de cedro y caoba, una hamaca de pita. Cuando el abuelo  concluye con su  dura faena, toma una siesta, columpiándose.  La gran cantidad  de nietos y bisnietos nos disputamos el placer  de mecernos. No pocas veces terminamos  dándonos bofeteadas, puñetazos, empujones y puntapiés. Tantas veces caemos  al suelo. Detrás del aguacatal está el inodoro ciego. Un montón de olotes  hacen de “papel higiénico”. Sólo los ricos  utilizan el papel higiénico.

La luz del día se filtra en el techo de paja y proyecta figuras amorfas. En los ojos de mi madre, fuentes inagotables de lágrimas de dolor, se asoman tímidamente la esperanza: está bajo el amparo de sus padres.

 

Esas vivencia, esos recuerdos del tiempo pretérito, nunca se borraron de mi mente, por eso las he plasmado en el papel.

En invierno, corría a los brazos de mi abuelo Juan, cuando me aterraba el eco de un trueno, y él me consolaba. Ambos fueron siempre católicos fervorosos. En una esquina de la casa habían, desde hacía mucho tiempo, erigido, un altar muy grande. En él se veían mazorcas negras, blancas, amarillas y rojas. Además, hojas de pacaya, melocotones, limas, naranjas, pom, velas, veladoras, y fotografías de los finados familiares. Asimismo, un cuadro de Jesús Nazareno de Santa Ana Huista, y otros.

 

Mi abuelo tenía enormes plantaciones de caña de azúcar, y una maquinaria ò trapiche que movían dos fornidos bueyes. Dos cilindros de acero se tragaban las cañas y las exprimían. La exquisita agua de caña corría por un canal metálico hasta un enorme tonel. Del tonel era llevado el delicioso líquido hasta un enorme perol que más parecía un casco formidable de soldado.   Debajo del perol ardían trozos de roble, caoba, guachipilín, brasil y de otras especies de árboles finos, así como de bagazo de caña seca.  El agua de caña se transformaba en miel, en el enorme recipiente metálico. La miel era vaciada en moldes de madera, de los cuales salía la panela. Las bien elaboradas tapas de panela eran vendidas en las aldeas. Los niños gozábamos  catando chicha. Chupábamos caña. Llenábamos los tecomates de miel negra y los tapábamos con olotes. Metía entre el perol guineo o majunches, contugas, mangos, y otras frutas al perol, para luego degustarlos.

Las mujeres hacían tabletas. A la manía o cacahuate la mezclaban con   miel y salían las ricas tabletas. Las   hijas  de mi abuelo trabajaban durante horas preparando el desayuno, pozol y almuerzo para los trabajadores.  Todo era una fiesta.

Ah, aún siento el aroma de la caña molida. Las melcochas eran envueltas en doblador   y en tallos de bananos.  Los bueyes  felices a los zacatales,  al terminar la dura labor. Las tías hacían tabletas mientras hervía el agua de caña en el perol. Otros, los  traviesos, bebíamos chicha (agua de caña fermentada), y nos embriagábamos.

El sembradío de café circulaba la casona de los abuelos. Además, había milpa en los patios. De entre las piedras crecía el perejil, culantro, verbena, apazote, y otras hierbas comestibles y medicinales.

Arboles frutales por doquiera.

 

Roncaba mi abuelo en su butaca. Papá Juan siempre me contaba cómo mi padre cortejaba a mi madre, cuando eran jóvenes:

-No se iba a quedar para vestir santos-, decía siempre, al concluir con sus narraciones que me arrancaban más de una carcajada.

 

Desde mis tiernos años les conocí. Desde mi edad temprana les llamaba papá y mamá. 

 

Para el 24  de junio de 1990, los corredores estaban saturados de gente. Era el cumpleaños número 84. Los invitados se atropellaban unos a otros.  Parecía colmena el lugar. Todos hablaban gritando. Había mucha gente. Parte de ella invitada, la otra, colada, como suele ser en los pueblos, aldeas y caseríos. Bebía mi abuelo una jícara de pozol, mientras veía bailar a sus hijos, quienes, casi siempre, se reunían para esa celebración. La marimba no cesaba. La canción que más se repetía era El Día de San Juan.

 

Los nietos (yo en especial), acudíamos a escuchar sus historias, su repertorio de anécdotas. Tantos consejos que me dieron y que no eché en saco roto.

Mi abuela Limpa, con su cabellera larga y encanecida, se sentaba junto a nosotros y nos decía: Para qué los voy a engañar, la Llorona sí existe.

¡Cuánto recuerdo a mi abuela con sus cabellos entrecanos, su tez arrugada, pero con un corazón juvenil!

Como ya lo dije, la casa estaba circundada de un enorme cafetal, árboles frutales, bambú, pacayales, y hasta abajo, el cañal junto al perol.

Pendían en el fresco corredor, enormes colas de quetzal, que parecían que querían emprender el vuelo cuando el viento las mecía cariñosamente. Un arroyo que corría cristalino a un costado borboteaba. Mi madre iba a traer agua en una  tinaja ocre a un manantial. Atada a un pilar del corredor, estaba siempre la yegua que utilizaba papá Juan.

 

Papá Juan siempre descansaba en su butaca. Los altos árboles elevaban sus copas. Las temblorosas manos de mi abuela torteaban. Tosía el abuelo y después escupía. Mi abuelo no quiso dejar la jícara cuando su “bebida”  ò pozol. Mi abuela nunca se despojaba de su rebozo de seda de colores diversos.

-Los chuchos aúllan. Muchos los regañan y dicen que por chingar lo hacen. Sólo quitarle el sueño a uno son, dice la gente. Pero algunos ya olvidaron que ellos miran  a la Siguanaba, a la Llorona, al Sombraron y al Cadejo-, aseveró papá Juan, cuando aullaban mucho los perros.

 

Aprendí, gracias a mis abuelos,  que los pájaros piden la lluvia, cuando ésta por algo  no quiere regar los campos.

-Tal vez está triste porque muchos le dicen babosadas, porque algunos la maltratan-, oía decir a la gente.

¡Tantos dulces cantos de pájaros se prendieron en mi alma!

Nacían a borbollones del corazón de mis abuelos las narraciones fantásticas.

Recuerdo una noche oscurísima cuando mi abuelo con ocote ardiendo en su mano derecha se acercó y me interrogó: ¿La oíste?

-¿A quién?

-A la Llorona.

 

Esa noche no dormí,  un miedo me sacudió cuando me contó que la Llorona había pasado lanzando sus gritos terroríficos cerca de la casa.

 El aire, los gallos, los pájaros, las flores, anunciaban que pronto llovería.

El sol aparecía repentinamente y la niebla salía más corriendo que andando, tal vez algo se traían, que no se podían ver…

Muchas de mis historias las recogí de los labios  de mis abuelos maternos. A ellos los admiraba (y admiro), porque contaban  con un gran caudal de experiencia.

A mis abuelos paternos no los conocí.

 

-Mi tata-, me decía siempre, cuando se refería a su padre Sebero Mérida.

 

En la cabellera de mis abuelos ya  había algunos hilos de plata, de nieve, cuando los conocí, y así están eternos en mi memoria.

Sentados en cuclillas escuchaba fantaseado las historias contadas por mis viejitos.

Cuando la tarde caía,  íbamos a la iglesia católica, y como oscurecía y debíamos caminar  una vereda, nos alumbrábamos con ocote nos alumbrábamos.

La tarde se escurría, huía, partía, y esperábamos ansiosos el nuevo día. Mi niñez en El Tablón, se deslizó como esas leyendas de los abuelos.

Al amanecer, mi abuela y sus hijas avivaban el fuego que vomitaban sus chispas. En la mesa, un rimero de tortillas, tomábamos el desayuno.

 

Me siento privilegiado porque fui fiel testigo del aparecimiento de las primeras arrugas y  canas de esos dos humanos ejemplares. No puedo dejar de repetir que escuchaba con avidez los relatos de mis abuelos que brotaban de sus labios con una elocuencia extraordinaria. Además, nos narraban sus itinerarios, sus días y noches en esta tierra. Nos maravillábamos de sus hazañas.

Cuando el sol  brillaba esplendoroso, mi abuelo ya estaba trabajando.  Repito que a mis abuelos Próspero Morales Velásquez y Abigail Hidalgo Lemus, nunca los conocí.

 

M i abuelo Juan, mayor que mi abuela, con la mirada perdida pasaba  los días y las noches como si no tuviera noción de los que ocurría a su alrededor, pero no es así, su mente era lúcida. Su vida transcurría en una sencilla habitación. El tiempo que tiñó de nieve sus cabellos se marchó, más no él. En los últimos años parecía ausente, como si retornara al pasado. Estuviera o no agobiado, rezaba. Doblaba sus rodillas para pedir misericordia. Siempre en sus labios estaba Dios. Tata, le decía. Nunca pude olvidar detalle de ellos, porque me vieron nacer, crecer y partir a recorrer el mundo, y retornar a casa.

 

Mi abuelo ha perdido la vista. Está muriendo lentamente, como el sol en verano.

Mi abuela fue operada y sus ojos aún contemplan la creación de Dios.

 

 

TERREMOTOS

XLII

Días amargos. Gritos. Alaridos.  Rezos. 

Las paredes de adobe yacían en el suelo. Todos, enloquecidos de espanto. Días siniestros. Se alimentaban más de miedo cuando se desplomaban las paredes. Pernoctaban en los patios por temor a que volviera a temblar. La tierra estaba irritad, brava y retumbaba. Las sacudidas furiosas no los dejaban pegar los ojos.

Los  tapiales se desplomaron.

No sé, un bramido enorme, espantoso, terrorífico, espeluznante, se oyó.

 

En 1902, el  techo de la parroquia se derribó, quedando solamente una parte de que albergaba el altar mayor. Para los católicos fue un milagro que la venerada imagen de Jesús Nazareno no sufriera ningún menoscabo.

En la noche del 25 de diciembre de 1917, la tierra, como serpiente herida se retorció. Gracias a que las viviendas eran pequeñas, la mayoría permaneció en pie.

Algunos ranchitos fueron arrancados espantosamente. La gente del pueblo se conmovió más al enterarse que la ciudad capital había sido destruida casi por completo. Los pueblerinos semidesnudos salían horrorizados a las calles y rezaban. En la oscuridad se oían  griteríos de miedo, de muerte. Los enseres de cocina: las sartenes, los vasos, los platos, las teteras y ollas de peltre y barro, dieron la alarma.

Pasaban la noche en vela. La tierra temblaba en cualquier momento. El mundo se mecía, como árbol vetusto.

La gente se arrodillaba con los brazos abiertos en cruz, rezaba y se daba cuenta que necesitaba verdaderamente a Dios. Los adultos semidesnudos por todas partes, no les daba pudor, les interesaba la vida. La tierra se sacudía, irritada, brava, encolerizada.

En vano las súplicas al Creador. Seguía temblando. Se resignaron por un momento esperando la muerte.

En 1928 y 29, el pueblo fue zarandeado  de nuevo,  no digamos la ciudad  capital y otras partes. El   pueblo incrustado en los Cuchumatanes parecía pergamino que el viento empujaba.

En 1959, de nuevo tembló. Los adobes se “despenicaban”. Los techos fueron derribados. Los horcones se negaron a caer. Los escombros eran muchos. Todos despavoridos salieron  corriendo hacia el patio, calles y plaza, para protegerse. El suelo fue de nuevo agitado.  Las mujeres, los niños, los hombres,  alzaban sus voces terroríficas.

 

Las torres de la parroquia quedaron besando el suelo en 1902.  Muy pocas, de las pocas viviendas de adobe y techos de teja quedaron en pie. La casa de tío Chema (José María Lemus), siempre se negó a desaparecer, hasta que construyeron allí el salón de usos múltiples.

El 4 de febrero de 1976, un terremoto, de nuevo asoló a Guatemala y a mi pueblo.

Nueve meses después, nací, el 4 de noviembre.

Esa madrugada del 4 de febrero de 1976, la tierra enfurecida se sacudió como bestia endemoniada.

Mis hermanos Sergia y Adalid, y mi madre, estaban bajo la protección de mi padre.

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Publicado por hameh0017 @ 13:08
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EPISODIOS DE MI VIDA  POR EXVEDI CAPITULOS 31, 32, 35, 36  Y 37

LAS CHACHALACAS

XXXI

Por las noches, dormían en las copas de los árboles. Al amanecer,  con su diáfano canto anunciaban la aurora. Los campesinos las veían como aves sagradas, porque presagiaban aguaceros.  Los labriegos se llenaban de felicidad al escuchar sus cantos, porque pregonaban las primeras lluvias, y la época de siembras.

-Las nubes obscuras en el horizonte y el canto de las chachalacas anuncian los aguaceros-, nos dijo papá Juan a mi hermano mayor y a mí, una mañana que lo acompañamos a una de sus parcelas en El Tablón, aldea de San Antonio Huista.

Más conocidas como chachas.

 

Una vez, uno de mis primos estiró su honda para matar a una chachalaca que bebía agua en el arroyo; cuando mi abuelo lo vio, le dijo muy irritado: “Patojo cabrón, te voy a chipotear las manos y voy a meter al  fuego tu honda, porque las chachalacas no se matan; son sagradas”.

“Desde niño- continuó mi abuelo -, mi tata me enseñó a cuidarlas, porque Dios las mandó para que nos avisen desde muy temprano en la mañana el inicio de la temporada de precipitaciones pluviales”.

 

Juntos, mi abuelo y una cantidad grande de nietos y bisnietos, las veíamos  volar y oíamos cantar. Pocos creían que eran aves de corral, pues son muy parecidas a las gallinas, no en vano pertenecen a la familia de éstas. Las chachalacas poseen una cola larga y cuando están en alerta graznan fuertes y erizan las plumas y la cabeza. Desafortunadamente, la deforestación ha llevado a las chachalacas a formar parte de la lista de animales   en extinción. Recuerdo que allá por 1990, aún las veíamos y oíamos, en el pueblo soñoliento.  Como desde pequeño manifesté un marcado amor por la naturaleza, invadía a mi abuelo con interrogantes sobre ellas. Claro, no en vano nací en un humilde paraje: Guachipilín.

Desde infante me llenaba de verde y de montañas, y eso me hacía mucho bien. En busca de mayor contacto con la naturaleza, me alejaba con frecuencia del pueblo. En Santa Ana Huista, donde casi era igual, era imposible olvidar el pasado, gracias a las narraciones de los ancianos. Hasta veo a la misma gente, las mismas viviendas. Está casi todo igual, intacto, de acuerdo a los recuerdos.

Pero día a día se nace y se muere, como  el sol, como la luna, como todo.

 

 

 

EL SUICIDIO

XXXII

Buscó el método más perfecto y menos doloroso para privarse de la vida. No quería esperar largamente la muerte, sino sorprenderla. ¿Por qué esa intención de acabar con su vida? Las penurias económicas lo empujaban a tomar esa decisión. Los problemas cotidianos cada vez más lo acorralaban. Cada día se despedía argumentando que haría un viaje y que tal vez jamás regresaría. Poco a poco se fue alejando de todo y todos, y se entregó totalmente a la soledad.

–No vayás a contar nada-, me dijo.

 

No puedo borrar sus pupilas dilatadas. ¿Terminarían sus penurias con su muerte? Volvamos un tiempo atrás. Buscó- como ya dije-, un medio efectivo para cortar su existencia y la halló y logró su cometido. Tomó una dosis de herbicida para suicidarse. A un lado del cadáver había un recipiente del insecticida denominado “Gramoxone”. La gente tenía la vista fija en el cadáver y espiaba todos los movimientos...

Con el  rosario entreverado entre sus lastimados dedos de tanto lavar ropa ajena, rezaba y lloraba la desdichada madre.

-Si nomás  yo hubiera tenido pisto-, decía la anciana.

No fue éste el único caso de suicidio. Además de la crisis económica que lo llevó a lanzarse a ese abismo, los problemas sentimentales hicieron su parte. Sus restos mortales descansan en un panteón de tierra.

 

 

EL INCENDIO

XXXV

En un rincón del rancho estaba la improvisada cocina. Tres gruesas piedras de río sostenían ollas, comales y jarros de barro. Un petate amarillento y lanudos ponchos, yacían en el piso de tierra.

Jatos de leña a ambos lados de la única puerta de acceso. La piedra de moler llena de masa. Un racimo de majunche maduro, destilaba miel...

De la armazón del techo colgaban sendos racimos de mazorcas blancas, negras y amarillas. Una tinaja  de arcilla llena de agua traída del cercano río estaba posada sobre la improvisada mesa de lajas. Ella torteaba. Palmoteaba la masa entre sus manos y le daba forma de disco. El candil de hoja de lata con una mecha de trapo viejo, parecía verla. Ese candil era el regalo de bodas que no quiso utilizarlo, por considerarlo un regalo caro y  preciado (pues solo lo ricos tenían el privilegio de tenerlos, por su alto costo). Afuera,  el famélico  perro, con artimañas, atrapaba moscas. Corría el año de 1914.  Nicanor, se encaminó rumbo a su rancho. Quiso a la fuerza besarla y ella se negó rotundamente. Le ofreció licor y volvió a escuchar el no, que tanto lo irritó. Nicanor lanzó la botella de “agua ardiente” al fuego y enseguida  se originó un gran incendio. El, absorto, como si estuviese  en presencia del infierno, quedó como estatua, si no es por su  mujer, termina quemado dentro del ranchito. Las grandes lenguas demoniacas lamían, consumían los ranchos con rabia. El fuego se hartaba las casitas humildes de los campesinos. Aquellos ranchos techados con paja o bien hojas de caña, fueron rápidamente reducidos a ceniza. Las campanas enloquecidas daban aviso del incendio. La paredes de los ranchos que estaban formados por palos entre juntos, en un abrir y cerrar de ojos se desmoronaron.  En el piso  de tierra se paseaban los zompopos buscando salvarse también.  Muy pronto ardieron las viviendas de paja y caña de milpa. El denso humo hizo imposible recuperar los objetos de valor. Todo aquello que ardía, tronaba. Fantasmas rojizos parecían los árboles, guineales, milpas  y humildes viviendas.  Los maizales se volvieron  polvo. Las voces aterradas hacían oír su eco prolongado de terror. El viento soplaba furioso, alimentando el incendio. Los gritos  de miedo parecían enjambres. Triste, todo el pueblo  en llamas. El gran incendio que consumió casi todo, amenazaba con afectar la iglesia, por lo que los pueblerinos luchaban por controlarlo. En tinajas de barro, tecomates y en cualquier recipiente acarreaban agua del río. Por fortuna, la majestuosa iglesia no sufrió ningún daño.

El incendio causó caos y obligó a evacuar a todos. El siniestro provocó heridos leves por intoxicación de humo y crisis nerviosa. Ni los apastes ni los comales sobrevivieron. El voraz incendio destruyó en breve lo que tanto sacrificio costó. Ese siniestro, que comenzó al mediodía, se propagó por más de cinco horas desde la vivienda de Nicanor. Entre llantos y reclamos, se esforzaban por apagar el fuego. Muchos esperaban  con impaciencia saber de su familiar que había desaparecido. No lo veían desde el acontecimiento.

Los santanecos revivían continuamente aquella tragedia.

La vida de Nicanor, quien provocó el incendio, cambió radicalmente. Jamás volvió a consumir licor ni a darle malos tratos a su mujer.

 

LOS TODOSANTEROS

XXXVI

Llegaron en 1940, aproximadamente, provenientes de la cuna de Chepe Monzón: Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango, a arrendar tierras y se quedaron para siempre.

 

Ataviados  con sus vestuarios coloridos,  los contemplaba desde mi infancia.

 

Las  mujeres con sus cortes, sus huipiles hermosos,  pelo azabache largo. Hombres y mujeres calzaban caites. Las solteras con su moral en el hombro tejido por ellas mismas. Las casadas llevaban sobre la espalda, envueltos como elotes, a los recién nacidos. Tantos varones como hembras lucían sombreros muy atractivos. Los hombres llevaban capixay.

 

De cañas secas de maíz eran las paredes y el techo de  paja de sus viviendas. A veces se bañaban a guacalazos. La mayoría de las veces, en el temascal.  Las jóvenes, sobre sus cabezas, cargaban los grandes canastos de mercancías. En sus ranchitos, abundaban los pollos, los cerdos y demás aves de corral. Enormes mazorcas y sendos manojos de frijol en el tapanco.

La ambición no conocía límites. No solo querían cultivar la tierra, sino poseerla por siempre, y así fue. Trabajadores, muy trabajadores. De cinco de la mañana hasta caer la tarde. Larga jornada.

 

Desde  la primera vez, estupefacto me quedé ante la belleza de las todosanteras.

 

¡Cómo recuerdo tantas escenas coloridas! Por ejemplo: ella lo vio con desprecio y escupió al suelo. El ladino enfurecido, la tomó de las enormes trenzas, la llevó a un matorral y la violó. Así, sencillamente. El padre se mordía la lengua de rabia al verlo pasar. Ella no ocultó su amargura. Sin desprender los ojos de la milpa, lloraba sobándose el abultado vientre. El hermoso pequeño, llamado Juan Huista, pequeño de      estatura, de piel curtida y robusto, manifestaba su tristeza con borracheras. El pobre se perdía en la distancia entre la niebla. La familia no podía conciliar el sueño. 

Iba a nacer el niño no deseado.

La violada estaba pálida y desencajada.  Contaba con apenas 15 años. Antes de ir a un chequeo al centro de salud del pueblo, tomó varios sorbos de agua, el viento chiflaba allí en la aldea Pumul.  Lo vio caminar por las  calles céntricas del pueblo y lloró, lloró. En Huista, soplaba un viento helado. El frío congeló sus huesos. Era diciembre. Más corriendo que caminando retornó a su aldea.  Cuando iba por la más estrecha vereda, la luz de sus ojos se apagó y encegueció repentinamente. Una cerca de alambre de púas se estrelló contra sus pies. Se precipitó en un abismo y desapareció.  El ladrido de un perro dio el anuncio. En lontananza un coyote aulló.  

No me cabe la menor duda de que el cadáver irreconocible que apareció en el río era el de ella.

La escena que más galopa en mi mente es la siguiente:

El cielo redondo estaba invadido por incontables estrellas. Habíamos salido de la iglesia. Ella lucía coquetamente un rebozo de colores.  Sus  largas trenzas descansaban sobre sus hombros. Un collar de perlas verdes, colgaba sobre su bello pecho. ¿De qué serían las perlas?  Nunca lo supe.

Ojos profundamente negros y pequeños. Vestía un güipil  y corte.  Calzaba sus pies con caites. El viento suave y fresco acariciaba su rostro, peinaba su larga y ondulada cabellera. Los patojos la cortejaban, pero yo que era tímido excesivamente, no le dije jamás nada.  Una vez, la hallé sola en la iglesia, pero no me atreví ni a dirigirle la palabra.  Después de santiguarse devotamente salió y no se percató de mi presencia. Era preciosa, muy preciosa.

Una vez la soñé montada a burro. La vi con los ojos llenos de lágrimas antes de partir. ¿A dónde? No lo sé. Nunca volví a verla. Después de tantos años, volví  a apreciarla y comenzó a retoñar en mí un viejo sentimiento. Seguía  derramando ternura.

Años después, todo cambió. Desde las primeras horas del amanecer, la veía en el molino de nixtamal, mientras amamantaba al niño recién nacido. Ahora estaba descalza, demacrada, triste, pero aun conservaba su belleza.

 

 Los todosanteros se multiplicaron. En cada rincón del pueblo se les puede ver. Muchos se despojaron de sus tradiciones y costumbres. El cantón donde la mayoría de ellos se ubicó fue en el de Reforma, para luego fundar la aldea Pumul.

 

                                                   LOS CURANDEROS

                                                           XXXVII

Eran grandes conocedores de la medicina natural. Pericón para curar los cólicos del estómago y la diarrea;  la manzanilla para el catarro y el frío del estómago; la trenza de ajos para el dolor de estómago causado por gases al que se le agregaba cáscara de naranja y anís; altamiz para los berrinches y para  sacar la flema; ruda para hacerse baños y cuando había flato; romero para hacerse baños; florifundio para dormir y descansar; laurel para hacer comidas y para los cólicos; tomillo para la tos persistente; hojas de naranja para hacerse baños y para las dolencias del corazón; incienso para pedir  a Dios; mirra para desinfectar el ambiente; eucalipto para el  catarro y  para desinfectar, morro para hacer jarabe y curar la tos; palo de vida para  suero y fortalecer la sangre;  candelas de puro sebo para sobar  golpes; apazote para limpiar heridas y sazonar los frijoles; chilca para hacerse baños y desinfectar el cuerpo; flor de sauco para la tos, con pasas, ciruelas y canela; calaguala y cola de caballo para la infección; hierbabuena de menta con leche para las  lombrices; alfalfa para el paludismo; caña de  Cristo para la inflamación y los mezquinos; vismut para las madres crianderas; zapuyul para el pelo; verbena para la tos y los resfríos; jacaranda para las amebas; palo de jiote para los riñones; hoja de mango para la tos ferina;  hierba de pollo para los olvidadizos; timboque para los diabéticos; té de limón para la presión alta; mirto para los ovarios inflamados; taray para la artritis; cáscara de mandarina para la circulación de la sangre; raíz de valeriana para  los nervios; perejil para las alergias;  escorcionera  para las mujeres que acaban de dar a luz; malva para la inflamación; malvavista para la disentería; té de palo para la sangre; alcafocha para el hígado; siempreviva, con cáscara de encino,  para las mujeres débiles de la matriz; pashte de coco para los baños de asientos; hoja de higo para las várices y venas inflamadas.  Y para la tristeza, amor, solían decir las curanderas.

 

Tantas escenas de los curanderos guardo celosamente en mi memoria, ahora comparto una:

“Levantó los ojos al cielo; sus gestos daban temor; hizo la señal de la cruz sobre el enfermo y rezó en su lengua. El muchacho abrió los ojos y locamente se incorporó y salió corriendo. Ese acontecimiento fue muy  sonado en el pueblo y  en los circunvecinos. El muchacho, sin embargo,  se quedó para siempre con el rostro  pálido, acertadamente, le dimos el apodo de El Muerto.  El curandero ganó más notoriedad al sanar al joven moribundo y desde cualquier parte lo visitaban.  Recuerdo la vez que un jinete se apeó y amarró su caballo, la gente inmediatamente divulgó la falsa noticia de que era el mismo diablo el que le visitaba. El curandero, de carácter irritable, salió a su encuentro y lo hizo pasar. ¿Qué chingados harán? Se preguntaba la gente, novelera, entrometida. Soy sincero en decir que mi madre me llevó muchas veces a casa del curandero porque estaba muy grave, como ya lo dije: muchos solicitaban ayuda para solucionar problemas de salud, dinero, amor y tierras. En un altar se realizaban los ritos. El tapanco estaba bien ennegrecido por el humo de las candelas, incienso, pom, flores y de tabaco.

 

Según contaban, este curandero como otros, realizaba sus ritos en una cueva de Mampil, donde quemaba velas, animales silvestres y otras ofrendas. Mampil, el lugar sagrado, está ubicado a un kilómetro de la cabecera municipal de Huista. Para subir hasta el cerro, se lleva aproximadamente 45 minutos. La gran cantidad de rocas dificulta el ascenso.  Los que ascienden y descienden se encuentran en la vereda y se saludan tímidamente. Los adolescentes aventureros descubren residuos de candelas de colores, veladoras, flores, tabaco, etc.

En agradecimiento   a los favores recibidos, ellos ofrendan un pollo, guaro, maíz, frijol o café.  Pasado el tiempo, la agente destruyó muchos montículos, adoratorios, lugares sagrados y otras evidencias mayas.

El misterio que inunda la cueva,  nos detuvo para jamás ingresar ala misma.

 


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EPISODIOS DE MI VIDA POR EXVEDI CAPITULOS, 26, 27, 28, 29 Y 30

VERANO

XXVI

El sol brilla con todo el esplendor de una mañana. Los tejados, las láminas de zinc y techos de paja se han calentado ya. Los árboles de despojan de sus hojas. Pasó el invierno y llegó el verano con su sequía. ¡Es verano!

 

El sol derrama sobre el pueblo un puñado  de luz abrasadora.

La muchedumbre se enloquece viendo a las mujeres bañándose en el río. El sol, con su cabeza amarilla y despeinada de girasol está candente. Su luz se derramó y salpicó a todos.  En verano, cuando  las serpientes salen a asolearse, parecen bejucos gruesos, yaguales o círculos de trapos de diversos colores. Los pericos, los patos, las tórtolas, las perdices, los quebrantahuesos y muchas otras aves, retornan a los bosques.  Perseguimos mariposas. Las veredas retorcidas como culebras, no dejan de levantar polvo. El viento murmura no sé qué en los árboles y arbustos. Los árboles, durante muchos  días, se sacuden, como si tuvieran piojos o garrapatas y sus hojas caen danzando al suelo.

Por las noches, las pinceladas de la luna escriben poesía en la inmensa página del pueblo.

 

Contemplamos maravillados el nacimiento del astro rey en las verdes montañas de Los Cuchumatanes.

 

Reíamos sin malicia al ver al sol que se quedó atrapado  o acunado en los brazos de las nubes, o en las copas de los árboles que besan el estrado de Dios: El cielo.

Allí, sí allí, en la playita de la arena fina nos revolcábamos como cochinitos. Allí tomamos el sol. Tres o más veces íbamos al río a bañarnos, gracias al sofocante calor.

 

Los pájaros baten sus alas.  Los rayos del sol se revuelcan en sus plumas.  Los garrobos se asolean echados en las grandes rocas.  El viento chilla  y se queja de tanto calor. El río cristalino y chismoso  serpentea entre los frondosos y milenarios sabinos.

 

El sol  fulge.

 

El sol dorado aún no inicia la retirada. Aún tiñe de oro el ambiente. Desde una cimbreante rama oímos cantar a los cenzontes. Nos dedicamos a destruir un nido de chorcha y echamos a correr horrorizados, perseguidos por una serpiente. Los arroyos Grande, del Shak y otros, están de vacaciones.

Volverán en invierno.

Todos los días, durante largas jornadas, el sol se derrite como manteca de coche en las calles empedradas y en los tejados.  Días calurosos.  Una perdiz se paró en una rama y emite su cantar encantador. La tarde cayó lentamente.

 

El astro rey sin timidez ha salido de su morada y derrama sobre el pueblo sus rayos candentes. ¡Es verano!

Durante  las noches, como luciérnagas, las estrellas están prendidas en el cielo alumbrando el escenario del mundo.

 

Es verano.

Los campesinos reparan sus ranchitos.  Los albañiles construyen viviendas.

Es verano. El río está diáfano y gélido. El sol, después de una eterna jornada, se pierde en el azul horizonte. Su luz ya se disipó.

 

NATURA

XXVII

Los rayos del sol penetran  escasamente por las tupidas y verdes rama de los altos  árboles. ¿Cómo olvidar la selva de tupida y virgen, si tengo alma de pájaro, de milpa, de río, de viento, de  misterio...?

Disfruté el alaba y el crepúsculo, pues eran los mejores momentos para que mi espíritu se alimentara de fe, amor y tranquilidad. Las aves volaban entre la espesa vegetación. Los animales silvestres caminaban silenciosamente. Conejos, gatos de monte, liebres, venados, tacuacines, entre otros, miraba asombrado corretear entre el espeso follaje. Era común ver saltar entre las ramas de los sabinos y árboles frutales a las ágiles ardillas. ¡Qué extraordinario ver aquellos altísimos árboles que buscaban el cielo, para enamorar a las estrellas y a la luna! ¡Qué noches apacibles!  Ingenuamente-era chiquillo-, creía que los bejucos que pendían de los árboles eran culebras inmóviles, atrapadas.  Recuerdo aquella mañana de noviembre de 1985, allá en mi  cuna verdadera: Guachipilín.

Bajo un matapalo, cerca de una gran cantidad de bejucos. El sol se filtraba lenta y tímidamente entre las ramas verdes, olorosas y frescas. Las aves que son marimbas con sus trinares se enredaban por molestar en las fuertes ramas. Lleno de mozotes, los pantalones, invadidos de mostacilla, garrapatas y arador el cuerpo.

Las chicharras con sus cantos eternos endulzaban más el plácido ambiente. Ahí estábamos, ahí estamos, a través de los recuerdos.  Mi hermano  Adalid y yo estábamos       sentados tomando un descanso.  Cuando oímos complacidos el cántico del guardabarranco, abrí mis  labios y me  habló de la cascabel, de el coral, de la comadreja y de tantos animales más que habitaban los bosques. Hay que tener cuidado, me aconseja. Fue esa, una de las pocas veces que hablamos, que convivimos, ya que, extrañamente, durante esos años estuvimos cerca, pero lejos, verdaderamente. ¿Por qué? No lo sé.

La tierra húmeda, fecunda, santa, estaba agarrada del pelo por las infinitas raíces de los árboles que colectivamente forman la selva donde moraron tantos seres.

 

Los árboles gigantes parecían convertirse en fantasmas al nomás caer el telón de la tarde.

El rumor del airecillo mecía las ramas y producía una música extraña, mítica, celestial.

 

Aún descanso bajo las milenarias, verdes y majestuosas ceibas. Los quiebracajetes se mostraban ufanazos  entre la natura.  Los árboles de nances se  inclinan para depositar sus pepitas de oro sobre la húmeda grama, donde la noche pone sus  diáfanas semillas: el rocío.

Cómo recuerdo  la vez que Manolo Matamoros muy entusiasmado al ver esos frutos dispersos en copiosidad sobre la hierba, gritó una y otra vez: ¡Amarillella!.

  

La selva estaba de fiesta cuando las  hachas, machetes y los otros destructores estaban lejos...

 

EL  CIRCO

XXVIII

“Imagínense ustedes, me han  jalado de México, Alemania, Francia, Estados Unidos y hasta del chile”, dijo un payaso, arrancando sonrisas a los curiosos.

Ataviados con trajes artísticos de diferentes colores, gritaba y anunciaba a todo pulmón la función. Por todas las calles se desplazaban.  Algunos niños se aterraban, pues nunca habían visto a esos personajes. Poco a poco, ya con un poco de confianza, los niños curiosos, caretos, descalzos; rodeaban a los artistas.

Toda la gente se alborotó. La llegada de un circo al pueblo era insólita. Las virtuosas tropas parecían maravillosas. Las autoridades municipales no pagaban. Era el año de 1970, bajo las dos frondosas ceibas se realizaron las funciones. De entre los payasos salió una mujer bella a pura fuerza de maquillaje, vistiendo un traje de baño.  Los hombres, tanto grandes como pequeños, se quedaron bobos. Jamás habían visto a una mujer vestida con escasa ropa. La fémina artista hizo un acto de magia y todos se quedaron espantados. “Es una bruja”, dijo alguien. “No, no es una adivina”, dijo otro. Hizo que de un pañuelo apareciera una paloma y que de un sombrero saliera saltando un conejo. Uno de los espectadores decidió retirarse del espectáculo, argumentando  que temía a que lo convirtiera en animal. Los aplausos tronaban a cada momento.   Un payaso infantil, con su cara pintarrajeada continuó. Contó unos chistes y las carcajadas explotaron. Pero cuando narró una historia conmovedora, todos se echaron a llorar. Hubo malabaristas. Un perro amaestrado bailó una pieza con marimba y jugó futbol con su instructor. La función fue un éxito. Al día siguiente,  los pueblerinos comentaban emocionados la función y hasta imitaban a los artistas. El circo que llegó por primera vez a  arrancar sonrisas y lágrimas, fue el “Unión Guatemalteca”, en 1970, como ya lo dije.  Como yo nací en 1976, no fui testigo de ello, sino  me lo narró don Alejandro López.

Recuerdo que en 1990, aproximadamente,  llegó otra compañía artística. El nombre del circo no lo recuerdo. El pueblo se agolpó en el salón de usos múltiples, donde antaño existió la casa de tío Chema, o sea,  don José María Lemus, uno de los más pudientes santanecos. No tuve la fortuna de ingresar al espectáculo porque era muy pobre.

  

 

LA CAMIONETA

XXIX

Sofocada, cansada, acalorada, jadeante y pujando iba la camioneta arrastrando sus pies y tirando sus malditos pedos, por los caminos tortuosos. Se llamaba Rutas Castillo. Después apareció La Tonequita, y en los últimos años  se sumaron otras.  La Rutas Castillo, parecía transporte de animales: siempre atestada de gente. En un asiento para dos, se sentaban  cuatro. Muchas gentes de pie y otras en la parrilla. No todos tenían el privilegio de abordar la camioneta.  Recuerdo que las bestias obligadas por los latigazos propinados por sus amos  ascendían y descendían veredas onduladas.  Los campesinos con sus costales, leña, su rede de maíz, su carga en hombros pujaba y pujaba, viendo pasar la camioneta. Las mujeres campesinas con el hijo a la espalda, iban detrás del marido, con un mutismo largo y profundo. Nunca experimentaron el viaje en este  medio de transporte. Pocos eran los privilegiados en viajar esa destartalada camioneta.

 

 

LA MISTERIOSA

XXX

Nunca conocí su identidad. Más creo que era mi voz interior. Aunque  todos me dejaron, ella no. Estaba, en ese entonces, más entregado sin reservas a las cadenas de la soledad.

La expresión de sublime ternura que había en sus consejos, me alimentaba  de valentía y esperanza. Ella estaba íntimamente ligada a mí, durante esos largos siglos de sufrimiento y de soledad. Los recuerdos fueron mis más fieles compañeros. Para la misteriosa no pude jamás encerrar u ocultar ningún secreto, pues parece que era mi propia conciencia.  Dormido o despierto, me sentía esclavo de sus miradas; pero me espiaba la duda, la podía sentir perfectamente. Con ella pasaba el mayor  tiempo, con decir que nunca conocí el vecindario. Llegó a mi vida, supuestamente por unos días. No quería darle un lugar  donde alojarse, pero una fuerza misteriosa me hizo claudicar.

Los años han pasado pronto, y ella se quedó para nunca irse. Puede parecer tonto, pero no sé exactamente su nombre. Esa misteriosa, fue mi verdugo durante eternidades. Recobré la libertad. El amor me absolvió, pero he vuelto a caer en sus manos, porque estoy de nuevo solo, muy solo. Por eso, continuamente examino mi itinerario. El pasado es tan presente como el presente.  El pasado nunca se ha desvanecido para mí. Mucho menos, el pueblo donde crecí, soñé y viví hasta mi adolescencia: Santa Ana Huista.

 


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EPISODIOS DE MI VIDA  POR EXVEDI CAPITULOS 17, 24  y  25

EL HALLAZGO

XVII

 

Mentira que mi niñez está lejana. Bueno, verdaderamente lo estaría, si fuera un desmemoriado. Cada día, cada minuto, cada segundo, cada instante, lo utilizo para divisar mi futuro, para vivir el presente, pero sobre todo, para tejer   mi pasado a través de los hilos de mis vivencias, por eso sé que  mi existencia es presente. Recuerdo allá a lo lejos, cuando mi padre todavía estaba vivo, exactamente en 1980.  Mi  madre tenía el privilegio que una muchacha aldeana le ayudaba en los quehaceres de la casa. La doméstica era preciosa. Su vestimenta sencilla no le empañaba esa belleza extraña. Cómo recuerdo sus muestras de afecto, sus sonrisas, sus relatos y sobre todo, se dicción, su vocabulario, su forma de hablar. Su español fue difícil entenderlo.  Había algo que me llamaba ansiosamente la atención, y era su hermosura. Pero llamó más mi atención la noche que bajo las extensas ramas del limar que se arrastraba en el suelo, estaba  desnuda, acariciando con sus labios sus pequeños y erguidos pechos. Ella, como muchas jóvenes de su edad (tenía 15 años), no  utilizaba sostén. Completamente desnuda, como ya lo dije, se introducía una zanahoria en la vagina y jadeaba de placer como una demente…

Yo estaba asustado mirándola. Se mordía los pechos, se acariciaba  los pezones.  Con facilidad penetraba completa la verdura, pues estaba debidamente húmeda y lubrificada. Un líquido “ligoso” se deslizaba por sus hermosas piernas blancas. Su cuerpo vibraba, lo sentí. Se retorcía más cuando frotaba su clítoris. Por momentos bramaba. Tocaba sus glúteos, sus pechos; acariciaba su cuello, y el cabello se lo acariciaba en sus sensuales pechos. Gestos, expresiones de deleite, derramaba. Daba rienda suelta a sus instintos.

-Ahhh, ahhh, ahhhh-, expresaba, apagando su sed de sexo.

 

Yo no salía de mi asombro.

Cuando alcanzó el clímax, se percató que yo la apreciaba embobado.

 

-No vayás dicir nada ishtío-, me ordenó, muy asustada. 

 

Yo, sin proferir una sola palabra, respondí no, con la cabeza.

 

Una tarde, mi madre necesitaba de la ayuda de la joven, cuyo nombre era Dorotea, pero ésta había desaparecido sorpresivamente. Mi madre me mandó a buscarla y yo imaginé que la hallaría debajo del limar. No me equivoqué: ahí estaba, solo que ahora no estaba sola, sino bien acompañado. El muchacho que la acompañaba,  no era más que un todosantero que trabajaba  con mi padre en el Naranjo y en Guachipilín.  Le ayudaba a preparar los terrenos para sembrar, limpiar y cosechar; además, al cuido de los cafetales y al corte de éstos.  Pues bien, ese día, según me confesó Sebastián, había sido la primera vez que ambos habían tenido relaciones sexuales.

Esa vez, él la besó y ambos se excitaron a tal grado que tuvieron eyaculaciones. Pude darme cuenta que les producía gran placer tocarse, manipularse mutuamente. Se fusionaban con sus besos prolongados.  Mordían suavemente sus labios. Se deseaban locamente.  Ni él ni ella perdían el tiempo: él le introducía el índice en la vagina, ella le sobaba el pene.  Gozaban a plenitud, yo lo podía asimilar, aunque aun era un niño de cuatro años de edad. El le arrebató el vestido, el calzón no fue necesario porque al igual que el sostén, no llevaba.  Ella lo imitó  arrancándole con violencia su hermoso traje típico. El la tumbó con delicadeza al suelo y se le encaramó. Le abrió las piernas y repetidas veces la penetró. El se deleitaba  introduciéndole su pene, pero más ella que lo recibía. Lo disfrutaban a lo máximo. Ella gritó de placer,  cuando por primera vez la penetró. Tantos orgasmos disfrutaron. Yo pensé para mis adentros: ¿Qué será eso que hacen y les agrada?

Esa duda me quemaba implacablemente la memoria infantil.

 

Sudaban, se besaban, se mordían y los jadeos siempre se hacían oír.

Los cuerpos estaban ya fundidos cuando la luna, que más parecía hostia gigante, se apareció allá por Monajil. Sus genitales permanecían unidos. En el acto sexual descubrieron que yo los espiaba.

-Vos güire, no vayás dicir nade-, volvió a ordenarme la joven aldeana.

-Vos sos un ishte güene, vos sos mi amigue y no vas dicir que nos  vistes cogiendo-, aseveró Sebas.

Ambos se vistieron y se despidieron.

Mis padres no lo supieron, al menos, eso creo.

 

Los veía todas las noches  debajo del enorme limar de “mush”, cuyas ramas besaban el suelo, exponiendo sus copiosos y sabrosos frutos.

No me perdía ese espectáculo por nada del mundo. Cada vez más me interesaba en ver sus nalgas firmes y grandes, su cabello largo, sus pechos medianos, su trasero  redondito.  Casi ya me había acostumbrado a verlos en celo.

Recuerdo la vez que soñé que quien era el afortunado amante era yo. Ella y yo éramos los protagonistas  de la erótica escena. La vez que lo hizo conmigo, ella “chillaba” porque decía que mi minúsculo pene le lastimaba.

Yo le sobaba el clítoris, ella gritaba. Cuando posó sus pechos  en mi boca, como si me fuera a amamantar, el doblar de las campanas de la iglesia  rompió el encanto, mejor dicho, me despertó de mi sueño. Creo que fue mi primer sueño erótico.

 

Todos los días  se encontraban en el mismo lugar. Se fundían  a través de besos, de las relaciones íntimas.  La visión era excitante. Ellos se entregaban al placer. Los alaridos de deleite rompían el silencio de la noche.  Yo, aún estupefacto, apreciaba aquellas escenas.

Al transcurrir el tiempo, en mí nacieron o despertaron los celos. Opté por encerrarme bajo llave en mi mundo de soledad prematura. Sin  embargo, vivía yo embebido en los recuerdos. La miraba caminar bajo mi mirada atenta y me sentía frustrado. Su aspecto agradable se sembró en mí para siempre. Su cuerpo voluptuoso, su escote que sutilmente dejaba ver sus hombros, su espalda y el nacimiento de sus pechos, están imborrables en mi memoria de siglos. Aun puedo  ver sus cabellos al viento y oír sus palabras que me arrancaban sonrisas. Aun se mantienen vigentes en mí, esos hallazgos, esas escenas, esos recuerdos. 

 

Para concluir, volvamos a 1980.  El todosantero compró a la aldeana, pues en esa etnia acostumbraban los hombres comprar a las mujeres para hacerlas sus esposas.  Ella laboró como dos meses más y se marchó con Sebas. Cuando la guerra sucia, interna o entre hermanos llegó a su punto álgido y asesinaron a mi padre, se vieron en la obligación de refugiarse en Chiapas, México.

 

 

 

 

GENEALOGÍA

XXIV

FAMILIA MORALES HIDALGO

 

Mi padre, Vicente Paul Morales Hidalgo, nació en Santa Ana Huista, en 1942. Hijo de don Próspero Morales Velásquez  (1916), y de doña Abigail Hidalgo Lemus. Sus hermanos: Alfredo Abraham (1951); Rogelia Everilda (1938); y Zoila Morales (1984). Mis tíos  Alejandro y Oralia,  solo de padre.

Don Próspero era hijo de don Abraham Morales y de doña Herminia Velásquez (abril 24 1888-octubre 8, 1955).

Hijos de la unión Morales Velásquez: Natividad (25 de diciembre 1907-20 de abril de 1981); Próspero, Agustina, Belisa, Juan José (8 marzo 1912- 9 de abril 1932); Fernando  y Héctor. Los últimos fueron los únicos que conocí. (Tío Héctor fue mi fuente de información para este capítulo).

Don Abraham Morales  hijo de doña Francisca López. Hijos de don FALTA

Retoños de don Abraham Morales y de doña Francisca Lemus: Carlos y Pedro. Doña Francisca López fue hija de don Eladio López.  Don Abraham Morales nació en Santa Ana Huista.

Los Morales, según tío Fernando Hilario Morales Velásquez, a quien entrevisté también, afirmó que los Morales llegaron de Huehuetenango, y que los Morales de la región provienen del mismo tronco familiar. Los Velásquez llegaron de Chiantla, Huehuetenango, según el citado entrevistado.

Doña Herminia fue hija de don Jorge Lemus.


Origen:  Tuvo su primitiva casa solar en el lugar de Cudeya, en Santander, de donde pasaron a Soria y fundaron el lugar de Morales, de donde eran Señores pertenecientes a una de las doce casas nobles y troncales de aquella ciudad y de donde salieron esforzados guerreros que se distinguieron en las conquistas de Baeza y Sevilla. En esta ultima ciudad quedo hacendado Juan de Morales, tronco de una ilustre rama. Lope de Morales hizo asiento en Jaen y fue Comendador de Alcania. Su hermano, Rodrigo de Morales, murio siendo obispo de Badajoz. De ellos descienden los de este noble apellido en el Obispado de Jaen, que luego pasarian a la conquista de las Islas Canarias.

Tambien se establecieron los Morales en la Villa de Estepa (Sevilla) y de ellos descendio Diego Morales, casado con Mariana del Castillo, naciendo de esta union Diego Morales del Castillo, que a su vez caso con Maria Ramos de Monguia, de Arjonilla. Procreando a don Diego Sebastian Morales Ramos, del Consejo de Su Majestad, Secretario en el Real de Ordenes y Caballero de la Orden de Santiago.

En America florecio Juan Morales y Leon bautizado en 1557, fue abogado de la Real Audiencia de Stgo. de Chile, Alcalde en 1593, Tnte. de Corregidor en 1598, Auditor Gnral. del Reino por 16 años, Encomendero de Stgo., Corregidor de Concepcion y Relator de la Real Audiencia de Chile, por nombramiento del 31 de marzo de 1617.

 

 

Hidalgo


Origen: gallego. Se conocen casas en Galicia, León y Asturias. .

Descripción del Escudo de Armas: En campo de azur, un lucero de oro de ocho puntas.

En Andalucía añaden bordura de gules con diez cabezas de moros al natural.

Otros traen: En campo de azur un león rampante de oro. Bordura gules alternando cuatro castillos de oro y cuatro aspas del mismo metal.

 

Velásquez


Origen: Castellano. De Cuellar. Es un apellido patronímico derivado del nombre propio Blas, como Blaco, Blascone, Velasco, Velascuto, Belascón, Valescon, Blázquez, Velásquez y Velázquez. Se trata sin embargo de apellidos propios, cada uno de un linaje particular.

Extendido por toda España, en especial en Andalucía.

De este linaje fue el genial pintor Diego Velázquez.

Descripción del Escudo de Armas: En campo de plata con trece roeles de azur. Bordura de gules con ocho aspas de oro. Otros traen: En campo de azur trece bezantes de plata.

 

 

Mi abuela Abigail  Hidalgo Lemus, fue hija de don José María Hidalgo Segura y de doña Ventura Lemus. El segundo hijo del matrimonio José María Hidalgo y de doña Ventura Lemus se llamó Esteban, quien emigró muy joven a Tapachula, Chiapas, México.

Don José María Hidalgo Segura, llegó de Zacapa, según las hermanas Eluvia Lemus Matamoros (Santa Ana Huista, 10 de noviembre de 1938), y Esther Lemus Matamoros (Santa Ana Huista, 21 de noviembre de 1934).

 

Doña Ventura Lemus nació en Santa Ana Huista y fue hija de doña Catalina Morales y de don Esteban Lemus.

El padre de don Esteban Lemus se llamaba Apolinario Barillas. La madre se llamaba: FALTA

Doña Catalina Morales era hija de donFALTA y de doña Bárbara Morales.

Los Lemus llegaron del oriente del país, según las hermanas Esther y Eluvia Lemus Matamoros.

Por cierto, a mi abuelo Próspero Morales se le conocía más como “Posh”, fue alcalde municipal  y hasta don Salomón le dedicó una canción titulada: “El carrito de don Posh”, pues fue él uno de los primeros en llevar automóvil a Santa Ana Huista.

 

FAMILIA MERIDA TARACENA

Mi madre María Luisa Mérida Taracena, conocida cariñosamente como “Güicha”, nació en la aldea San José El Tablón, San Antonio Huista, Huehuetenango, el 24 de febrero de 1950. Hija  de don Juan Mérida Rodríguez y de doña Olimpia Taracena Rojas.

Características personales de mi madres: lunares en el rostro, moren clara, ojos cafés, cabello negro (muy largo cuando era joven), lacio; 1.45 de estatura.

 

El matrimonio Mérida Rodríguez – Taracena Rojas, procreó a los hijos: Reinerio (Neyo); Delfina, Teresa, José, Elvira, Guillermina (Mina); Margarito, María Luisa, Estanislau (Lau o Lagüito) y Angélica, quien solamente vivió 6 años. A tía Elvira no la conocí.

 

JUAN MERIDA RODRÍGUEZ.

Nació el 24 de junio de 1908 (aunque erróneamente en su documento de identificación aparece 1909). Se identifica con la cédula M-13  No. De registro 343, extendida en San Antonio Huista, el 15 de julio de 1928.

Características personales: tez morena clara, ojos cafés, cabello negro, lacio; 1.77 de estatura. Hijo de don Sebero Mérida Zacarías y de doña Estefanía Rodríguez, llamada cariñosamente como Tana.

Los hijos del matrimonio Mérida Zacarías – Rodríguez, fueron: Ciriaco, Lalo (Gerardo),  Rosalía, Vicente, Margotina, Sebero, Victorio, Concepción y Josefa, quien sólo vivió dos años.

Todos nacieron en Cajuil, Rancho Viejo, San Antonio Huista, donde sus padres tenían una finca. Después, viajan a la cabecera municipal de San Antonio Huista y de ahí vuelven a segregarse.  La madre de papá Juan, Atanacia Rodríguez, era hija de don Luis Rodríguez y de abuela ya no se recuerda, pues al parecer, ella falleció cuando él aún era infante.

Julio Rodríguez fue hermana de doña Atanacia.

Los  hijos de don Julio Rodríguez fueron: Eufemio, Melquíades y Bartolo.

Doña Atanacia nació en San Antonio Huista.

 

Rodríguez. Origen: Apellido patronímico derivado del nombre propio Rodrigo. No todos los linajes de este apellido tienen un único origen común, aparecen casas de Rodríguez en casi todas las regiones españolas.
Reiteradamente caballeros de familias Rodríguez probaron su nobleza ante las Reales Chancillerias, Reales Audiencias, en la Real compañía de Guardias Marinas y en las órdenes militares de Santiago, Calatrava, Alcántara, Montesa, Carlos III y San Juan de Jerusalén.
Descripción del Escudo de Armas: Como corresponde a linajes diferentes se conocen blasones muy diversos, se recogen aquí solo algunos de ellos.
En campo de gules un aspa de oro acompañada en cada hueco de una flor de lis de plata.
En campo de plata tres bandas de gules. Bordura de sinople con nueve piñas de oro.
En campo de plata cuatro fajas de sable.
En campo de oro cuatro bastones de gules. Bordura de azur con ocho cruces de Jerusalén de plata.
En campo de azur una torre de plata. Bordura de sinople con ocho piñas de oro.

 

 

 

SEBERO MERIDA ZACARIAS

Nació en San Antonio Huista, donde su padre tenía una finca, la cual fue vendida a don Claro del Valle, oriundo de Chiantla.

 

Hijo de don Eugenio Mérida y de doña Anastacia Zacarías, ambos originarios de Huehuetenango.

Los hijos de la pareja Eugenio Mérida y de Anastacia Zacarías, fueron: Tereso, Delfino, Layo, Reginalgo, Teresa y Margarita.

Don Tereso procreó a Eugenio, quien fue militar en la ciudad capital.

Todos nacieron en Cajuil.

Luego se mudaron a la cabecera municipal de San Antonio Huista, y por último, a San José El Tablón.

Don Delfino, tío de mi abuelo Juan, fue Capitán de Artillería en la época del dictador Jorge Ubico Castañeda. Estuvo durante mucho tiempo Chajul, Quiché.

 

Mi abuelo Juan contaba 30 años de edad cuando llegó a residir  con sus padres y hermanos a San Antonio Huista, para luego establecerse en la aldea donde vive. El terreno donde edificaron sus viviendas, se lo compró a un señor llamado Viviano y de apellido desconocido.

Tío Lolo fue al servicio militar.

Mi bisabuelo Sebero tenía amigos en el extranjero, especialmente en Nueva York. Cuando necesitaba maquinaria para moler caña, la solicitaba y sus amigos se la enviaban. Es menester mencionar que mi papá Juan, como todos sus nietos y bisnietos lo llamamos, tenía grandes extensiones de caña.

Otros Mérida familiares fueron: Amado  de Rancho Viejo, San Antonio Huista;  Juan, de Santa Lucía, cerca de Ixmal.

 

 

ANA OLIMPIA TARACENA ROJAS

A mi hermana  Ana Abigail (Bily) la bautizaron con ese nombre en homenaje a mis abuelas Abigail Hidalgo y Ana Olimpia.

 

Mamá Limpa nació en Jacaltenango, el 26 de julio de 1909, día de Santa Ana,  abuela de Jesús. Este día se celebra la  Feria Patronal de Santa Ana Huista. Sus padres fueron don Jesús Taracena   y doña Margarita Senaida Rojas Cano.

Mi bisabuela Margarita Senaida nació en Chiantla, Huehuetenango;  hija de María Taracena  Cano y de don Francisco Taracena Tello.  Desafortunadamente mi abuela ya no recuerda los nombres de los padres de don Jesús.

Los abuelos de Mamá Limpa llegaron a establecerse a Jacaltenango y allí  nacieron sus  padres, ella y sus hermanos Víctor (trabajó en Caminos, vivió una temporada en mi casa. Terminó perdiendo el habla), Mario, Eduardo (Guayo,  ilustre marimbista que vivió y falleció en La Laguna, Jacaltenango); Miguel Ángel (esposo de tía Esther Lemus, vivó y falleció en Santa Ana Huista. El mismo día en que fue asesinado mi padre, sufrió un atentado y se salvó. Falleció por tanto consumir licor. Fue candidato a la alcaldía); Consuelo, Carlos, Cristina, y otros que se me escapan.

 

Rojas. Origen: Castellano. Es de origen toponímico, es decir, esta basado en el nombre del lugar donde nació o tuvo residencia el primer portador del apellido. El apellido Rojas viene directamente del nombre de lugar Rojas que se encuentra en dos provincias españolas: Burgos y Guadalajara, por lo que el primer portador de este apellido pudo haber sido una persona procedente de uno de estos dos lugares.
Descripción del Escudo de Armas: En campo de oro, cinco estrellas de ocho puntas de azur, colocadas en sotuer.
Timbre: Tres plumas de avestruz

 

 

 

INVIERNO

XXV

-San Isidro Labrador, pon el agua y quita el sol-, dijo mi abuela esa tarde gris. Yo le oí extrañado.

El  cenzontle agüero ayudó  a pedir el agua. Momentos después, el aguacero roncaba, estornudaba. El agua se colaba por las goteras. El cielo derramaba sus lágrimas cristalinas y jubilosas. Acariciaba la tierra, las milpas, los frijolares, los cafetales. Como frutas maduras caían las gotas de agua. Tolín, tilín, sonaban ellas muy alegres.

-¡Qué aguacero!

-¡Qué chaparrón!

-¡Qué llovizna por la gran guayaba!

-¡Qué tormenta!

-¡Qué pencazo!

-¡Qué porrazo!

Los charcos por todas partes. ¡Ah, qué olor a tierra mojada!

La neblina esconde bajo sus alas al pueblo legendario mientras el fuego se hartaba lentamente los leños de roble en el poyo.   

Desde las altas cumbres silenciosas se ve al pueblo tiritando de frío. ¡Llegó invierno!

Las fuertes lluvias que azotaron la región causaron el desbordamiento del río Huista. Arroyuelos color barro correteaban alegres por las callejuelas del poblado. En lo alto de las montañas verdes y azulosas, el arco iris se ha hecho presente.

 

Arriba telón.

Otro día. Una recia tormenta con fuertes vientos y amenazadores rayos golpeaban a los árboles.  Ahí estoy aún, en ese tiempo dormido, contemplando  correr el agua por las calles.

 

Los barcos de papel navegaban en los océanos minúsculos que aparecieron en las calles después que la llovizna bañó al pueblo.  La luna lo restregó con su estropajo empapado de jabón de coche. La tierra está apagando su sed. Los niños descalzos caminan entre el lodo, se bañan en esos arroyos que corren en las callejuelas.

La lluvia se estrella en los tejados, en las láminas de zinc, pero en los techos de paja, cae suavemente y se desliza para besar largamente la fértil madre tierra.

 

El viento frenético, enfurecido, despeina árboles, arbustos, se entra por las puertas, ventanas y agujeros, zarandea los techos de paja, de teja y de láminas de zinc.

Los pobres árboles que se caen del sueño con sus racimos de frutos lozanos son tomados de las orejas por el viento y de nuevo son garroteados. Violentamente el viento chifla y ensordece.

Los guineales de majunche, oro, morado y de otra clase, parecen militares: verdes y en fila, como listos para combatir el hambre...

El inmenso murmullo de los sapos, ranas, grillos, chicharras, pájaros, arroyos y del río Huista, entonan una sinfonía misteriosa pero melificadora. Las chirimías de la lluvia chillan, chillan, chillan, cuando se somatan  contra el suelo. Los paisajes se embellecen más y yo me los bebo, como agua clara, diáfana, como el beso de una diosa.

Galopan los vientos fuertes como corceles montados por bravos guerreros.

 

Nos levantamos muy temprano en la madrugada fría. Los dedos de los pies tullidos. Las orejas heladas. El rostro fresco.

 

Por entre las arboledas juega tenta y tiro al bote la neblina. Las chicharras que con su canto ensordecen, anuncian la llegada de la época fría: invierno, sigue con su obstinatti.

 

El tepezcuintle se alegra al sentir caer suavemente sobre sus espaldas las brisas tiernas. ¡Es invierno!

 

Los árboles se mecen coquetamente por el peso de los pájaros, que más que pájaros,  parecen aromáticas y hermosas flores canoras.   Los robledales reverdecen. En verano se despojaron de sus hojas, hoy vuelven a cubrirse de ellas.

 

El martín pescador visita más continuamente el río. Un relámpago agarró a latigazos a saber quién...Por los cerros descienden como serpientes de cristal los arroyos Grande, Shak, y otros.

Un olor a tierra mojada por los aguaceros inunda el ambiente.

 

En invierno regresamos a casa empapados  con un costal de maíz, de café, una red de elotes, o de leña a tuto.

Las nubes marchan, desfilan, corren, anuncian de nuevo la lluvia. Altos, frondosos árboles, se quedaron mancos; sus ramas verdes y robustas  fueron arrancadas por  el viento que soplaron locamente. La noche oscurísima da miedo, mucho miedo, y con mayor razón cuando el cielo bravo ruge.  Merodean los zancudos. Los aguaceros ensordecedores no nos permiten salir de casa. ¡Es invierno! Llueve mucho. Ahora el río corre ancho y caudaloso y amenaza con salirse de su cause y borrar del mapa al pueblo. Su murmurar es estremecedor.

 

La gritería alegre de los pájaros nos acerca más al Creador. ¡Qué hermosísima creación!

Estamos bajo un frondoso mangal y el viento lo mece frenético. Los riquísimos frutos caen sobre nosotros.


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Publicado por hameh0017 @ 13:00
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EPISODIOS DE MI VIDA POR EXVEDI
CAPITULOS 14  Y  16

LA LAGUNA

XIV

En esta aldea, perteneciente a Jacaltenango, vivía tío Eduardo Taracena, más conocido como Guayo, y era el director de la marimba, a la cual la habían bautizado  como la Pedorra, ya que mi tío, hermano de Mamá Limpa, derrochaba pedos a toda hora. Era alto, fornido, cabello claro y piel blanca.

Además, residía ahí, mi tía María Teresa,  viuda de López y hermana de mi madre.

A don Custodio Gilberto (Gil), López Montejo, nacido aproximadamente en 1942, ya no lo conocí, pues el Ejército Nacional lo asesinó en 1981, acusándolo injustamente de guerrillero. En el río Azul le cortaron la vida.  Antes de lanzarlo del puente, le arrancaron la piel de la planta de los pies, lo obligaron a caminar sobre sal, le ataron en los pies una enorme roca y lo lanzaron al río. Quedó trabado en ese afluente, gracias a un tronco de sabino. Tenía  40 años aproximadamente. El migueleño (oriundo de San Miguel), Tomás Andrés, íntimo amigo de don Gilberto, también perdió  a su hijo que era mudo.  El pobre mudo llenaba su cántaro de agua en el  citado río, cuando el asesino Ejército lo mató.

Cuando don Tomás fue por el cadáver de su hijo, halló el de don Gilberto. El y don José Díaz, lo sacaron del río y lo dejaron a la vera. Otros aldeanos, Fernando Montejo y Andrés Domingo lo sepultaron. Años después que inhumaron  los restos y de don Gil, lo hallaron bocabajo y  en sus bolsillos encontraron doce centavos.  A don José Samayoa, lo asesinaron de la misma forma ese mismo día, junto a don Gil. Don José Samayoa era el esposo de mi tía Delfina Mérida, residía en el Tablón. 

Ambos tienen sepultura en una fosa común.

Don José Samayoa era el esposo de mi tía Delfina Mérida, residía en el Tablón. Don Custodio Gilberto, era hijo don Alejandro López y de doña Luz Montejo. Ese mismo año, 1981, tres hermanas enviudaron: Mi madre, y mis tías Teresa y Delfina.

 

Conocí La Laguna cuando contaba 10 años. Era 1985, cuando llegué por vez primera.

Había sido uno de los poblados  más azotados durante el conflicto armado.  Mamá Limpa fue la primera en llevarme, decía que para su compañía. De El Tablón, salimos de madrugada y llegamos a La Laguna  al atardecer. A pie, pues no había transporte de El Tablón a La Laguna. Además, no cualquiera tenía el privilegio de abordar ese medio de transporte. 

Pasábamos varias aldea, entre ellas, Buxup.  El camino era muy largo y agotado, mientras caminábamos, se oían lamentos, quejidos. Mi abuela me dijo que espantaban los que habían sido asesinados por el Ejército.

-Aquí  -me dijo -, mataron a muchos pobres.

Antes de llegar a Coronado, un  hombre de baja estatura y de rostro enjuto, salió de entre el zacatal.  Iba vestido de verde olivo, calzaba botas plásticas y en el ciento llevaba un arma de fuego. Nos miró con una mirada de piedra y luego volvió a internarse en el bosque continuo.

-Es un guerrillero -, me dijo Mamá Limpa, suavemente.

 

Media hora después, encontramos a un grupo de soldados y el jefe, que media 1.77 centímetros, más o menos; de complexión  robusta, pelo casto, ojos cafés, y piel morena clara, nos preguntó de si habíamos visto a un guerrillero. Mi abuela respondió que no y cada quien prosiguió su camino.

 

En esa tarde de sol dorado, encontramos a mi tía Teresa ensillado una yegua, mientras sus hijos: Carlos, Darinel, Marilena, Flory, Gilberto y Miriam, desgranaban maíz. Otra hija de mi tía era Lucita, a quien no conocí, pues desde muy  joven radicó en el extenso y hermoso departamento de Petén.

 

No fue esa la primera vez que estuve en La Laguna. Durante las vacaciones escolares, me iba a la aldea por unos días.  Me agradaba porque montaba caballos, iba con mis primos, en especial con Gil, a cazar, a ordeñar, a dar agua a las bestias y reses.  Mi tía Teresa, Carlos, Darinel y Gil, laboraban en el rancho de un jakalteco llamado Antonio Rojas.

Allí conocí y saboree las exquisitas shecas, una especie de pan muy aromático y delicioso. Conocí, además, El Olvido, un lugar muy precioso, donde se cultivaba maíz, frijol, jamaica, güicoy, y mucho más. Íbamos a bañarnos tanto al río Azul como al del  Olvido.

En la aldea laboró como docente el profesor Rafael Barrios, esposo de la profesora Esperanza Martínez. Casi toda la gente era blanca y hermosa. Ahí conocí a muchas aldeas que llamaron mi atención, pero mi timidez me vedó realizar muchas travesuras. Mi tía Teresa siempre fue una mujer valiente, honrada y trabajadora. El abusivo Ejército le robó muchos bienes, entre ellos, una vaca. A veces toda mi familia íbamos de visita.  En una de esas, mi hermano Adalid que contaba 14 años, acompañó a Darinel, en un caballo salvaje. Mientras mi primo consumía cerveza en una tienda cercana al templo católico, mi hermano montó el caballo y en seguido el animal violentamente corrió. Adalid cayó y su pie derecho se atoró en la cuerda que pendía del freno, por lo que lo arrastró varios metros. La gente que se percató del suceso, lo auxilió. Mi hermano permaneció por varios días en cama.

 En ese entonces, aun se escuchaban los bramidos de las armas, pues la guerra aún continuaba.

 

Ahí también conocí a Darinel, hijo de tía Clementina, quien era vaquero, borracho y enamorado empedernido.

 

Muchos años después, mis primas  Mari (Marilena) y Flory, que por cierto eran muy hermosas, llegaron a vivir a Santa Ana Huista, con el fine de cursar los estudios de secundaria.

En mi pueblo fueron muy asediadas por los jóvenes.

 

La Laguna es parte de mi historia. Algunos días de mi existencia los esparcí en sus paisajes, en sus fértiles rincones.

 

FESTIVIDADES

XVI

INDEPENDENCIA  SANTANECA

 

La tarde agonizaba cuando el alcalde municipal de Santa Ana Huista, Tomás  Morales, leyó asombrado, incrédulo, el acuerdo gubernativo en el periódico El Imparcial, en el cual el presidente, general Jorge Ubico Castañeda, ordenaba a que todos los municipios que no cubrían sus presupuestos, debían anexarse a los más cercanos, volviéndose entonces en aldeas. Volvió a leer aquella aterradora noticia y guardó total silencio por un momento. El acuerdo gubernativo decía literalmente: “Casa de Gobierno: Guatemala, 11 de diciembre de 1935.      Examinada la solicitud de la  Jefatura Política de Huehuetenango, relativa a que se supriman algunos  municipios que no reúnen las condiciones que requiere la ley para anexarlos a los que estén más próximos, con el objeto de impulsar de manera más afectiva el adelanto del departamento; y,  CONSIDERANDO: Que es atendible la solicitud,   POR TANTO;     El Presidente de  la República  ACUERDA:   Anexar el municipio de San Lorenzo H., al municipio de Huehuetenango. El de Santiago Chimaltenango, al municipio de San Pedro Necta.  Los municipios de San Adrés H. y San Marcos, al  de Jacaltenango.  El de San Martín Coatán, al de Todos Santos. El de Santa Isabel H., al municipio de San Juan Atitlán. Los municipios de San Rafael Petzal y San Gaspar Ixchil, al municipio de Colotenango. El municipio de Santiago Petatán, al de Concepción. El de Santa Ana Huista, al municipio de San Antonio Huista. El municipio de El Quetzal, al municipio de Santa Cruz Barillas.

Comuníquese.  UBICO     El Secretario de Estado en el Despacho de Gobernación y Justicia. GMO. S. DE TEJADA”.       Mudo de aturdimiento, de confusión y de frustración, ató su lengua; un  mutismo le asestó un golpe certero. Con dificultad  pudo levantarse y comenzó a caminar lentamente para comunicar la nefasta noticia, y así lo hizo. El pueblo escuchó con visible tristeza la información. Todos, hechos una furia, maldecían al dictador Jorge Ubico. Don Juan Bautista Escobedo arrebató El Imparcial de manos del alcalde. Lo arrojó al lodo y pisoteándolo con dolor y rabia gritó a todo pulmón: ¡Maldito       Ubico! Se lanzó sobre el periódico y le descargó una tremenda golpiza, como si el diario tuviera la culpa.                       Casi entrada la noche, en casa de don Juan se reunieron los líderes. No hubo saludos. La tristeza los tenía oprimidos. Don Juan tenía clavada la mirada en una fotografía vieja que colgaba de un clavo en la pared, la cual pertenecía a sus padres.                         Estaban ensimismados.

-Hemos comenzado a vivir un infierno jamás imaginado-, dijo don Juan, irrumpiendo el silencio.

-Siendo nuestro pueblo el más antiguo, fundado por los españoles en esta región, no creo que corramos esa suerte-, replicó don Filomeno Hernández Domínguez.

-Ubico es capaz de cualquier cosa, incluso, de matar a su propia madre-, agregó el alcalde don Tomás Morales.

-Tengamos cuidado con lo que decimos del Señor Presidente. Recuerden que esta es una época muy difícil, hasta podría  ordenar que desaparezca nuestro pueblo del mapa-, aconsejó don Próspero Morales Velásquez.

 

El municipio se suprimió  por acuerdo gubernativo del 11 de diciembre de 1935.   En cuestión de  minutos, la vida del poético pueblo sufrió un cambio dramático.           Desde el  momento en que la tristísima noticia se propagó, los huistecos  se organizaron para iniciar la dura batalla. 

Bajo la sombra de las dos magnas ceibas que se hallaban en el corazón del pueblo, el 12 de diciembre de ese mismo año, se concentraron por segunda vez.

-Vamos a lograr el desanexo  a como de lugar-, dijo don Jesús María Mérida, con un destello misterioso en su rostro.

-Huista (así se le conocía también a Santa Ana), nuestro terruño sagrado, no será esclavo de nadie-, advirtió don Vidal Lemus Matta.

-Solo unidos lograremos triunfar-, aseguró don Ismael Escobedo.

-Debemos darlo todo, incluso la vida, si es necesario para lograr el desanexo-, insistió don José Ramón Hernández.

-Necesitamos actuar en cuanto antes, para que nuestro sufrimiento acabe pronto-, argumentó don Samuel López Montejo.

-¡Santanecos, que nadie desfallezca; necesitamos gente valiente y luchadora!-, reiteró gritando don Mariano Barrios.

-No tenemos porqué darnos por vencido jamás-, aconsejó casi llorando don Robustiano  Lemus.    

Don  Esteban Antonio Castillo se puso de pie y dijo: No acepto y nuca aceptaré que nuestro hermoso pueblo se haya convertido en una aldea, porque no es justo. Lucharemos hasta lograr el triunfo.

 

-Lograremos la victoria, porque somos huistecos honrados y trabajadores, y Dios nos ayudará-, advirtió don Cristóbal Peláez.

 

Cuando concluía la intervención de cada líder, el pueblo irrumpía en aplausos y llantos.

 

 

Durante muchos días se reunieron los líderes y el pueblo para iniciar los trámites de Independencia.

 

...esos encerraron a Huista en un oscuro, apestoso y húmedo calabozo, cárcel, jaula, iniciando así, una larga condena injusta de casi 15 años, aunque los santanecos jamás imaginaron que esto durarían las múltiples torturas.   Las tinieblas casi no  se ausentaban jamás. La esperanza iba frecuentemente a visitar al poblado, pero pronto de marchaba. Esa comunidad laboriosa no merecía  esos indescriptibles sufrimientos. No. Nunca.  Jamás.  Tantos desprecios, tanta burla, tanta humillación sufrió Huista. Levantó la cabeza, fijó su mirada en el horizonte y dijo: Necesitamos hombres y mujeres valientes, perseverantes  y en breve se vio rodeado de valerosos. De pronto, un silencio gritó  y ensordeció a todos... El demonio prorrumpió en una sonora carcajada y dijo: No dejaremos que ésta aldea vuelva a...

Entonces Santa Ana, involuntariamente, se entregó a la más cruel desesperación...

 

En enero de 1936, los líderes Samuel López, Filomeno Hernández, Vidal Lemus, Mariano Barrios, Robustiano Lemus, Próspero Morales Velásquez, José Ramón Hernández, Jesús María Mérida y Juan Bautista Escobedo,  partieron al amanecer rumbo a la ciudad de Guatemala. La gente los despidió y pronunció con orgullo ferviente sus nombres.

 

Don Juan iba con la miraba perdida en el paisaje mañanero que desfilaba frente a sus ojos. ¿Cómo entregar ésta riqueza a los tonecos?, dijo en silencio, mientras por sus mejillas se deslizaban lentamente copiosas lágrimas.

 

Viajaron a lomo de bestia, no por Camojá ni por La Providencia ni por Camojallito, sino por Todos Santos.

 

Desde la lejanía divisaban a Huista, que más que poblado, parecía un lugar irreal: bello, extraordinario, encantador.

Fue este uno de los procesos más determinantes en la historia del pueblo huisteco.

Se constituyeron pues a la ciudad capital. Las montañas, la distancia, las veredas casi intransitables y otros obstáculos, no los intimidaron.

A lomo de bestia y durante largas y agotadoras jornadas viajaron. Los caballos con sus jinetes se perdían en el bosque, reaparecían más adelante en una loma.

 

 

Los demás líderes se mostraban muy agotados, por lo que don Juan les ordenaba vehemente: No se desalientes, no en vano será nuestro sacrificio.

 

Fue una época difícil, llena de tensión y sinsabores.

Caminaban las veredas que suben y bajan y se pierden en los bosques ubérrimos. Don José Ramón Hernández encendió un cigarrillo con la colilla del otro, secó el sudor que bañaba su frente y continuó  sumido en  los pensamientos, como los demás.  Subiendo y bajando por un camino estrecho, solo apropiado para  caballos o animales de carga, se dirigían a la lejana, muy lejana  ciudad.  Curvas  y grandes barrancos en medio de una solitaria naturaleza. De vez en cuando, encontraban pocos caseríos.  De la densa vegetación parecía que iban a salir delincuentes y acabarían con sus valiosísimas vidas. Sufrimientos desgarradores soportaron. No les importó la inclemencia del tiempo, porque amaban verdaderamente a su terruño.

Llegaron al fin a la gran ciudad. Humildemente pidieron la palabra. Se les concedió y expusieron las razones por las cuales solicitaban el desanexo y ellos, los poderosos, no la aceptaron. Volvieron desfallecientes, desalentados, pero no habían perdido la batalla.

Los resultados fueron infructuosos. Lloraron. Se sintieron desgraciados. Creyeron erróneamente que la odisea había sido en vano. Tan sólo dejaron la solicitud  y retornaron.    La esperanza, como vela en medio de un tornado, se apagaba cada vez más.     Ubico, el perverso, desgraciado, salvaje, no quiso liberar a Huista.   Tanto llanto en los ojos. Tantos dolores en el alma.  Durante largos años de anexo, Santa Ana estuvo privada de sus derechos. Añoraba con todas sus fuerzas ser libre de nuevo y verse como un pueblo autónomo, y no como una aldea.  Los verdugos lo destruyeron casi por completo. Hurtaron cuanto pudieron. Extrajeron recursos naturales. Los santanecos se convirtieron en vasallos, en esclavos.  Cuando San Antonio requería fuerza de trabajo, les era fácil obtenerla. Los huistecos pagaban sus rentas, impuestos; proporcionaba bestias, mozos cargueros y todo lo que se le antojara.   Tanto insulto, tanta humillación, tanto odio, tanta maldad que sufrió el poético poblado.                  No todos  podían conciliar el sueño. Los pocos que dormían la siesta, soñaban que Santa Ana desaparecía, como la niebla al sentir los ardientes rayos del sol.

Los ojos de don Juan Bautista brillaban bajo las pobladas y entrecanas cejas. Al oír sus pasos, todos salían a saludarlo y a preguntarle de qué medida se tomaría para continuar con el proceso. Muchos no sabían siquiera leer y escribir, pero tenían voluntad de luchar por ese sacrosanto ideal.  Cuando don Juan hablaba, todos guardaban silencio profundo. Se irritaba exageradamente cuando veía pesimismo.   Se reunían para ver qué solución encontraban.   Todos estaban muy dolidos porque el pueblo parecía no liberarse del injusto castigo.  Santa Ana caminaba triste y cabizbaja. Desconsoladoras reflexiones atormentaban los cerebros.

 

El  13 de mayo, a la luz de  cuatro candiles, se reunieron los líderes hasta altas hora de la noche, en el edificio municipal de antaño, donde actualmente está establecido el edificio del Instituto.

 

-¿Quiénes me acompañarán?-, preguntó don Juan Bautista, mirando a su alrededor esperando quién dijera yo, quiénes dijeran, nosotros. Ni una pizca de silencio hubo. Todos respondieron al unísono con  voz valiente, patriótica y potente: ¡Yo don Juan!.

 

Eran las tres y media de la madrugada cuando los señores Miguel Matamoros, Emilio Escobedo, Austreberto González, Juan Bautista Escobedo, Cristóbal Peláez, Próspero Morales Velásquez, Guillermo De Arcia, Juan José  Lemus,  Robustiano  Lemus, Filomeno Hernández, Esteban Castillo, Francisco Lemus y Abel Lemus, emprendieron la nueva odisea. Se pusieron de pie con ardoroso amor.    Mientras se alejaban, recorrían con la vista sus calles, sus viviendas con techos de paja, palo pique, bajareque y pocas de adobe. La muchedumbre lloraba y les animaba con aplausos y vivas.             Los sorprendió el alba en plena travesía.

¿Qué tal si morimos  en el camino? Pensaban, pero  no les importaba morir, porque valía la pena su esfuerzo admirable.   Llovía, era pleno invierno.  Los relámpagos quebraban las ramas de los árboles, y de las entrañas de las montañas brotaban los claros arroyuelos.                      Los hombres y mujeres que se habían quedado en el terruño amado, ladraban la tierra de los líderes para pagar su cuota justa.  De real en real, iba, ahorrando, para la causa (era la moneda de entonces).    Todos veían aproximarse con júbilo el día de la autonomía municipal. Entretanto, los tonecos aprovechaban a lo máximo enriquecerse a base del sudor de la gente trabajadora y honrada.

Las hazañas fueron muchas.       Tras una abrupta subida, se divisó Huehuetenango. Bajando de aquella cumbre, se sintieron con más aliento; pero faltaba mucho para llegar a la ciudad capital: 260 kilómetros. En Huehuetenango,  como siempre, dejaron sus bestias y abordaron la camioneta llamada Los Cuchumatanes,   cuyo conductor se llamaba Horacio, y lo apodaban “Mamá Yaya”.

Después de tanto sufrimiento, llegaron a su destino. Entraron a la oficina, no sin antes rezar y sacudir sus calzados.  Hicieron profundas reverencias y pidieron alguna respuesta de la solicitud que por escrito habían hecho con anterioridad.

-¿Será que el Señor Presidente nos puede atender?-, interrogó don Juan Bautista, al funcionario público, el cual le contestó con una carcajada sarcástica: El Señor Presidente no tiene tiempo para aldeanos.

-Entonces –,  intervino humildemente don Filomeno Hernández-, ¿sería usted tan fino de decirnos si la solicitud que le hicimos por escrito ya fue atendida?  El empleado público los escudriñó con evidente indiferencia.

-Hágannos usted el gran favor; vinimos desde Santa Ana Huista, poblado que está muy cerca de México y nuestro viaje ha sido muy cansado-, suplicó  don Samuel López Montejo.

El encargado mal encarado, buscando en un gran legajo, halló la solicitud intacta.

-Bueno –dijo indiferente-, se me ha olvidado hacerle llegar esta solicitud al Señor Presidente.
-Pero, es que, nosotros vinimos desde muy lejos-, argumentó don Filomeno Hernández.

-¡Eso a mí no me importa!-, respondió descaradamente el recepcionista. Si  quieren-agregó-, vienen dentro de un mes, tal vez ya tenga alguna respuesta.

La última intervención fue la de don Juan Bautista quien con voz suplicante le dijo: Tenga usted misericordia de nosotros y hágasela llegar.

 

Los adalides santanecos hicieron las reverencias y emprendieron el camino de regreso.       Ese segundo intento fue también tortuoso.     ¡Qué suplicio el proceso!  Espesas tinieblas llenaban el alma de cada uno de esos hombres agrarios, de maíz, al enfrentar esa amarga realidad. ¿Cómo irían a reaccionar  los santanecos cuando se enteren que otra vez nos han negado la libertad?-, pensaban con el corazón sangrante los agobiados héroes.

 

Después de muchos días de camino, llegaron a Huista.  Cuando los pobladores oyeron el resultado, lloraron, lloraron como lo hace un niño en medio de la oscura noche.

-¿Estás bien Juan?-, preguntó por centésima vez don Jesús María Mérida.

El interrogado sólo lo miró y asintió con la cabeza. Mintió al decir sí, porque aquella escena de su señor padre lo tenía intranquilo, pues cuando partieron, la vida de su progenitor pendía de un hilo.  El tuvo que partir. Su padre agonizante se lo suplicó por el bien de Santa Ana. Recordaba que antes de marcharse,  se encontraba frente a él, y leía la muerte en sus ojos, pero a pesar de ello, le obedeció.             Don  Jesús María Mérida lo miró por un instante y le dijo tiernamente: Ten confianza en Dios.

 Esa vez que regresaron, don Juan Bautista Escobedo tuvo  doble tristeza: el resultado negativo en la capital y la muerte de su padre, don Ismael, uno de los personajes que más contribuyó económicamente.

 

Los santanecos devoraban en su prisión, su pasado libre, sin ataduras, sin tantos inconvenientes...         Pero debían prepararse de nuevo.       Acogían de nuevo con entusiasmo la idea de seguir luchando.   Tantos años de sufrimiento y la esperanza negaba mostrar su rostro.    Pero el sueño renacía de las cenizas.         Por desgracia, en otra ocasión en que se intentó de nuevo, Jorge Ubico estaba más endemoniado y exageradamente colérico, pues había descubierto que se estaba quedando solo, sin el apoyo de sus esclavos...pues el pueblo guatemalteco exigía su renuncia.

 De nuevo se le notificó a Santa Ana Huista la sentencia y otra vez era negativa.  Santa Ana arrodillada pedía piedad y nada, nada.  El aterrador no, se hacía escuchar siempre.  Ni yo mismo que soy el pasado recuerdo cuántas veces no se le negó la autonomía a Huista.  La frustración, enfermedad devastadora, azotó por siglos... a la comunidad sublime.  Por momentos Santa Ana desfallecía y caía al suelo, pero pronto se levantaba. Un fuego interior brotaba  y volvieron a intentar, pero no lo lograron, como en otras ocasiones.  Cuando Jorge Ubico fue derrocado por un movimiento  popular  que culminó con la Revolución del 20 de octubre de 1944, (involuntariamente presentó su renuncia el 1 de julio), el panorama se mostró esperanzador.     Los huistecos Cristóbal Peláez, Filomeno Hernández,  Juan Bautista Escobedo, Jesús María Mérida y Vidal Lemus, viajaron a la cabecera departamental de Huehuetenango. Por la misma ruta antes mencionada, fueron en busca de asesoramiento, el cual lo encontraron en don Jacinto Sosa Alvarado.  No fue uno, ni dos, ni tres viajes los que realizaron a la cabecera departamental, sino muchos. Don Jacinto hacía los trámites en la capital guatemalteca, acompañado de los adalides santanecos. En el mes de septiembre de 1950, hicieron la última travesía, pues gracias  a don Jacinto, a los huistecos y a la intervención de la señora Haydee Godoy Arellano, se logró el acuerdo gubernativo el 17 de noviembre de 1950, con que la Revolución del 44 le otorgó su Independencia, pero fue hasta el 10 de febrero de 1951 en que se declaró formalmente.  Es muy importante señalar que el presidente de la república era el ilustre doctor Juan José Arévalo Bermejo. Para efectuar el acto de desanexo, era imprescindible la presencia del Gobernador Departamental de Huehuetenango, quien viajaría en avioneta a Miramar, Nentón, ya que para llegar a Santa Ana vía terrestre, se llevaba tres días. El Gobernador ordenó se le fuera a encontrar al lugar donde la aéreo nave aterrizaría. Una comitiva, la cual llevaba 60 caballos de silla, para transportar al Gobernador y a sus acompañantes, partió al lugar mencionado.  El señor Humberto Montejo tenía bajo su responsabilidad esta misión.  Le acompañaron Armando Castillo Lemus, Eligio Montejo López, Javier López Aguirre, Gilberto López López, Carlos Martínez, Roselio Monejo, Raúl Montejo y Pastor Tello.  El día  9 de febrero se marcharon a Miramar a esperar al Gobernador y a otras personalidades representantes del Estado.  Acamparon en un rancho. Llegó  el medio día y la avioneta no aparecía. Un ruido semejante al que produce una aéreo nave los hizo ponerse rápidamente de pie, sin embargo, no divisaron nada. Esta falsa alarma se repitió varias veces. Rieron a carcajadas al descubrir que era un tecomate el que producía ese peculiar sonido al introducirse el aire por su embocadura. Aquel tecomate que colgaba de una horqueta fue destruido para que no volviera a confundirlos.     Uno de la comitiva fue enviado a Nentón para intentar comunicarse con el Gobernador. Cuando iba en camino, encontró  a una persona con un bastón y un documento en  la mano. El que  llevaba  ambos objetos le comunicó que se dirigía a Miramar a dejar un mensaje a la comitiva, cuyo remitente era el  Gobernador.  La misiva fue leída por la delegación, cuyo contenido decía que retornaran a Santa Ana, puesto que el Gobernador y acompañantes ya no asistirían. ¿Por qué razón? Sencillamente porque AVIATECA (aviateca, según Acta No. 1. 1950),   no les proporcionó el avión.    La tarde había caído, el aullar de los coyotes y el  canto de los grillos resonaba, por lo que decidieron pasar la noche ahí.

-Mañana madrugamos-, ordenó don Humberto Montejo, con una voz melancólica-alegre.     Previo a lo narrado en las últimas líneas que son surcos históricos, llegó a Huista la orden de dar cumplimiento al acuerdo gubernativo.  Don Jesús (Chus) María Mérida, fue quien se ofreció viajar a Miramar a informarle a la comitiva sobre todo lo sucedido, ignorando que ya estaban enterados.  El 9 de febrero a las 22:00 horas  inició la marcha montado en un azabache de “pura sangre” y llegó a su destino cuando el alba aun no había despertado.  Los  gritos de don Chus aterró a la delegación, pues creyeron que era el misterioso Sombrerón quien quería utilizarlos como objeto de burla.  Al darse cuenta que era un huisteco, rieron alegremente.    Al amanecer, regresaron a Santa Ana.                     Retornando a los atropellos sufridos por los santanecos, no debe quedarse  en el tintero  el  siguiente  suceso: “El alcalde de San Antonio, que era don Delfino Mendoza, llegó a Huista a recoger los impuestos como primer beneficio económico para su comunidad y con descaro contó el dinero y dijo: ahora sí tuvieron que sacar el pistío.

Esto ocurrió en febrero de 1936”. Es preciso señalar que además del Gobernador, fueron invitados también los ministros de Educación, Economía, pero no asistieron por la razón expuesta.   Ya en el pueblo, en plena celebración, don Juan Bautista Escobedo sacó sus anteojos, se los acomodó bien y comenzó a leer el acuerdo gubernativo: “Palacio Nacional: Guatemala, 17 de noviembre de 1950.    Vista para resolver la solicitud presentada por los vecinos de Santa Ana Huista, departamento de Huehuetenango,  relativa a que se restablezca su municipio; y   CONSIDERANDO:  Que por tratarse, no de la creación de un nuevo municipio, sino de que recupere su autonomía uno que fue anexado, de conformidad con la quinta disposición transitoria de la Ley de Municipalidades, no se debe tomar en consideración el número de habitantes; que, además, cuenta con una extensión superficial muy superior a la de otros municipios del mismo departamento, razones que son suficientes para acceder a lo pedido; que, por otra parte, oídos la Dirección General de Estadística, y el Ministerio Público, manifestaron su conformidad;  POR TANTO,  El Presidente Constitucional de la República   ACUERDA:  Restablecer el municipio de Santa Ana Huista en el departamento de Huehuetenango.   Comuníquese,  ARÉVALO          El Ministro de Gobernación  FRANCISCO  GUERRA Y GUERRA

 

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Publicado por hameh0017 @ 12:58
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EPISODIOS DE MI VIDA CAPITULOS 7, 8, 9  Y  10 POR EXVEDI

MI CANELO

VII

Canelo se llamaba mi perro. Era fuerte, corpulento. Según mi abuelo Juan Mérida, un día,  cuando él trabajaba allá por los años de 1970 en Flor de Mayo, lugar muy cercano a la frontera mexicana, el perro se  acercó a él. Llegó para quedarse. Jamás se fue. Un año estuvo con él. A finales de 1971 se lo dio a mi padre, en calidad de regalo.

 

Conocía de memoria los caminos que debíamos caminar siempre, pues fue fiel amigo de mi abuelo Juan y de mi padre. Se divertía corriendo a los zopilotes, urracas gritonas y cuanto animal se le pusiera  en frente. Siempre a mi lado. Cuando cruzaba el río Huista, se lanzaba y la corriente lo arrastraba.  Yo lloraba creyéndolo muerto, pero momentos después,  aparecía moviendo la cola.  Cerca de mí se echaba siempre. Recuerdo la vez que encendí fuego con varejones y unos troncos de cedro: Yo comencé a calentar los pishtones, shepes y el café, cuando  vi que el Canelo salió corriendo y se lanzó a una mata de café. Me salvó de una serpiente.  Esto ocurrió en mi verdadera cuna: Guachipilín. Comprobé una y otra vez que los perros son fieles amigos.  Evoco aquella mañana fría cuando se lanzó al río, quedó atrapado en unos bejucos y se ahogaba. Lo salvé porque él lo hizo muchas veces conmigo.

 

Mi perro amigo, mi fiel amigo, me acompañó casi a todas partes, incluso a la escuela y al hospital.  Juntos recorrimos montañas.

 

Era astuto, inteligente, sabio. Su finísimo olfato nos salvaba de los peligros. Se escurría entre los montes cuando oía un leve ruido para indagar. Olfateaba concienzudamente si había  peligro. Con él me sentía confiado, protegido. Entre los chiriviscos se internaba cuando enfermaba, buscaba las hierbas medicinales y sanaba y yo admiraba más a Dios.  De entre las arboledas espesas salía a veces muy contento con una presa en su hocico. Veía una hembra, se lamía la boca, la seguía, ya ella inmóvil, él daba vueltas a su entorno, se encaramaba y al rato, satisfecho. Me reía cuando levantaba una pata y  orinaba.

 

Barrancos, peñascos, montañas, ríos, nada era obstáculo para él.  Jugaba con la imagen de la luna que se reflejaba en el espejo del río.  La luna se reía de él, y él tan sólo movía la cola y ladraba suavemente. Por las noches, saltaba y saltaba queriendo alcanzar las estrellas pero creo que nunca lo logró...

A veces desaparecía, quizás se iba detrás de las hembras que lo atraían, y regresaba después a casa, moviendo la cola, con la lengua de fuera.  Cuando estaba agotado de tanto jugar, se echaba sobre el pasto y me miraba de reojo.

 

Una vez que regresábamos de Guachipilín, estaba  cansado y hambriento, olfateó por todas partes. Por entre las arboledas se fue y al rato regresó con un conejo.  Sumergía el cuerpo en el río, entre la gris arena.  Aún puedo verlo zambullirse. Después, salía, se revolcaba entre la fina arena y tomaba su baño de sol.

 

Siempre husmeaba el peligro y me lo hacía saber con su ladrar peculiar. Se gozaba asustando a los zopes que se hartaban de podredumbre en la ribera del río.   En los tupidos arbustos me ocultaba yo, como jugando tenta, y él me hallaba rápidamente. Era juguetón, muy juguetón.

 

El canino, de color canela, es un recuerdo admirable.

 

Husmeaba las cuevas y sacaba  garrobos, armados y otros animales comestibles. 

Yo caminaba el camino despreocupadamente porque cualquier señal de peligro me lo hacía saber de inmediato.

 

Cuando se perdía por alguna razón, seguía mis huellas.

-¿Qué se hizo el Canelo?-, pregunté una vez muy triste a mi abuelo cuando no lo hallé, y él me respondió: Entre la “palazón” se perdió. 

A los lejos le oí ladrar y me alegré mucho.  Aquél perro que se percataba de todo peligro y me cuidaba, era feliz a mi lado, y al lado de mi familia.

Aún puedo verlo avanzar entre la hojarasca, con la lengua de fuera.

Aún puedo verlo junto a mí, bajo el sol fulminante, caminar aquellos caminitos que crecieron.

 

Evoco aquel día sábado cuando sus garras fuertemente clavadas en la panza del conejo blanco, muy blanco como una nube. Tomamos una siesta sobre las perfumadas hojas secas de cedro.

 

Conservo aquella aventura cuando descubrimos huella fresca del venado. Escondidos observamos parado entre el río, con las patas entre el agua, mientras apreciaba coquetamente su figura en el espejo límpido del río.

 

Escurriéndose por las ramas, las ardillas se mofaban de él, y él  ladrar colérico.  Nunca podré olvidar cuando mi madre me envió a dejarle bastimento a mi abuelo Juan que trabajaba en nuestra parcela del Naranjo. El  Canelo iba, como siempre, delante de mí. Allá por la Ciénaga comprendió el peligro en que yo me hallaba, y regresando con sigilo, ladró y me empujó para que me regresara. Yo le obedecí, como otras a veces. Me puso a salvo.  Después lo comprendí, pues unos campesinos habían dado muerte a un perro con rabia que se paseaba por el lugar. Por eso, cuando mi generoso Canelo exhaló su último aliento, lloré amargamente su partida.

 

Tantos siglos vivimos juntos...

Maravillosos descubrimientos hicimos juntos.  Hechos extraordinarios presenciamos unidos, como dos amigos inseparables.

Aprendí mucho de él, aunque alguien califiqué de estúpida mi idea. ¿Acaso un animal nació por accidente?  No, definitivamente no. Dios  hizo todo con un propósito.

 

Con la lengua de fuera, aparecía, superaba una nueva odisea, y de esa manera me enseñaba que la vida era una eterna batalla que  debía ganar.

 

Pero tarde o temprano tenía que marcharse.  Mi Canelo que todo olfateaba con inquietud, lo sabía como yo.  Un triste día, se escurrió de mi  trayecto, porque lo envenenaron, y en las riberas del río murió.  Aún cuando era viejo, siguió siendo sumiso, amigable y noble.  Los eternos caminos polvorientos me  preguntaban por él y yo, con un nudo en la garganta les daba la triste  noticia.    No pude devolverle la vida. El veneno que una malvada vecina le dio oculto dentro de un aparente sabroso pan, le había derretido las entrañas.

 

En el suelo se retorcía como una serpiente herida.  Sus ojos inmóviles.  Espuma abundante en la boca. Se revolcaba en el suelo y lloraba aterrado. Sentía su dolor. Sus gestos eran horribles, desesperantes.  Su trompa torcida. Por toda su cara se dispersaba espumarajos. Sus ojos desorbitados jamás logré evadirlos, aún los recuerdos claramente. Tantos siglos vivimos juntos...y ahora él partía. Antes de fenecer, exhaló un aullido lastimero.  Con los ojos llorosos estaban los demás niños, amiguitos míos, al ver agonizar a mi Canelo. Al filo del medio día murió.  Era sábado, el último  sábado de noviembre de 1989.  Junto a mi hermano Adalid y otros amiguitos, abrimos un hoyo grande bajo el limar de “mush” que estaba en una esquina de mi casa, y lo enterramos. Por último alcé una plegaria a Dios por él.  Ya jamás volvimos a internarnos entre los bosques con mi Canelo, aquel fiel perro amigo que mi abuelo le había regalado a mi padre, aquel noble animal que cuidó  los pasos de tres generaciones.

 

MI AZABACHE

VIII

Los ramajes empapados de lluvia temblaban de frío.

Juntos mi caballo y yo aspirábamos el aroma de los lirios y de los zacatales.

Fue mi compañero inseparable.

 Galopaba orgullosamente en la pradera cuando yo lo veía. ¡Que porte!, decía yo con potente voz. En sus ancas recorríamos juntos los hermosos parajes y contemplábamos  los esplendidos  pinos verdes. En los frondìsimos bosques nos internábamos para alejarnos del bullicio, aunque no era tanto.  Por  las calles empedradas del pueblo de quietud y belleza, caminábamos orgullosos. Verdaderamente encantados vivíamos la vida.

Yo,  con mirada infalible miraba a los chiquillos que me observaban casi bobos  jineteando mi caballo.  En  la azul transparencia del cielo, nos deleitábamos viendo volar las aves juguetonas y agoreras.

Una mañana espléndida,  como todas, al pié de una colina fantástica estábamos, cuando vi pasar a una todosantera hermosísima.  La  seguimos,  más nunca le dimos alcance.

Misteriosamente se disipó entre la arboleda, como la niebla al llegar el sol. Otra vez,   nos hallábamos en las cumbres de pino apreciando el pueblo apacible, cuando entre los zacatonales, manjar predilecto de mi azabache, se asomó un venado.

El hermoso animal no huyó y nosotros tan poco le hicimos cara de enemigos…

Juntos vimos llegar las auroras y el ocaso del día. Nos hundíamos como siempre en la frescura del río Huista. Y a carcajadas reíamos de alegría, mejor dicho; yo sonreía y él, mi azabache,  relinchaba locamente de júbilo.

Nos deleitábamos  en la eterna calma.

El verde esplendor de la naturaleza nos regalaba su paz, su espíritu de amor. El dulce trinar de los jilgueros nos parecía cantos de marimbas celestiales, ejecutados por ángeles. Nunca olvido aquella mañana del 4 de noviembre de 1985,  cuando comenzamos a subir la cuesta y vimos ensimismados a la encantadora Santa Ana Huista, tierra poética donde viví mi  niñez  y adolescencia. Nunca olvido que uno de nuestros sueños irrealizables era escalar el cielo. El verde de las montañas nos extasiaba. Con mi caballo de magnífica estampa, respirábamos el aire saludable de los campos santanecos. Aún puedo ver mi mano firme en las riendas, los talones en los ijares, porque ese caballo de suntuosa alzada, tan solo existió en mis fantasías.

Todo este relato ha sido producto de mi imaginación. Si no tenía un centavo en mi bolsillo, ¿Cómo  iba a darme el lujo de adquirir un caballo? Ni siquiera fui propietario de un burrito, menos lo iba a ser de un caballo azabache, pero a pesar de mi amarga realidad, amé y anhelé ese sueño intensamente.                                          

 

CHARLA CON LA HISTORIA

IX

YO: Y dígame,  ¿el río siempre se llamó Huista?

HISTORIA: No. Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán, en su Recordación Florida, lo llama río Chiapas.

YO: Muy interesante. Y cuénteme de la escuela.

HISTORIA: El 31 de octubre de 1880, según censo practicado esa fecha, existían dos escuelas, una para hombres y otra para mujeres. En 1955 tenía 2 escuelas urbanas y 2 rurales, todas mixtas.

YO: Y de las familias ladinas, ¿qué me cuenta?

HISTORIA: Los Lemus,   procedentes del oriente del país, Morales de Huehuetenango; Mérida de Quiché y San Marcos; Escobedo, de Chiantla, Matamoros de México, Castillo de Huehuetenango, fueron los grupos de mayor peso que llegaron a vivir en el siglo XIX.

 

Santa Ana es un pueblo ladino formado en parte por mexicanos, los que llegaron de Chiantla,  Huehuetenango y de otros lugares. Para la época de la conquista, Santa Ana no escapó de la congregación, con la promulgación de las nuevas  leyes en 1549,  a los indígenas le fueron otorgadas tierras por los españoles, como recurso para su reproducción  y para garantizar el abastecimiento alimenticio. Santa Ana  fue dada a Francisco López entre 1528 1529. Al  principio, los indígenas trabajaban obligados en condición de esclavos. Las encomiendas fueron sustituidas por las haciendas ya que la adquisición de tierra ofrecía más seguridad y mejores perspectivas. 

 

YO: ¿Qué otros territorios perdió Santa Ana Huista?

HISTORIA: El arreglo de los límites de 1884, dejó al otro lado de la frontera varios poblados que anteriormente le pertenecían.

 

YO: ¿Cuál es el génesis del pueblo?

HISTORIA: Desde hace mucho tiempo se asentaron en el actual territorio  de Santa Ana Huista varias tribus, las cuales constituyeron varios cacicazgos o pequeñas jefaturas provinciales. En esta zona se desarrolló  una civilización sedentaria y agrícola.  Es muy probable que los primeros habitantes de América provinieran de Asia, se sabe también que hubo varias oleadas y algunos grupos de éstos poblaron el territorio del que estamos tratando.  Estos primeros habitantes llegaron por el norte de América como pueblos nómadas, cazadores y recolectores; llegaron, se asentaron. Se extendieron y se desarrollaron desde milenios de años antes de  la llegada   de los invasores españoles.

YO: Difícil conocer nuestro pasado remoto.

HISTORIA: Santa Ana Huista queda constituida como municipio en 1585.

La creación del pueblo se remonta al siglo XVI. La fundación a 1549.

 

No se puede deducir, con absoluta certeza, cuándo llegaron aquellos primeros hombres, puesto que los estudiosos de estos temas—pre historiadores, paleo antropólogos, antropólogos, arqueólogos—, aún no han alcanzado completo acuerdo; sin embargo,  ello pudo ocurrir hace unos 20, 15 ó 10 mil años. Lo que sí se sabe con relativa seguridad es que fue 5,000 años antes de la Era Cristiana, ya que vivían en este territorio hombres que cultivaban la tierra y cosechaban maíz, calabazas, frijol y otras plantas alimenticias, además,  se ocupaban en la arcilla, tallaban la piedra, y construían casas y templos.

Para estudiar la cultura de las gentes de aquella época los arqueólogos han establecido los siguientes grandes períodos evolutivos: Preclásico, Clásico y Postclásico. La primera época incluye los más lejanos orígenes conocidos hasta los acontecimientos que corresponden a unos cuantos siglos antes de Cristo. La segunda se refiere al gran florecimiento de la cultura autóctona, ocurrido en el primer milenio de nuestra era; y, la tercera, a las formas de vida de los indígenas que vivieron durante los seis o siete siglos antes  de la llegada de los españoles.  Los pueblos prehispánicos del país no se desarrollaron aisladamente, sino que formaron parte de un conjunto de sociedades estrechamente relacionadas, que mantuvieron contactos culturales, políticos y económicos, a lo largo de su historia.

Algunos autores afirman que se encuentran ya en Guatemala allá por los años 1,000 antes de Cristo, probablemente poblando el altiplano guatemalteco, que precisamente es la región en donde se cree, con probabilidad científica, aparece el cultivo del maíz.   ¿Cómo llegaron allí?, es algo que aún se ignora. Lo que sí se sabe es que los Mayas tienen rasgos antropológicos, tales como el pliege epicántico (de los párpados), la presencia de la mancha mongólica en los niños mayas, el índice cefálico de 85.8 (relación de dividir los ejes longitudinal y transversal del cráneo), la barba escasa, la estatura baja (1.65 m. es el promedio en el hombre), las líneas de la mano, todos los cuales son indicio de su origen asiático ( sienese, sumerio, etc.) ya sea que haya venido a  América por el Estrecho de Bering, hace unos 10 mil  a 20 mil años antes de Cristo, o hayan cruzado el mar por el camino insular de Oceanía, o por el supuesto puente de la Antártida, o por un suceso fortuito de navegación.

En Huehuetenango hay evidencias de que hubo ocupaciones en el período Paleoindio (15,000 años antes de Cristo), de cultura de cazadores y recolectores hasta la aparición de la agricultura. El sitio paleontológico “El Mamut” contiene muestras de este período.

Las culturas regionales desarrolladas en los períodos Clásico y Postclásico muestran la influencia mexicana de los Toltecas. Al final del Postclásico hay presencia náhuatl en los Cuchumatanes.

 

Según  César Castañeda, Ingeniero agrónomo de la Facultad de Agronomía de la Universidad de San  Carlos de Guatemala (FAUSAC) y Maestro en Ecología Vegetal de la Universidad de Rhode Island, Estados Unidos; afirma que el territorio de Huehuetenango ha sido ocupado por diferentes agrupaciones humanas por lo menos desde hace 2,000 años según los registros arqueológicos, aunque por los hallazgos mucho más antiguo encontrados en Los Tapiales, Momostenango, Totonicapán, se estima que la presencia humana se remonta a muchísimos años más. Hay evidencias de que dicho sitio, cercano al departamento de Huehuetenango, estuvo ocupado alrededor del año 9000 A. C. por un grupo de cazadores que utilizaban puntas acanaladas, quizás para la caza mayor (Gruhn  y Bryan, 1997. Citado por Castañeda). En Huehuetenango se reportan 192 sitios arqueológicos de diferentes períodos.   Los registros de dichos sitios arqueológicos (Lovell, 1990),  muestran que hubo ocupación en el preclásico (2000 A.C. 150 D.C),  en el clásico (150 D.C. a 1000 D.C. )   y el postclásico (1000 a 1524 D.C.).  La mayor ocupación en el clásico se da en el área geográfica fronteriza actualmente con México, en los  municipios de Nentón y San Mateo Ixtatán, precisamente con la mayor concentración de sitios arqueológicos (32 sitios que representan el 35% del departamento).  En el postclásico

( 1000 a 1524 a  D.C.) se extiende la ocupación a todo el departamento, con las diferentes agrupaciones mayas que gradualmente adquieren algunas diferenciaciones étnicas (q’anjob’al, mam,  chuj, jacalteco, etc.) De acuerdo con Seler (Citado por Lovell, 1990:36) en la región de Chaculá, Nentón, se encuentran los sitios que obtuvieron el nivel clásico más refinado de Huehuetenango y que probablemente, por el parecido de los estilos de las estelas y alfarería, tuvo contacto con los centros clásicos de las tierras bajas de Chiapas y Petén. En esta región, ubicada en la parte baja y seca, se encuentran los sitios arqueológicos de Chaculá, San Francisco con Pojom, Piedra  Redonda y otros”.

 

Desde hace mucho tiempo se asentaron en el actual territorio de Santa Ana Huista varias tribus, las cuales constituyeron varios cacicazgos o pequeñas jefaturas provinciales. En esta zona se desarrolló una civilización sedentaria y agrícola.   Había un pueblo o capital que mantenía controlada a las demás tribus. Pero, ¿cómo y cuándo llegaron a poblar el territorio santaneco?

Es sumamente difícil  responder a esta interrogante que sigue abierta. Es muy probable que los  primeros habitantes de América provinieran de Asia, se sabe también que hubo varias oleadas y algunos grupos  de éstos poblaron el territorio del que estamos tratando. ¿Cuándo fue? Aún no se sabe con certeza.

Estos primeros habitantes llegaron por el norte de América como pueblos nómadas, cazadores y recolectores; llegaron, se asentaron. Se extendieron y se desarrollaron desde milenios de años antes de la llegada de los conquistadores-invasores. En base a los hallazgos que se han hecho se deduce que eran pequeños grupos que iban desarrollándose poco a poco y lograron tener una sociedad, una cultura. Hasta el año 2,000 o 5,000 antes de Cristo el hombre se vuelve sedentario totalmente y funda las aldeas.  Basaron su régimen alimentario en el maíz (aún es evidente en la actualidad), complementado con otros vegetales, en la cacería y la pesca. La forma de gobierno era por medio del reinado que se heredaba por linaje. Un siglo antes de Cristo están siendo gobernados por un dirigente que se  acompaña por los miembros de la familia. Hay un sistema de herencia patrilineal que el hijo mayor hereda el trono y así iban pasando de padre a hijo. Los poblados más pequeños rendían tributo a los más grandes en donde vivía el gobernante. Se casaban tribu con tribu sellando así una amistad.

Se sabe por evidencias arqueológicas, que  desde inmemorables tiempos en el territorio santaneco había aldeas, tribus o cacicazgos.  Posiblemente fueron Cujá, Tabloncito, Tzisbaj, Mampil (que fue una ciudad fuerte), Buena Vista, entre otras.   Seleccionaban lugares con suficientes recursos para sobrevivir algún tiempo, cerca de cuevas o refugios rocosos como en el caso del Cerro Mampil. Los cambios en la organización social y económica se vieron reflejados en la cultura material. Gracias a la arqueología podemos saber la forma en que trabajaban diferentes materiales en piedra, barro y metales preciosos. La cerámica se manifestó como una especialización asociada a la agricultura. Vasijas utilizadas como contenedores, ollas, vasos, cántaros y otros objetos fueron cotidianas para los habitantes de Wuixtaj,  como le denominan a Huista los jakaltekos. Se sabe que junto a la cerámica usaban hechas de piedras, herramientas indispensables para las tareas cotidianas. Entre ellas podemos mencionar piedras de moler, brazos, machacadores, entre otros. También son indispensables las herramientas de corte, raspado muy perforado, entre las que se podían citar las navajas prismáticas, cuchillos, hachas y las puntas de proyectil elaborada en obsidiana, pedernal y otros minerales. La obsidiana servía para la manufactura de objetos cortantes conocidos como navajas prismáticas. Productos como jade, obsidiana, minerales y piedras de moler eran llevados por comerciantes. El jade fue de suma importancia,  pues era utilizado para la elaboración de ornamentos personales. Establecieron rutas y redes comerciales que conectaban la región Huista. Los productos que se intercambiaban eran propios de la región. Estas personas tenían varias maneras de representarse a sí mismas, en figurillas o incensarios. Las figuras representan seres míticos. Como ya se mencionó, la vida económica de estas comunidades  primitivas se concentró en la agricultura y el comercio. El transporte de mercancías lo realizaban cargadores que conocían muy bien la región. El cultivo del maíz era el más importante, como lo es hoy en día.   Es posible que los antiguos habitantes hayan domesticado el teocinte que es un maíz silvestre, el cual crece como si fuera maleza y que tiene un gran potencial genético para mejorar otras variedades. Este maíz silvestre es especie única en el mundo y endémica de Huehuetenango, y sólo existe en  Santa Ana Huista, Jacaltenango, Nentón y San Antonio.

 También sembraban frijol, tabaco, calabazas, etc.

Según el intelectual guatemalteco, Adrián Recinos, afirma que el dominio de los quichés llegó hasta la zona Huista, en la época de su mayor esplendor, durante el reinado de Quicab El Grande (entre 1425 y 1475).  El  investigador, John Fox, niega esta afirmación hecha por Recinos. También el investigador, Oliver La Farge, afirma que la barrera de Los Cuchumatanes contribuyó al aislamiento de los  jakaltekos y de las restantes tribus del norte y el oeste (chujes y kanjobales). Dentro de las varias preguntas que podemos hacernos están: ¿Cuáles eran los nombres de las tribus que habitaban el actual territorio de Santa Ana Huista?   ¿Serían los jakaltekos?          Santa Ana Huista, al igual que la región, fue ignorada por los primeros historiadores y no se conoce ninguna fuente nativa para poder fundamentarnos en ella.      Posiblemente fue destruida toda fuente por los conquistadores-invasores como ocurrió en otras partes del país. Los únicos documentos que existen son las crónicas, pero contienen poca información sobre el pueblo santaneco. 

YO: Interesante, pero el origen del pueblo aún es confuso.

HISTORIA: Voy a repetir unas cosas y agregar otras.

Desde hace mucho tiempo se asentaron en el actual territorio de Santa Ana Huista varias tribus, las cuales constituyeron varios cacicazgos o pequeñas jefaturas provinciales. En esta zona se desarrolló una civilización sedentaria y agrícola.   Había un pueblo o capital que mantenía controlada a las demás tribus. Pero, ¿cómo y cuándo llegaron a poblar el territorio santaneco?

Es sumamente difícil  responder a esta interrogante que sigue abierta. Es muy probable que los  primeros habitantes de América provinieran de Asia, se sabe también que hubo varias oleadas y algunos grupos  de éstos poblaron el territorio del que estamos tratando. ¿Cuándo fue? Aún no se sabe con certeza.

Estos primeros habitantes llegaron por el norte de América como pueblos nómadas, cazadores y recolectores; llegaron, se asentaron. Se extendieron y se desarrollaron desde milenios de años antes de la llegada de los conquistadores-invasores. En base a los hallazgos que se han hecho se deduce que eran pequeños grupos que iban desarrollándose poco a poco y lograron tener una sociedad, una cultura. Hasta el año 2,000 o 5,000 antes de Cristo el hombre se vuelve sedentario totalmente y funda las aldeas.  Basaron su régimen alimentario en el maíz (aún es evidente en la actualidad), complementado con otros vegetales, en la cacería y la pesca. La forma de gobierno era por medio del reinado que se heredaba por linaje. Un siglo antes de Cristo están siendo gobernados por un dirigente que se  acompaña por los miembros de la familia. Hay un sistema de herencia patrilineal que el hijo mayor hereda el trono y así iban pasando de padre a hijo. Los poblados más pequeños rendían tributo a los más grandes en donde vivía el gobernante. Se casaban tribu con tribu sellando así una amistad.

Se sabe por evidencias arqueológicas, que  desde inmemorables tiempos en el territorio santaneco había aldeas, tribus o cacicazgos.  Posiblemente fueron Cujá, Tabloncito, Tzisbaj, Mampil (que fue una ciudad fuerte), Buena Vista, entre otras.   Seleccionaban lugares con suficientes recursos para sobrevivir algún tiempo, cerca de cuevas o refugios rocosos como en el caso del Cerro Mampil. Los cambios en la organización social y económica se vieron reflejados en la cultura material. Gracias a la arqueología podemos saber la forma en que trabajaban diferentes materiales en piedra, barro y metales preciosos. La cerámica se manifestó como una especialización asociada a la agricultura. Vasijas utilizadas como contenedores, ollas, vasos, cántaros y otros objetos fueron cotidianas para los habitantes de Wuixtaj como le denominan a Huista los jakaltekos. Se sabe que junto a la cerámica usaban hechas de piedras, herramientas indispensables para las tareas cotidianas. Entre ellas podemos mencionar piedras de moler, brazos, machacadores, entre otros. También es indispensable las herramientas de corte, raspado muy perforado, entre las que se podían citar las navajas prismáticas, cuchillos, hachas y las puntas de proyectil elaborada en obsidiana, pedernal y otros minerales. La obsidiana servía para la manufactura de objetos cortantes conocidos como navajas prismáticas. Productos como jade, obsidiana, minerales y piedras de moler eran llevados por comerciantes. El jade fue de suma importancia pues era utilizado para la elaboración de ornamentos personales. Establecieron rutas y redes comerciales que conectaban la región Huista. Los productos que se intercambiaban eran propios de la región. Estas personas tenían varias maneras de representarse a sí mismas, en figurillas o incensarios. Las figuras representan seres míticos. Como ya se mencionó, la vida económica de estas comunidades  primitivas se concentró en la agricultura y el comercio. El transporte de mercancías lo realizaban cargadores que conocían muy bien la región. El cultivo del maíz era el más importante, como lo es hoy en día.   Es posible que los antiguos habitantes hayan domesticado el teocinte que es un maíz silvestre, el cual crece como si fuera maleza y que tiene un gran potencial genético para mejorar otras variedades. Este maíz silvestre es especie única en el mundo y endémica de Huehuetenango y sólo existe en  Santa Ana Huista, Jacaltenango, Nentón y San Antonio Huista.

 También sembraban frijol, tabaco, calabazas, etc.

Según el intelectual guatemalteco, Adrián Recinos, afirma que el dominio de los quichés llegó hasta la zona Huista, en la época de su mayor esplendor, durante el reinado de Quicab El Grande (entre 1425 y 1475).  El  investigador, John Fox, niega esta afirmación hecha por Recinos. También el investigador, Oliver La Farge, afirma que la barrera de Los Cuchumatanes contribuyó al aislamiento de los  jakaltekos y de las restantes tribus del norte y el oeste (chujes y kanjobales). Dentro de las varias preguntas que podemos hacernos están: ¿cuáles eran los nombres de las tribus que habitaban el actual territorio de Santa Ana Huista?   ¿Serían los jakaltekos?          Santa Ana Huista, al igual que la región Huista fue ignorada por los primeros historiadores y no se conoce ninguna fuente nativa para poder fundamentarnos en ella.      Posiblemente fue destruida toda fuente por los conquistadores-invasores como ocurrió en otras partes del país. Los únicos documentos que existen son las crónicas, pero contienen poca información sobre el pueblo santaneco. 

YO:   Y, ¿qué puede decirme sobre la reducción de  indios en Santa Ana Huista?

HISTORIA: En la época de la conquista-invasión, Santa Ana Huista no escapó de la congregación o reducción,  con la promulgación de las nuevas leyes en 1549.  El pueblo santaneco fue entregado en encomienda a Francisco López entre 1528 y 1529. La reducción  de indios fue una orden que dio el rey de España  de la reducción de pueblos indígenas y lo que trataba era de traer hacia  los poblados. Se sabe  que con infinito trabajo  juntaron a las familias de indios tan apartados unos de otros. Por el año de 1549, en cumplimiento de una real cédula de 1540, los misioneros dominicos procedieron a la formación de la reducción  o pueblos de indios. Los indígenas siempre tuvieron que venir para ser controlados y para que sirvieran de mano de obra, la cual no era pagada,  pues el indio era considerado como animal. Después adquirió derechos como humano, pero no como español: siempre quedaron en una categoría muy baja de desprestigio moral y de todo tipo. Según la fuente escrita, los padres de la sagrada religión (católica) trabajaron y padecieron mucho en asentar los pueblos, edificar casas, hacer iglesias, pues muchas veces después de que tenían asentados a los indios éstos volvían a sus antiguos hogares, a los montes, y era menester volverlos a juntar de nuevo y  ponerlos en sus casas nuevas, derribarles las antiguas, deshacer los sitios de su antigua superstición. Asentados, pues, los indios en sus nuevas poblaciones, se comenzaron a adaptarse a su nueva forma de vida. La congregación facilitó a los misioneros la enseñanza del cristianismo a los indígenas y ayudó a la administración civil en la enumeración de la mano de obra. Los repartimientos fueron formas posteriores, del siglo XVII, bastante semejantes a la encomienda, mediante las cuales se continuó con la repartición a españoles o criollos, de tierra indígena. En las encomiendas, especialmente al  principio, los indígenas eran obligados a trabajar para los españoles en condiciones inhumanas, casi de esclavitud; realizaban diversas  tareas agrícolas, tales como arar, sembrar, cosechar; además, transportaban cargas pesadas, hilaban algodón  y hacían telares y algunas veces servían de mozos en las casas españolas. Las encomiendas fueron sustituidas por las haciendas, ya que la adquisición de la tierra ofrecía  más seguridad  y mejores perspectivas. Los tributos eran fuertes en cuanto al requerimiento a los indígenas y a la prosperidad que le daba al encomendero, especialmente al principio de la colonia. A esta realidad de exclusión, dominación y despojo se sumó la encomienda, los repartimientos, etc. A  los indígenas  les fueron otorgadas tierras alrededor de los sitios urbanos establecidos por los españoles, como medio para su reproducción y para garantizar el abastecimiento alimenticio.

YO: Por favor, hábleme de la fundación de nuestro pueblo.

HISTORIA: La fundación del pueblo santaneco se hizo en el marco del proceso de domi


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EPISODIOS DE MI VIDA POR EXVEDI
CAPITULOS III, IV, V  Y  VI

LA PARROQUIA Y
MÁS HISTORIA

III

Se alza a un costado del parque, lugar que antes se utilizaba para mercado los días  domingos (1955), pues la sombra de las dos ceibas era propicia.   Al otro extremo del parque, correos.  En la iglesia se veía de rodillas a los todosanteros, colotecos, jakaltecos,  además de hombres y mujeres de todas las edades y etnias, razas, rezar en mam,  poptí y castellano.  Parecía zumbar de colmena las plegarias juntas.  Desde la entrada del pueblo  o del templo los veía caminar de hinojos, con flores silvestres y candelas de diversos colores en las manos.

Los cantos brotaban de sus bocas, como brotan los manantiales en las montañas en invierno.

 

La majestuosa parroquia está de pie allí en el corazón del pueblo, dando fe de  cuanto ha sucedido. Es el más fiel testigo, después de Dios. Vetusta, poblada de musgo verde como montañas minúsculas está. La parroquia poblana, edificada en homenaje  a Santa Ana, abuela de Jesús, se yergue orgullosa.  Sus sonoras campanas siguen con su tan, tan, tan. Una  de ellas, la mayor, tienen la inscripción: “Santa Ana Huista 1,735”

 

 

En la misma cuadra de mi casa está erguida la gran iglesia, vieja, añeja, antigua, construida durante la época colonial, constante testigo de la historia del pueblo. Sus torres se vinieron abajo por el terremoto de 1917, y reconstruidos años después.

 

Los muros son de mampostería. La construcción del templo se hizo con leche de cabra, yemas de huevo, cal y arena. Los frailes dominicos la edificaron, con la ayuda de indígenas,  quienes fueron llevados desde los poblados diseminados en las montañas.

 

A un costado, el edificio municipal con su cárcel y a la vecindad,  el antiguo  juzgado, ahora sede del Instituto. Frente al edificio municipal, el sencillo parque con sus dos formidables ceibas.

Frente al ayuntamiento municipal estaba también la pila pública hecha de sabino, la cual mandó construir el alcalde don Timoteo Morales. El agua era traída en una canaleta de guarumbo, sostenida por horquetas desde Monajil.

Al lado opuesto de la municipalidad está el centro de Salud, construido durante la administración de don Austreberto González Morales. El parque  en medio de estos dos edificios públicos.

En la margen norte del río Huista está ubicada el pensil, el pueblo.

 

La cabecera, en la margen del río Huista, fue edificada a corta distancia de la población indígena que tuvo estas tierras y sus contornos. Los vestigios se hallan en el lindero con San Antonio Huista, en pueblo Viejo y Zacualpa, consistiendo  en cimientos de edificios y restos de una pirámide. El arreglo de límites con México dejó  al otro lado de la frontera varios poblados que al pueblo le pertenecían con anterioridad por acuerdo gubernamental del 27 de mayo de 1952, la finca Guailá se segregó de Santa Ana Huista y se anexó al municipio de La Democracia.

 

DÍA DE MERCADO

IV

Sobre  el lomo de los hombres y de las bestias  llegaban los productos.  Las todosanteras con sus opulentos huipiles  y coloridos vestuarios se distinguían de los colotecos, jakaltecos y ladinos (mestizos).  El sol caía suavemente en el horizonte.  Aun era temprano. El frío calaba los huesos. El mercado se ubicaba a la sombra de las dos centenarias ceibas. Los pies desnudos dejaban sus huellas en las veredas polvorientas. Los indígenas parecían loros, hablaban entre sí un idioma ininteligible.  Los agricultores continuaban llevando sus productos. Ese día, muchos aprovechaban para ir a la iglesia de estilo colonial.

 

-Está jodida la cosa-, dijo alguien, refiriéndose al gobierno del dictador Ubico.

 Estamos en 1943.

Allí, las chismosas hablaban de zutano y perencejo.  Es el día más propicio.  Como un hormigueo, bajaban por las veredas los aldeanos y demás pobladores, ya sea a vender o a comprar.

 

Las ceibas mostraban orgullosas sus ramas lozanas.  Por los  angostos senderos de Pumul, Buena Vista,  Monajil, El Terrero y demás poblados, seguían llegando los comerciantes.

Iban a vender  garrobos, armados,  conejos, iguanas, tepezcuintes, tacuazines y carnes de animales silvestres.

 

La conglomeración de compradores regateaba.

Aguacates,  mangos, zapotes, naranjas, nances, guanabas, papayas, ayotes, elotes, chipilín, camotes, yucas, flor de izote, chile, manía, maíz, flor de ayote, güisquiles, higos, caña, queso,  miltomate, tamarindo, gran variedad de  hierbas comestibles  y medicinales.

 

Un mosaico de colores y de aromas, era el panorama.  Bajo la sombra de esas dos frondosas ceibas se concentraba gran cantidad de compradores, vendedores y mirones.

 

Las indígenas de Buxup, Jacaltenango; cargaban al polluelo terciado a la espalda, mientras sobre su cabeza llevaba un pesado canasto de tomates.  Las hierbas silvestres y los granos básicos eran lo más importante.

El mercado estaba concurrido y bullicioso.  Transacciones, regateos, chismes, pleitos, romances.  En una chinama de manta el dueño anunciaba su mercancía. La gente la tenía invadida. Jabones de Reuter, perfumes siete machos, espejitos de bolsillo, peines, tijeras, hilos, botones, litografías de santos y novenas, creolina, crema cuatro rosas, vaselina y más.

Frente a la pila municipal, una viejecita del pueblo vendía jabón de coche, jícaras, toles, pumpo y hierbas medicinales.

Apretadas en redes, las  ricas verduras.  Petates, canastas, tinajas, cántaros, comales, piedras de moler, había en copiosidad. 

 

Una joven de Lop ofrecía tamales, enchiladas, chuchitos, arroz con leche, atole de elote, pozol, atolillo, xepes de frijol tierno o ejote, chicha, tabletas, coyoles en miel y melcochas.

 

Los artículos de cuero y plástico no podían faltar. Botas de cuero y de hule, tarugos (zapatos de fútbol) de plástico, chanclas, caites.

 

La tienda de jarcias, redes, lazos, pitas, cuerdas, maxtates, morrales, jáquimas, cinchas, mecapales y más.  

La tienda de artículos  de lata: jarras, regaderas, candeleros, teteras, comales, bacinicas, etc.

El domingo era un día de fiesta. Las  calles del pueblo eran más alegres. De los poblados dispersos a su entorno llegaban las gentes. De Pumul llegaban las todosanteras con sus coloridos atuendos – azul, rojo y blanco-.  En el suelo, bajo la fresca sombra estaban los puestos de venta.

Redes, costales, canastos.

 

Al pie del árbol de framboyán, más conocido como de “machete” que estaba enraizado a un costado de la parroquia, doña Lola Hernández vendía chupetes, coyoles en miel, arroz en leche, güisquiles, aguacates y cigarros de manojo.

Por otro lado, vasos y platos de plástico de diversos tamaños  y colores; así como enseres domésticos de peltre. Por un rincón, estaban amarrados las gallinas y los jolotes.  Nubes de moscas invadían la carnicería.  Enorme vocerío. Rumores de un día.

 

Los compradores bien bañados y cambiados regateaban, discutían, pedían fiado.   Olores diversos saturaban el ambiente pueblerino.

 

-Ajuera hay que star atentos porque se huevean las cosas-, aconsejó un anciano comerciante a un aprendiz.

Las callejuelas estaban alegres. Era día de mercado.  En pleno corazón del pueblo el cacareo de las gallinas, el ladrar de perros, el ensordecedor y desagradable chillido de coches molestaba. De las veredas viejas y torcidas seguían apareciendo los aldeanos.  Los indígenas y ladinos comerciantes estaban de cuclillas o sentados sobre un petate, cerca de sus mercancías. En la pila pública que estaba frente a la plaza, sobre la que años después sería la calle del Instituto, se lavaban la cara los viajeros y las bestias apagaban su sed.

Los patojos enamorados cantaban canciones de amor, acompañados de sus guitarras. Las muchachas, tanto del pueblo como visitantes, enseñaban sus encantos femeninos. Los borrachos estaban emocionados frente a la marimba que desde temprano iniciaba a ofrecer su vasto repertorio. Así se iniciaron los conjuntos marimbísticos de los Herrera, de Celajes de mi tierra y de los Todosanteros, entre otros.

 

Cuando iniciaba a caer la tarde, todos empacaban sus mercancías y se marchaban. Como zompopos se iban los mercantes. El silencio iniciaba a reinar de nuevo.

Años más tarde (1980), el día de plaza-mercado se cambió a sábado.

 

MI CASA

V

No sé porqué, pero uno de los lugares que visito espiritualmente con frecuencia, es mi cuna Guachipilín, y mi casa ya desaparecida en la cabecera municipal de Santa Ana Huista;  esta vez, visitaré  la del pueblo.

 

Ahí está el viejo caserón con sus paredes de adobe, partes desnudas y otras repelladas. Su techo de lámina de zinc. El poyo de lodo, el comal de barro, las ollas de barro, al igual que los jarrones. Las jícaras y los toles suspendidos en horquetas.  Los chucules en un cajón de madera de cedro.  En la cocina, una mesa de madera apolillada, y seis sillas.

El fuego para el nixtamal, las tortillas, el café, los frijoles, arde con viveza.

 Sobre  el tapesco, la gris piedra de moler. En la cocina, algunos trastos de peltre colgados en la paredes. Se oyen palmoteos de tortillas.

Algunas paredes pobladas de numerosas fotografías de la familia y amigos. Los candiles alumbran aún, pues  mucho tiempo después, mi madre, con indescriptible sacrificio, compraría un quinqué. El techo de la sala (el cuarto grande), sin cielo raso, deja ver las dos enormes vigas de cedro.  El enorme zaguán de dos hojas las láminas de zinc con clavos de bronce, está abierto.    El piso de tierra. Sólo el de la sala es de torta de cemento.

Los muebles viejos de cedro derraman su olor fuerte. Repito, una sala, una habitación que es dormitorio. La cocina, la bodega y el baño. La pila en el patio. En el dormitorio, sobre una repisa azul, un cuadro de Jesús Nazareno de Santa Ana, con la cruz a cuestas; su corona de espinas y su túnica escarlata. Mi morral de trapo viejo cuelga de un clavo. No desprendo la mirada melancólica de las paredes tapizadas de viejas y  recientes  fotos.  En el patio, bajo el achiotal dormita el Canelo, el viejo perro familiar. Las aves de corral no lo dejan en paz.  Por el espacio que queda entre  una viga  y la lámina, se escapa el humo de la cocina. En el dormitorio (reanudando) tres camas, una de  guanacaste  muy preciosa, otra de cedro rústico y la última, metálica.  En la metálica mi padre duerme su siesta, ya sea borracho o en sus cinco sentidos...

 

Es un lujo tener una vivienda así, claro, sin menospreciar la de paredes de bajareque, techo de paja y piso de tierra simple. Bajo la sombra del achiotal, la pila de color verde que don Rafael Palacios (24 oct. 1922 – 26-1-2001), construyó, por encargo de mi padre.

Muchas veces nos metemos entre la pila y practicamos natación...

Una pared de por medio nos separa con el salón parroquial y con la vieja vivienda de don Juan Bautista Escobedo.  Paseando una mirada absorta en derredor de mi casa, los recuerdos desfilan  frente a mí.  Llaman a la puerta y quito el pasador: Es el recuerdo. Las campanas de la iglesia llaman a misa.  Antes de dormir, rezamos tantas oraciones, nos persignamos y nos  enchamarramos.  La noche pasa.  La aurora llega.

 

Son las cinco de la mañana. Mi madre tortea. Jala un poco de masa. La convierte en bolita. La aplana golpeándola con ambas palmas hasta convertirla en  una luna minúscula de maíz y la deja caer suavemente sobre el comal de barro.

 

-Ay, cómo será la bruta de la Mina, me mandó “folidól” en vez de “malatión”, murmura mi madre.

 

Antes de salir, mi padre toma su revólver calibre 44, coloca un tiro en la recámara y se la coloca en el cinto.  Mis hermanos y yo sólo miramos y permanecemos en mutismo. Se humedecen de nuevo los ojos de mi madre. Alza la vista al cielo y musita algo.

 

Viendo fijamente la hora en un reloj de pared, he notado que el tiempo está dormido. Siglos inmóviles.  Pienso en mi pasado, cuando oigo la algarabía de los niños y me quedo estupefacto. Un trozo de mi ayer me asusta.  Con la mirada melancólica, aprecio mi casa a través de los recuerdos. Los demás habitantes me gritan: Aquí estoy, no me ignores.

 

Ahora que resido en la ciudad, voy con frecuencia a visitar mi casa, me paseo por todos los rincones como alma en pena.  ¡Ah! Esa primera vez que mi madre se dispone a salir en busca de Rafita, cuando éste aparece agotado. ¡Qué extraño! Inexplicable. Exclama con la expresión más tierna: Mi tío Elder.

Es diciembre de 1994, él cuenta ya con un año y seis meses.

 

-De velas  tío, desde las dos de la talde estuve espelándo-, agrega, abrazando mis piernas.

-Ay no, sentí un no sé qué en mi pecho cuando te vi así de romplón-, dice llorando mi madre.  Ahí está la casa, fiel testigo de tantos acontecimientos.

 

Hoy regresé de nuevo. Llamé a la puerta insistentemente y   nadie abrió, pues lo he hecho espiritualmente. 

 

La  casa ahora sólo vive en el recuerdo. Fue derrumbada para actualizarnos en la construcción, edificando una  casa de block.

 

EL JARDÍN

VI

El pequeño jardín comprende dalias, azucenas, chatas, tulipanes, rosales, begonias, colas de quetzal, claveles y algunas plantas medicinales como ruda, hinojo, verbena, apazote, entre otras.

Mi madre las cultivaba y yo era su principal ayudante.  Un enorme eucalipto, un enclenque nanzal, un frondoso limar de “mush”, un achiotal, un árbol “sombrío”. Pequeño pero aromático jardín. 

Por las noches, en el patio, la ropa que se secaba al sol y  se balanceaba en pitas tendidas de pared a pared, dibujaban fantasmas. Desde el patio, apreciábamos con Sergia, Adalid y Bily, el cielo tupido de estrellas y las figuras que formaban las nubes.

 


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EPISODIOS DE MI VIDA
Por Exvedi


CONTENIDO 

 

I   PARTE

 

ALBORADA

EL PUEBLO

LA PARROQUIA Y MAS HISTORIA

DIA DE MERCADO

MI CASA

EL JARDIN M,

MI CANELO

M I AZABACHE

CHARLA CON LA HISTORIA

LA ESCUELA PRIMARIA

LA TELE

UN ROMANCE

MIRAMAR

LA LAGUNA

LA CHIAPANECA

FESTIVIDADES

EL HALLAZGO

LA JACALTECA

LOS PROTESTANTES

MI PADRE

EL RASTREO

EL INSTITUTO

LOS PASQUINEROS

GENEALOGIA

INVIERNO

VERANO

NATURA

EL CIRCO

LA CAMIONETA

LA MISTERIOSA

LAS CHACHALACAS

UNA CLASE DE HISTORIA

EL SUICIDIO

LA PROSTITUTA

EL SUEÑO MUERTO

EL INCENDIO

LOS TODOSANTEROS

OTRAS ADVERSIDADES

LOS CURANDEROS

CHARLANDO CON LA ABUELA

LOS PATOJOS

PERSONAJES DEL PUEBLO

LOS ABUELOS

TERREMOTOS

LOS CAMPESINOS

MI MADRE

EL ENFERMO

LOS SERENATEROS

EL SOÑADOR

EL RAPTO

 

II PARTE

 

A GUATEMALA

MI PRIMER EMPLEO

UNO DE MIS PARADIGMAS

EL EVANGELICO

ESCUELA SONORA

A LAS ORDENES JEFE

LA APUÑALADA

LA CENICIENTA

ARRIBA TELON

PRIMAVERA Y OTOÑO

EL RETORNO

¡NO!

LA VANIDOSA

LA SEXY GORDA

OSCURIDAD

EL ERRANTE

MI SUICIDIO

DELEITE

LA MIOPE

ILUSION

MI PUPILA

ALCE MI VOZ

VAMOS A SEXTEAR

LA ANCIANITA

DULCE MARIA

OCASO

 

 

ACLARACION:

Escribí este libro porque me interesa reconstruir parte de la  historia de mi  pueblo, mi historia propia y la de muchos más. Evoco mis orígenes, mi itinerario, porque las generaciones venideras tienen derecho a conocer  sus raíces, aunque sea en mínima parte.

Las cursilerías abundan, ellas son reflejo de mi adolescencia y juventud, ya que inicié a redactar esta especie de memorias en 1991,  cuando apenas llevaba 15 noviembres a cuestas.

El libro  se ha extendido y no he logrado revivir ni la curta parte de mis vivencias. Por más que el tiempo, sople como viento fuerte, encendidos en mis recuerdos están mis travesuras infantiles, mis  sueños y frustraciones juveniles, y mis últimos pasos adolescentes.

En algunas líneas expreso mi amor y desamor para con el pueblo.

 

*En esta edición electrónica, publicaré solo  algunos capítulos.

 

PRIMERA PARTE

I

 

 

 

Amaneció.

 

La noche en la que sintió  los dolores del parto fue eterna.

-Ay ishtío, tan cheque, cómo llora mucho-, dijo dulcemente la abuela Olimpia Taracena, más conocida como Mamá Limpa.

-¿Es güiro?-, preguntó Vicente Paúl Morales Hidalgo, de 34 años de edad. 

La suegra de éste respondió afirmativamente.

 

Güicha, como le decían cariñosamente, contaba apenas 26 años de edad (nació en San José El Tablón, San Antonio Huista, el 24 de febrero de 1950).

En la armonía silvestre de Guachipilín, caserío de la aldea El Tabacal, Santa Ana Huista, vino al mundo el susodicho infante.

¿Sabía ella que en su vientre llevaba a un futuro poeta?

Desde ese rincón poético comenzó a erigir sus sueños.

 Arrullaban suavemente las montañas rumorosas, la casita ubicada al pie de una ladera.

En medio del paisaje espléndido, extraordinario, conoció más a Dios, quien se manifestaba en el murmurar del río Huista, en el gorjeo de los pájaros, en los árboles que se mecían, en todo.

Nació en la alborada, el día  4 de noviembre de 1976,  a las siete de la mañana.

Como el alba nació: espléndido, lleno de júbilo. La hora, el día, el mes y el advenimiento del tercer hijo de la familia campesina, quedaron indelebles en la memoria de la joven madre. 

Bajo el signo de Escorpión vino al mundo.

Las primeras horas de vida, los primeros meses de existencia, los vivió ahí, en ese  jardín paradisíaco. La belleza natural de su cuna sencilla deleitó su niñez. Conservó siempre con amor y melancolía los momentos vividos en su cuna agraria. Tímidamente vio por primera vez la luz clara de la creación.

Sus padres nunca pensaron en que sería un  judío errante, que su peregrinación duraría siglos...

 

Mi padre buscó por días en el almanaque un nombre que darme, pero nada le satisfizo.

Fue su madre tierna e inteligente, Abigail Hidalgo, quien le sugirió los nombres de Elder Exvedi, no sin antes explicarle doctamente el significado de ambas denominaciones.

La primavera de mi vida la pasé en Guachipilín y en la cabecera municipal de Santa Ana Huista.

 Desde muy infante batallé contra la muerte. Varias enfermedades me azotaron: Sarampión, pulmonía, viruela, tifoidea, entre otras.  Tantas veces estuve al borde de la muerte, desde mis primeros pasos en la tierra.

Mi familia disfrutaba viéndome correr entre la milpa, frijolares y ayotales.

Mi mamá, conmigo a la espalda, cortaba chipilín, y otras hierbas comestibles  que la madre finca generosamente regalaba.

A veces, desde la semi oscuridad de la sencilla vivienda: paredes de adobe y techo de teja, apreciaba el mundo exterior. Poco a poco se apoderó de todo mi ser el amor por la naturaleza.  Amo tanto mi cuna, como la amé al principio, porque está alejada de la hipocresía, apatía e indiferencia y de toda maldad.

El entrañable amor de mi madre nunca se ausentó. Los cantos con que me hacía dormir en su regazo, se quedaron  indelebles en mi alma. El genuino amor que mi madre sembró en mi corazón,  fructificó.

Mi estancia en el caserío, mi genuina y humilde cuna, me hizo conocer más de cerca al Supremo Creador.

 

Cacareaban las gallinas, los cerdos zampados entre fardos de lodo joceaban, los chompipes correteaban entre las cosechas.

En invierno, nubes de zancudos por doquier. Allí recibí mis primeras lecciones  de botánica, ciencias naturales y piquetes de zancudos.

Cuando nací, mi padre se zampó (perdón, bebióGui?o, dos octavos de guaro. ¿De alegría? Lo veremos más adelante a qué de debía su inusitado comportamiento.

La mirada tierna de mi madre seguía atenta todos los movimientos. A veces la veía orando de rodillas, bajo la sombra de un mangal cercano. No entendía nada. ¿Qué hacía de rodillas? ¿Qué miraba? ¿Qué murmuraba?  Cuando encendía unas rajas de ocote para alumbrarse y cambiarme de pañales, yo esbozaba copiosas sonrisas, y ella se conmovía y reía bendiciéndome.

Ahora cierro los ojos y retorno a mi cuna campestre. Veo las hojas de tabaco extendidas para secarlas al sol.

En ese suelo fértil también se cosechaba tabaco, por eso a la aldea de El Tabacal se le dio ese nombre.

Veo a mi joven  madre con su batea llena de ropa sucia.

 

Ahí transcurrieron mis primeros días, mis primeros  años. En la casa solariega construida por mi padre, estoy sentado.  Esos cuadros grabados en mi espíritu, en el fondo de mi memoria, nacen cada día, como las alboradas.

Mi madre me contaba que los coyotes miraban hacia el cielo por las noches y que aullaban  porque le pedían a la luna con engaño bajara del cielo para jugar, pero lo que realmente querían, era comérsela de un bocado, creyéndola un queso sabroso.

 

Al otro día, el sol enviaba sus rayos de oro y se colaba por todas partes.

Yo, con un manojo de zacate, le daba de comer  al caballo robusto de mi padre.

 

Veía extasiado cuando la luna se posaba y se dormía por ratos en las copas de los verdes árboles. Bebía el rocío del amanecer y cuando veía los rayos del sol, se marchaba un poco asustada.

En las altas horas de la noche, el río lloraba del miedo. Entonces las estrellas volando descendían del cielo como gaviotas celestiales y jugaban con él.

 

Una llama de candil alumbraba la humilde vivienda.  Cuando vivíamos en la cabecera municipal, mi padre nos llevaba a Guachipilín. De pequeño, me encaramaba a los mangales que año con año daban sus ricos frutos. Parecía garrobo, afirmaba mi abuela Limpa.

 

-Güiro atarantado, bajate de ahí-, me ordenó una vez que me vio en esos menesteres.

 

    En el campo, ni las hojas, ni las piedras, guardan silencio. Todo es melodía,  todo es alegría, aunque el trabajo del campesino sea muy, pero muy mal pagado.  Quienquiera que sea  campesino como lo fui yo un día, me comprenderá perfectamente.

 

Mis dos hermanos mayores (Sergia Edelmira y Rodrid Adalid), usábamos como espejo una poza  clara, diáfana, huella de las torrenciales lluvias.

Recuerdo esas noches cuando llovía y esas mañanas que olían a  tierra mojada. Lodo por todas partes. Perfume embriagador de natura.

 

El agua de la tinaja de mi madre, se derrama poco a poco entre la infantil milpa. Iba al río a traer ese vital líquido, pues no existía la potable. No eran muchos los metros que caminábamos para llegar a él, que bondadosamente nos regalaba sus gélidas aguas.

 

Observaba a mi madre  con mis ojos ingenuos cuando hablaba con las milpas, los chipilinares, los zacatonales, los chitepares, los ayotales, los cafetales, los frijolares, tomatales y sobre todo, con Dios.

Tristísimamente era la vida de mi madre cuando sola con nosotros la dejaba mi padre y se iba a Huista, al pueblo donde días después nos mudaríamos.

 

-Pobre el mangal de amate, le dio una  zarandeada el aire, que solo los mangos  verdes quedaron en sus ramas-, murmuró mi padre, como si hablase con la nada.

Cuando era invierno, los vientos fuertes mecían los árboles frutales y sus frutos maduros y riquísimos caían a sus pies.

 

Venados, tepezcuintles, mapaches, gatos de monte, armadillos, iguanas, conejos, ardillas, garrobos, tacuazines, entre otros animales, se paseaban tranquilamente por todas partes.

 

El Canelo, el perro amigo de la familia que estaba amarrado a una estaca de cedro, rompió la vena con que estaba atado y ahuyentó valientemente a la serpiente que iba a hacerme daño. La gallina culeca del miedo arrastró la raja de leña a la que estaba sujeta. Otra vez, tendido en un viejo petate estaba cuando, la misma serpiente volvió a quererme afectar. Yo, poseído de una curiosidad inquieta  lamí la cola del  venenoso reptil. La víbora cascabel  estaba a punto de lograr su objetivo, pero el caballo de mi padre al verla relinchó exageradamente y la asustó, por lo que salió huyendo de nuevo.

 

Maduros rubíes prendían de las ramas de los cafetales. En sus ramas abundaban también los aradores, las hormigas, los zancudos y los nidos de pájaros.

¡Guachipilín, tierra fértil y vegetación extraordinaria! Mi cuna humilde. Paraíso donde miraba a la luna cuando se reflejaba en el agua del río Huista. Allí conocí la lluvia, cuando caía sobre la tierra y la fecundaba.

Por las noches, bajo las miradas de las estrellas y de la luna, mi madre me “chineaba”.

 

Copiosos inviernos conocí ahí.

 

Nadie, excepto Dios, sabía que saldrían a luz muchos secretos de mi itinerario…

 

Dolor, angustia y desesperación sentía mi madre al ver a mi padre tomar la antigua actitud...

El entrañable amor de mi madre nunca se ausentó. Los cantos con que me hacía dormir en su regazo, se permanecen imborrables en mi alma.

 

Una vez,  mi papá  llegó ebrio e insultó a mi madre. Con voz entrecortada por los sollozos, dijo ella, no sé qué, ante el agravio.  Me arrojé violentamente en los brazos de mi mamá cuando él me miró con desdén. Le pregunté de porqué mi miraba así, y no me respondió. Jamás, naturalmente,  me quedé satisfecho con su silencio y callé, tan sólo callé. Con el tiempo, cuando él ya había partido a la eternidad, mi abuela Limpa me reveló la verdad: El decía que yo no era su hijo. Esa idea blasfema, la guardé religiosamente en mi espíritu.   Necesito aclarar que con el tiempo, caminaba orgulloso acompañado por sus dos varones Adalid a la derecha, y yo, a su izquierda. 

 

Entre el tupido milperío, los ayotales como culebras se desplazaban y sus ricos frutos se sentaban como conejos bajo las sombras jaspeadas.

En mayo, la tierna milpa; en junio embarazadas;  en septiembre con sus elotes tiernos en sus espaldas; en noviembre, orgullosas exponían  sus mazorcas sazonas. ¡Ya hay maíz nuevo!

Aún puedo ver a  mi padre entre los maizales tapiscando. Los espantapájaros agotados de tanto espantar a los gavilanes, a los pájaros y a otros haraganes que a van a “shulunear” el maíz. Aún puedo ver a mis hermanos Sergia y  Adalid correr  entre las siembras de sandía, melón, tomate y tabaco.

A veces, las noches lloraban no sé porqué...y con sus lágrimas mojaban las plantas y la tierra, por eso amanecía rocío, decía mi madre.

Yo lloraba al oír cantar al pájaro carpintero y mi madre sonriendo me decía que era simplemente un pájaro. Despertaba de noche y mi padre le ordenaba diciéndole:  ¡Cayá a ese  ishtío, me está quitando el sueño”. Entonces mi madre cantaba a mis oídos: “Duérmete mi niño, duérmete ya, porque viene el coyote y te comerá…”. 

El temor que el canto horroroso recobraba  vida, me inyectaba sueño y hasta el siguiente día  abría mis ojos y llorando pedía pecho. Quizá parezca imposible, pero esos recuerdos me acompañan siempre en el camino.

 

-Ese güiro va a ser poeta-,  aseveró una vez sonriendo  mi padre, a lo que mi madre le preguntó extrañada: ¿Por qué lo dice Chente?

 

-Porque es muy chillón-, respondió él. Ambos rieron a carcajadas.

 

Mi padre no se equivocó, pues el amor por el arte me acompañó de mi tierna infancia, adolescencia, juventud y nunca me abandonó.

Por eso siempre creí que podía  cerrar tranquilamente  mis ojos, pues dediqué toda mi vida...a hacer lo que más me gustó...aunque padecí de hambre y de sed.

 

Mi estadía en Guachipilín, mi verdadera cuna; fue muy breve.

A principios de 1978, partimos a la cabecera municipal, donde mi padre compró un terreno, el cual era propiedad del gran Héroe Santaneco,  Juan Bautista Escobedo.

 

¿Quién imaginó que desde adolescente saldría a recorrer los caminos para alcanzar excelsas metas? ¿Quién pensó alguna vez que trabajaría mucho, me sacrificaría, sufriría, lloraría y sería humillado?

Aún puedo ver esas escenas cuando mi padre, mi hermano y yo, andábamos con una honda en el cuello y con un morral de pita lleno de piedras de río. Desde ese entonces, adquirimos destreza y pulso practicando con los inocentes pájaros. Ah, Guachipilín, ramo de versos olorosos a serenidad.

 

 EL PUEBLO

II

Rodeado, avasallado, ornado de vegetación esplendorosa. ¡Qué panorama grandioso!  Los arroyitos claros, diáfanos, cristalinos, corretean entre los árboles, arbustos, entre sus surcos y se encaminan jubilosos a adherirse al río Huista. El río legendario abre su boca gigante y se traga los arroyuelos y desde ese momento son uno solo. Los pueblerinos se zambullen. Se echan un clavado, único, e irrepetible. Los animales caminan por entre la hojarasca húmeda, olorosa. El sol se enreda en el pelo de los sabinos. La noche desciende sobre el poético pueblo. ¡Ese es mi pueblo!

 

La vida transcurre alegre y lenta. Desde cualquier montaña que avasalla al pueblo, se domina una vista magnífica. Se ven los zopilotes en la vera del río: ellos son los encargados de la higiene pública.

 

En el pequeño, bucólico y somnoliento pueblo, no existe la fugacidad de la vida. Ahí solo se habla de vida, no de muerte. Es un teatro pequeño y agradable. Sus habitantes, comediantes, son a guisa.  ¡Ahí en mi pueblo, me alimenté más de sensibilidad artística!

Se consumió parte de mi niñez y adolescencia en él, y ahora enlazo los pasajes de mi vida vivida en su seno. ¡Ese es mi pueblo!

 

Con infatigable lucha luché por alcanzar mis ideales.  Quise ser diferente. Quise honrar a mi pueblo y aquí estoy ya.

¿Cómo llegar al valle lírico, donde reposa jubiloso mi pueblo? Hay que bajar por varias cuestas empinadas.

 

 

Ahí está el pueblo, bajo la mirada atenta de las estrellas, pájaros, árboles y de Dios. ¡Qué alegría! Ahí recorrí los primeros trozos de mi existencia.

 

Los ranchitos están incrustados entre las montañas. Años después se sumaron más a ellos y nació un caserío, luego, una aldea.

 

Nací ahí, viví parte de mi vida ahí, y no sé dónde cerraré mis ojos y tampoco sé dónde mis cenizas serán devueltas a la tierra. Pueblo mío, ¿hay un lugar para mis despojos?

 

Sobre las crestas verdes de las monta&n


Tags: NARRATIVA

Publicado por hameh0017 @ 12:47
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