Domingo, 23 de diciembre de 2012

LA NAVIDAD QUE VIVI

Las posadas se llevaron a cabo del 16 al 24 de diciembre. Este tipo de procesiones nocturnas que recorrían las calles, pidiendo “posada”, para el nacimiento de Jesucristo, eran muy alegres.

Ellas-según me explicó mi madre, cuando era muy infante-, representaban el viaje que hicieran  la Virgen María y San José de Jerusalén a Belén, huyendo del  empadronamiento del emperador César Augusto que mandó a hacer  por los años 747-749.  Estas posadas que son manifestaciones religiosas, son de origen hispánico y fueron traídas a América junto con la confección del nacimiento y dentro de la celebración de la navidad.

En las casas, en un rincón, se podían apreciar los nacimientos, en los cuales se recreaban campos con aves de corral, bueyes, ovejas, cabras, vacas, asnos, y alrededor del ranchito que representaba el establo, había muchas figuras de cerámicas, madera. Casi todas las casas particulares contaban con su propio nacimiento, pues el protestantismo ya se había extendido más.

En la parroquia construyeron una cabaña cubierta de paja en forma de pesebre.   En él pusieron un albergue con un niño dentro,  representando a Jesús recién nacido, a un lado de él  la Virgen María y San José del otro, completando el cuadro con un  asno y un buey que también estaba a los lados. El asno era real, al igual a los  que representaban a los magos, los cuales estaban de rodillas delante del pesebre y ofrecían sus presentes: oro, mirra e incienso. El piso, que era de ladrillo, estaba saturado de pino: parecía alfombra natural.  Recuerdo que un día antes, dramatizaron una escena.  En el pesebre estaban la Virgen  y San José, contemplando al recién nacido, que al igual que ellos y los demás personajes, eran reales.  El asno se asustaba al ver a tanta gente observándolo. No digamos dos cabras de una todosantera muy conocida dedicada a la crianza de estos animales (me refiero a la señora Romana, que vive en el cantón Reforma, en una de las últimas casas).

El bebé lloraba, y por momentos debían sacarlo para que la madre le diera de mamar.

Momentos después, llegaron los magos. Saludaron, entraron y se arrodillaron a venerar al niño que ya dormía, y les ofrecieron sus obsequios. La música de fondo, era la producida por la marimba de los todosanteros.

 

El 7 de diciembre se dio inicio el ciclo navideño con la quema del diablo, más conocido en el pueblo como la quema del “shutash”. Se juntaron objetos inservibles, chiriviscos, madera, hojarascas, petates viejos, cartones, olotes, doblador y zacate seco.  Detrás del Centro de Salud, donde otrora estuvo una de las primeras escuelitas y cuyos cimientos aùn se pueden apreciar, se hizo una fogata. Decían los ancianos que al quemar al diablo se ahuyentaban a los malos espíritus, además, para purificar las fiestas navideñas. A las 6 de la tarde se encendió la hoguera  y con frecuencia se alimentaba  de chiriviscos, madera, etc.  Los  niños y grandes aplaudimos cuando  el “shutash”  ardía. “Diablo quémate, “shutash” chamúscate”, gritábamos eufóricos.  En los alrededores de la iglesia católica estaban instalados los puestos de comidas y bebidas, tales como chuchitos, enchiladas, tacos, buñuelos, torrejas, algodones, atol de elote, de arroz; café, rellenos y mucho más.

 

Volviendo a las posadas, la primera  salió, como de costumbre de la parroquia el 16 de diciembre y recorrió las calles y se dirigió a la primera casa donde correspondía. En una pequeña anda llevaban las imágenes de  San José y la Virgen, vestidos  de peregrinos. Procedían a la ornada anda de flores frescas y olorosas, faroles con candelas alusivas a la festividad con acompañamiento de guitarras y marimba sencilla o diatónica. Los faroles los fabricaba el maestro carpintero Julio Domínguez y sus hijos Rodolfo, Eduardo y Juan.  Al llegar a la casa que recibió la primera posada, como las que le procedieron, cantaron la petición de posadas; los del interior respondieron, al principio negándose, porque tenían cierta desconfianza de los solicitantes extraños…

Cuando se enteraron de que los suplicantes eran la Virgen María y San José, abrieron gozosos las puertas e ingresó la posada; en ese preciso momento  quemaron cohetillos, canchinflines, silbadores y otros juegos pirotécnicos, y la música vocal e instrumental fue más sonora y palpitante. Dentro de la casa rezaron un rosario, como lo hicieron en las restantes. Sirvieron ponche, tamales, café, pan, chuchitos, enchiladas y otros platillos especiales a invitados y a colados...

Es importante señalar que a las fiestas todos asistían, fueran o no invitados. El pueblo acompañaba con regocijo a los padres de El Salvador. A las posadas concurrían personas que profesaban las diferentes denominaciones religiosas. La gente no tenía necesidad de ser invitada. Sin distinción de rango ni de persona, iban de casa en casa, disfrutando el sabrosísimo  banquete que se ofrecía, por parte de los moradores de  la casa.

NACIMIENTOS

Los nacimientos los elaboraban (los elaboran), a inicios de diciembre, e incluso, desde finales de noviembre y los deshacían el 2 de febrero, día de Candelaria, obedeciendo la tradición. Los nacimientos constaban de figuras antiguas de cerámica, madrea y yeso, con escenas del medio ambiente. Los nacimientos los ubicaban en el suelo, o bien, sobre una tarima o mesa. Algunos elementos que utilizaban era papel de china, papel crepé y celofán, arena de río, arena blanca extraída en el cantón San Juan, camino a Monajil; serrines multicolores (teñidos con anilina), pastores, casitas de cartón y de paja, animalitos, arbolitos, musgo (se iba a traer a los arroyos Grande y Shak); hojas de pacaya, naranja, lima, manzanilla, frutas, bombas de navidad y el misterio (San José, la Virgen María, el Niño Dios, el buey y la mula); estrellas prendidas, bombas de navidad colgadas en el árbol ( que se iba a traer en la pinada camino a Buena Vista); figuras de ángeles, la Estrella de Belén en la cúspide del árbol ( natural). Montañas, barrancos, praderas, ríos, arroyos, se divisaban en los cimientos. Arena blanca y serrines utilizaban para los senderos, para los pequeños caminos. Con pedazos de espejos o plásticos formaban los ríos, lagos o arroyos. También se valían para ello de serrines azules, papel esmaltado o celofán. Es importante señalar que muchas figuras eran producto de nuestro trabajo. El barro lo obteníamos en la Ronda, parte alta del cantón San Juan o Ronda, especialmente sobre la calle del Instituto.

 

 

En mi casa recibieron posadas muchas veces. Evoco que en el extremo de la sala (así le llamábamos a la habitación más amplia), estaba una plataforma decorada con ramas de pino, sabino, ciprés y de arboles frutales. Figuras de hombres y animales representaban una escena rural. En una cuna de paja, yacía un pequeño Niño Dios, que mi madre había adquirido en cinco quetzales. Racimos de naranjas, limas, y algunos melocotones colgaban.  Esa vez, mi  tío Lagüito (Estanislao), hijo más pequeño de mis abuelos Juan y Olimpia, nos ayudó a elaborarlos.

 

Quien elaboraba uno de los más extraordinarios nacimientos era tía Esther Lemus, la tía del pueblo…

 

En el nacimiento enorme de la parroquia, se colocó el Niño, como ha sido y es, el 24 de después de las 24 horas.

Después del 24 de diciembre se inició el rezo del novenario dedicado al Niño Dios. Ponche caliente, tamales y otros ricos banquetes disfrutamos. La Sentada del Niño y el robo del mismo fueron, es y será…uno de los detalles más extraordinarios. El   Niño Dios que estaba acostado se sienta. Alguna de las personas que visitan el nacimiento se llevaron el Niño o se lo “robaron”, luego le avisó al dueño y por la “devolución” se hizo una fiesta y lo colocaron en su lugar.

 

El 7, como ya lo dije, fue la quema del diablo; el 8 se celebra la Inmaculada Concepción, el 12 es el día dedicado a la Virgen de Guadalupe; el 24 la Nochebuena y el 25 la Navidad. El 6 de enero se conmemora el Día de Reyes o Epifanía y el 2 de febrero el Día de Candelaria, concluyéndose así el ciclo de Navidad.

 

Nos contaban los ancianos que la costumbre de confeccionar nacimientos  fue traída a Guatemala por los franciscanos y que los primeros religiosos en llegar a Santa Ana Huista la llevaron; esto sucedió probablemente a mediados del siglo XVI.

Asimismo, narraban que los primeros nacimientos  que se elaboraron en el pueblo, se fabricaron dentro de la iglesia católica.

 

La costumbre de hacer nacimientos dentro de las casas particulares debió extenderse en el siglo XVIII, según la tradición oral del municipio. Al hermano Pedro de Betancourt se debe la costumbre de poner en el nacimiento frutas de la estación y la de sacar las posadas.

 

Es noviembre, ya va siendo tiempo de ir a las montañas del pueblo a traer pascua silvestre para iniciar a elaborar el nacimiento, como lo venimos haciendo desde muchos siglos…

 

 


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NAVIDAD DE ANTAÑO

 

El repicar de las campanas se mezclaba  con los cantos, algarabías, con la música de marimba, con el ruido de cohetes de vara y de otros juegos pirotécnicos.  En las calles hormigueaba la gente. La majestuosa iglesia estaba a reventar. Al anochecer,  la luz ondeante de un sendo manojo de ocote brillaba y alumbraba los pasos de los peregrinos que iban a solicitar posada.  Algunos niños y adolescentes llevaban faroles cubiertos de papel de china  de diversos colores, iluminados por velas dentro.  Faroles rojos, verdes, anaranjados y amarillos, daban mayor ornamento a José y a María,  quienes eran llevados en un anda adornada con  multicolores y olorosas  flores, por las calles serenas de la encantadora Santa Ana Huista.  Los chinchines, los pitos, las tortugas, las guitarras, las marimbas y los cantos humanos, hacían oír  su eco hasta distantes  horizontes.  Ese 16 de diciembre de 1951, el pueblo, con extraordinario júbilo, continuó  la celebración de  las fiestas navideñas,  pues el 10 de febrero de ese mismo año, había  logrado su ansiada y venerada  Independencia.  Entre los santanecos  borrachos de alegría,  iban los líderes de esa memorable gesta  patriótica, Juan Bautista Escobedo,  Filomeno Hernández Domínguez,  José María Mérida, Ismael Montejo, Miguel Matamoros Lemus, José Ramón Hernández, Paulina Martínez, Carmen Matamoros Lemus y Concepción Castillo, por citar algunos.  Después de largos años, el pueblo había renacido..., y manifestaba de esa manera su alborozo indescriptible. Los adultos llevaban sus respectivos ocotes, y los niños, sus ocotíos, pues el pueblo de ensueño, aún no contaba con energía eléctrica.  Los ranchitos y las pocas viviendas de adobe y teja, estaban adornados con hojas de pacaya y de ramas de árboles frutales. Los niños, adolescentes y adultos traviesos, ataban las matas de “escubillo” para tenderle trampas a los devotos. Esos caminitos poblados de hierbas frescas, quedaban heridos de tantos pisones; por el empedrado de las  céntricas  calles, quedaban las huellas de los caminantes...     El pueblo, adormecido, tendido en el valle hermoso, estaba oloroso a manzanilla, pino, tamales, poche caliente y a cusha.  Los fieles católicos casi se peleaban por llevar en hombros el anda que llevaba las dos imágenes de José y María.  Niños, adultos, pobres y ricos, se unieron en ese festejo y cantaban a una sola voz, cánticos alusivos a la festividad. José y María buscaban posada. Eran humildes peregrinos.  Ella sufría ya los dolores del parto celestial: el Hijo de Dios estaba por venir al mundo.  José, el carpintero, llevaba un morral minúsculo y un bordón; y María, una pequeña cuna de algodón.  La posada donde tocaron no mostró ni el mínimo interés de abrir. No querían darles un lugar donde pasar la fría noche. Un coro potente de voces anunció  quiénes eran los especiales solicitantes. Adentro, otro coro contestó, y por fin, las puertas de abrieron de par en par y las voces de ambos coros cantaron al unísono.  -“Las fiestas religiosas navideñas, se inician desde la concepción dela Santísima VirgenMaría,La Quemadel Diablo, que en el pueblo llamamos “shutash”, las posaditas, entre otras-, dijo el  líder santaneco, don Juan Bautista Escobedo, a unos jóvenes que orgullosos caminaban junto a él. Tanto el primer hogar como los restantes que recibieron las posaditas, ofrecieron tamales, café, ponche caliente, pan, tortillas dulces (masa con panela, huevos y manteca).  Tendieron en el suelo extensos petates para que la gente reposara,  mientras a su lado, colocaban rimeros de tortillas dulces, y demás platillos especiales.  La marimba de Los Gaspares era una de las que como ofrenda sagrada, ofreció su magnífica música. Los pobres y ricos, especialmente  los últimos, mataron cerdos, jolotes y otros animales, para preparar, los exquisitos banquetes.   Los nacimientos con sus personajes, objetos, animales, ranchos de paja, casitas de cartón, pastores, melocotones, limas, naranjas y guineos, hacían más extraordinaria la festividad. Hojas de pacaya, rosarios de manzanilla, pascuas de montaña, emanaban su perfume penetrante.  Los nacimientos de ese año habían sido elaborados con  mayor entusiasmo, debido a la victoria ya mencionada; para ello, usaron, como siempre, arena blanca, musgos, hojas de pacaya, ramas de lima,  naranja, sartas de manzanilla y pino.  Los pastores, las ovejas, el buey, la mula, el burrito, la vaca, y otros, eran de barro. El aserrín de colores, le daba  más magia a los a los nacimientos, los cuales parecían güipiles de mil colores. 

 

Ocho días antes de iniciar el mes de navidad, los niños corrían entre los matorrales los pollos para el banquete. En uno de esos quehaceres, un niño se internó entre el chichicastal y no tardó en gritar al sentir el inaguantable ardor, mientras la madre que no se había  percatado de lo sucedido, gritaba: ¡Agarralo  del pescuezo, salado, baboso, sonso güiro!   El niño con los ojos cerrados e inundados de lágrimas, salió con el pollo desplumado entre las manos. ¡Mirá, ya ni chiste tenés vos, todo pelón los dejastes!-, gritó la madre. 

 

Mientras aquel desafortunado infante recibía los primeros auxilios, el estallar de cohetillos continuaba.  –Ve, ya te chamuscastes las tentonas-, era uno de los regaños frecuentes al oír llorar a los aventureros niños.  El fuerte olor a pólvora se retiraba silenciosamente, gracias a la presencia apacible del olor a navidad.  La gente se congregaba a toda hora en la iglesia, pues es uno de los más adecuados lugares para entrar en comunión con el Supremo Creador,  por medio de la oración.

 El ki...ki...ri...kiií de los gallos anunciaba alegremente el nuevo día.    Las  marimbas con su cantos de ríos, pájaros, grillos, vientos y aguaceros, las guitarras con sus diáfanos trinos y las voces humanas, alegraban más el ambiente.   Las callejuelas del poético pueblo estaban sordas de tanto oír los gritos relajeros de los  juegos pirotécnicos.      En casa de los ricos utilizaban candiles de lata con sus enormes mechas de trapo  y velas de cebo para alumbrarse, mientras los pobres, ocotes.   Todo el mes de diciembre fue más festivo que nunca. Muchos días antes, los niños se adueñaron totalmente de las calles con sus cohetes y candentes tizones, anunciando una de las  festividades más trascendentales del universo.   El esplendoroso pueblo se inundó de música, alegría, entusiasmo y fe. Desde  el 7 de diciembre que se realizó la quema del diablo en el atrio de la parroquia, la gente de aldeas, caseríos y de todos los poblados, empezaron a llegar con mayor frecuencia al pueblo.

 

El 24 nació Jesús,  en el seno de la iglesia. A las doce de la noche, sonaron las campanas y el pueblo con mayor júbilo se desbordó en abrazos, felicitaciones, deseos y suspiros. Todos disfrutaron tamales con ponche caliente, café con piquete, guaro, y muy pocos privilegiados bebieron vino, traído de Comitán, Chiapas, México.   A las doce de la noche, según el reloj de bolsillo de don Filomeno Hernández,  las campanas jubilosas  con su dan, dan, dan, dan, anunciaron el nacimiento de El Salvador.  El tiempo se quedó dormido...

 

El31, ala media noche, el doblar alegre y renovado de las campanas pregonaron que el nuevo año había llegado junto a la tímida aurora, y que el “viejo” se había esfumado entre los dedos de Dios.  Sólo las montañas míticas que rodean al esplendente pueblo no se marcharon y ahí están y estarán, hasta el  fin del mundo.   El pueblo enclavado en Los Cuchumatanes, como una celestial alborada, vibraba de gozo. Un rosario de cristalinas lágrimas de gratitud y paz, se resbalaba lentamente por el rostro de cada  santaneco.

 

El 24 y el 31 por la noche, se realizaron alegres bailes, bajo la tutela de las centenarias ceibas que se alzaban imponentes en el corazón del pueblo.  Las marimbas de Los Camposeco y de Los Gaspares,  amenizaron esos bailes con sus músicas contagiosas de alegría.

 

*Capítulo escrito el 5 de noviembre de 1995.

 


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HE AQUÍ, JESÚS, MI CORAZÓN

 

He aquí, Jesús, mi corazón,

el humilde pesebre, el mesón;

he aquí, un humilde hogar

para que puedas morar.

 

Has venido en Navidad

pletórico de dicha y bondad;

con el alma florecida de alegría,

con tu amor que derramas día a día.

 

Beso tus manos nazarenas

olorosas a azucenas,

y anhelo se esfume la guerra

y venga la paz a esta tierra.

 

He aquí, Jesús, mi corazón,

serena y sincera aldea

que en ti se recrea.

He aquí, Jesús, mi canción.

 

 

 


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Mi?rcoles, 19 de diciembre de 2012

En diciembre de 1994, un amigo muy querido (Q.E.P.D), me dijo: “A vos que te gusta garabatear, deberías escribir un brindis a nuestra salud. Y no son babosadas, es tu tarea pue…”

 

Al día siguiente, le di una copia del siguiente texto; sencillo, claro, y hasta “tonto”, si se quiere,  pero nos reimos mucho.

 

 

EL BRINDIS DEL SANTANECO                                                                                               

Autor: Elder Exvedi Morales Mérida. 1994.

 

En una humilde y vivaracha cantina,

cuya propietaria era doña Serafina,

estaban, como de costumbre, reunidos,

unos bohemios e íntimos amigos.

 

Bebían con avidez el licor,

“pa apagar el tremendo calor”,

decían entre broma y broma,

y les importaba un comino la goma.

 

Y es que el trago de olla,

que comerciaba doña Goya,

era el más apetecido,

y como agua, consumido.

 

Hasta los de “hacienda”

fingían ir a la cercana tienda

a tomarse una agüita,

pero no era mas que de esa agua bendita.

 

Además del exquisito aguardiente,

saboreaba cada cliente

las boquitas que doña Serafina

servía muy amable, muy fina…

 

Y para el tiempo de jocosh,

decía mi abuelo Posh,

la cusha gustaba más

que hasta se emborrachaba don Tomás.

 

-¡Qué hora será usté Juan Huista?

preguntó Pedro Ixim, el más sensible artista.

Y Juan Huista, el interrogado,

que su reloj había consultado,

respondió: las once y cincuenta y cinco.

Y seguidamente se puso de pie de un brinco.

 

-Púchicas, ya merito las doce-,

dijo José Pixcoy con goce…

-Ya mero compadrito,

pero pida fiado otro litro-,

sugirió Juan Huista,

que a doña Serafina no perdía de vista.

 

Y el guaro vuelve a la mesa senil

junto al viejo candil

que alumbra a los muchachos,

a los bohemios, a los borrachos.

 

-¡Las doce ya mis hermanos!

gritó Juan Huista, con la  botella en sus manos.

-Brindemos pues compañeros,

amigos del alma, amigos sinceros.

 

-Yo brindo-, expresó José Pixcoy,

porque el camino por donde voy

me dé siempre buenas amistades

y no cosas superficiales.

Porque sin amistad, la vida,

 

es un laberinto sin salida…

Por mi familia, por mis amigos,

por el trago y por mis enemigos.

 

¡Bravo José Pixcoy!, dijeron,

y con mucha sed bebieron.

 

Pedro Ixim tomó su botella,

mientras José Alfredo cantaba  “Ella”,

y con hondo sentimiento brindó:

-Por la mujer que amo y me abandonó,

por mi María Chirimía,

para que a mi rancho vuelva un día.

Y por ustedes, hermanos míos,

que aman la paz y huyen de los líos.

 

¡Bravo Pedro Ixim!, dijeron,

y con mucha sed bebieron.

 

 

Sólo faltaba el brindis de Juan Huista,

el más altruista y bromista.

Se empinó la botella de aguardiente

y se rascó la pronunciada frente.

Alzó la melancólica mirada al cielo

con el más insondable anhelo,

y dijo, casi llorando,

como si estuviera delirando:

-Brindo por Dios, por la amistad,

por la paz, por la humanidad;

por ustedes hermanos

y por mis enemigos, por esos zutanos…

Y ruego a nuestro Creador

derrame siempre su amor

a este pueblo inocente…

Y que despierte la gente

de esa inmensa somnolencia

¡y a la jodida la inocencia…!

Brindo por la sabiduría,

por la bendita alegría

y por el guaro señores.

Y claro, por los amores.

Porque la envidia y el egoísmo,

el chisme y el cinismo,

se vayan a la chingada,

y ya no jodan más a  mi tierra amada.

 

 

¡Bravo Juan Huista!, dijeron,

y con mucha sed bebieron.

 

 

Y como agua, la cusha bebieron,

y al año nuevo recibieron,

entre brindis, abrazos y estrujones;

entre risas, lágrimas y libaciones.


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Martes, 18 de diciembre de 2012

HUITZ-TAJ

Autor: Elder Exvedi Morales Mérida. 1997

 

Huitz-taj es tu nombre original

radiante  y poética Santa Ana Huista, 

y  en Pueblo Viejo o Zacualpa, primaveral,

tuviste tu génesis de amatista;

tu cuna indígena y vegetal,

muy cerca de Buena Vista.

 

Huitz-taj es tu nombre  primitivo,

pueblo paradisiaco y no altivo, 

pero el español que vino un día,

cambió tu nombre con algarabía.

 

Pero a pesar de todo Huitz-taj,

eres verde y serena primavera,

en mi alma soñadora, en mi carcaj;

y la poesía en ti siempre prolifera

como en la patria de Pascual Abaj;

y por eso, mi ser, a Dios venera.

 


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Lunes, 10 de diciembre de 2012

INDEPENDENCIA  SANTANECA

 

La tarde agonizaba cuando el alcalde municipal de Santa Ana Huista, Tomás  Morales, leyó asombrado, incrédulo, el acuerdo gubernativo en el periódico El Imparcial, en el cual el presidente, general Jorge Ubico Castañeda, ordenaba a que todos los municipios que no cubrían sus presupuestos, debían anexarse a los más cercanos, volviéndose entonces en aldeas. Volvió a leer aquella aterradora noticia y guardó total silencio por un momento. El acuerdo gubernativo decía literalmente: “Casa de Gobierno: Guatemala, 11 de diciembre de 1935.      Examinada la solicitud de la  Jefatura Política de Huehuetenango, relativa a que se supriman algunos  municipios que no reúnen las condiciones que requiere la ley para anexarlos a los que estén más próximos, con el objeto de impulsar de manera más afectiva el adelanto del departamento; y,  CONSIDERANDO: Que es atendible la solicitud,   POR TANTO;     El Presidente de  la República  ACUERDA:   Anexar el municipio de San Lorenzo H., al municipio de Huehuetenango. El de Santiago Chimaltenango, al municipio de San Pedro Necta.  Los municipios de San Adrés H. y San Marcos, al  de Jacaltenango.  El de San Martín Coatán, al de Todos Santos. El de Santa Isabel H., al municipio de San Juan Atitlán. Los municipios de San Rafael Petzal y San Gaspar Ixchil, al municipio de Colotenango. El municipio de Santiago Petatán, al de Concepción. El de Santa Ana Huista, al municipio de San Antonio Huista. El municipio de El Quetzal, al municipio de Santa Cruz Barillas.

Comuníquese.  UBICO     El Secretario de Estado en el Despacho de Gobernación y Justicia. GMO. S. DE TEJADA”.       Mudo de aturdimiento, de confusión y de frustración, ató su lengua; un  mutismo le asestó un golpe certero. Con dificultad  pudo levantarse y comenzó a caminar lentamente para comunicar la nefasta noticia, y así lo hizo. El pueblo escuchó con visible tristeza la información. Todos, hechos una furia, maldecían al dictador Jorge Ubico. Don Juan Bautista Escobedo arrebató El Imparcial de manos del alcalde. Lo arrojó al lodo y pisoteándolo con dolor y rabia gritó a todo pulmón: ¡Maldito    Ubico! Se lanzó sobre el periódico y le descargó una tremenda golpiza, como si el diario tuviera la culpa.                       Casi entrada la noche, en casa de don Juan se reunieron los líderes. No hubo saludos. La tristeza los tenía oprimidos. Don Juan tenía clavada la mirada en una fotografía vieja que colgaba de un clavo en la pared, la cual pertenecía a sus padres.                         Estaban ensimismados.

-Hemos comenzado a vivir un infierno jamás imaginado-, dijo don Juan, irrumpiendo el silencio.

-Siendo nuestro pueblo el más antiguo, fundado por los españoles en esta región, no creo que corramos esa suerte-, replicó don Filomeno Hernández Domínguez.

-Ubico es capaz de cualquier cosa, incluso, de matar a su propia madre-, agregó el alcalde don Tomás Morales.

-Tengamos cuidado con lo que decimos del Señor Presidente. Recuerden que esta es una época muy difícil, hasta podría  ordenar que desaparezca nuestro pueblo del mapa-, aconsejó don Próspero Morales Velásquez.

 

El municipio se suprimió  por acuerdo gubernativo del 11 de diciembre de 1935.   En cuestión de  minutos, la vida del poético pueblo sufrió un cambio dramático.           Desde el  momento en que la tristísima noticia se propagó, los huistecos  se organizaron para iniciar la dura batalla. 

Bajo la sombra de las dos magnas ceibas que se hallaban en el corazón del pueblo, el 12 de diciembre de ese mismo año, se concentraron por segunda vez.

-Vamos a lograr el desanexo  a como de lugar-, dijo don Jesús María Mérida, con un destello misterioso en su rostro.

-Huista (así se le conocía también a Santa Ana), nuestro terruño sagrado, no será esclavo de nadie-, advirtió don Vidal Lemus Matta.

-Solo unidos lograremos triunfar-, aseguró don Ismael Escobedo.

-Debemos darlo todo, incluso la vida, si es necesario para lograr el desanexo-, insistió don José Ramón Hernández.

-Necesitamos actuar en cuanto antes, para que nuestro sufrimiento acabe pronto-, argumentó don Samuel López Montejo.

-¡Santanecos, que nadie desfallezca; necesitamos gente valiente y luchadora!-, reiteró gritando don Mariano Barrios.

-No tenemos porqué darnos por vencido jamás-, aconsejó casi llorando don Robustiano  Lemus.    

Don  Esteban Antonio Castillo se puso de pie y dijo: No acepto y nuca aceptaré que nuestro hermoso pueblo se haya convertido en una aldea, porque no es justo. Lucharemos hasta lograr el triunfo.

 

-Lograremos la victoria, porque somos huistecos honrados y trabajadores, y Dios nos ayudará-, advirtió don Cristóbal Peláez.

 

Cuando concluía la intervención de cada líder, el pueblo irrumpía en aplausos y llantos.

 

 

Durante muchos días se reunieron los líderes y el pueblo para iniciar los trámites de Independencia.

 

...esos encerraron a Huista en un oscuro, apestoso y húmedo calabozo, cárcel, jaula, iniciando así, una larga condena injusta de casi 15 años, aunque los santanecos jamás imaginaron que esto durarían las múltiples torturas.   Las tinieblas casi no  se ausentaban jamás. La esperanza iba frecuentemente a visitar al poblado, pero pronto de marchaba. Esa comunidad laboriosa no merecía  esos indescriptibles sufrimientos. No. Nunca.  Jamás.  Tantos desprecios, tanta burla, tanta humillación sufrió Huista. Levantó la cabeza, fijó su mirada en el horizonte y dijo: Necesitamos hombres y mujeres valientes, perseverantes  y en breve se vio rodeado de valerosos. De pronto, un silencio gritó  y ensordeció a todos... El demonio prorrumpió en una sonora carcajada y dijo: No dejaremos que ésta aldea vuelva a...

Entonces Santa Ana, involuntariamente, se entregó a la más cruel desesperación...

 

En enero de 1936, los líderes Samuel López, Filomeno Hernández, Vidal Lemus, Mariano Barrios, Robustiano Lemus, Próspero Morales Velásquez, José Ramón Hernández, Jesús María Mérida y Juan Bautista Escobedo,  partieron al amanecer rumbo a la ciudad de Guatemala. La gente los despidió y pronunció con orgullo ferviente sus nombres.

 

Don Juan iba con la miraba perdida en el paisaje mañanero que desfilaba frente a sus ojos. ¿Cómo entregar ésta riqueza a los tonecos?, dijo en silencio, mientras por sus mejillas se deslizaban lentamente copiosas lágrimas.

 

Viajaron a lomo de bestia, no por Camojá ni por La Providencia ni por Camojallito, sino por Todos Santos.

 

Desde la lejanía divisaban a Huista, que más que poblado, parecía un lugar irreal: bello, extraordinario, encantador.

Fue este uno de los procesos más determinantes en la historia del pueblo huisteco.

Se constituyeron pues a la ciudad capital. Las montañas, la distancia, las veredas casi intransitables y otros obstáculos, no los intimidaron.

A lomo de bestia y durante largas y agotadoras jornadas viajaron. Los caballos con sus jinetes se perdían en el bosque, reaparecían más adelante en una loma.

 

 

Los demás líderes se mostraban muy agotados, por lo que don Juan les ordenaba vehemente: No se desalientes, no en vano será nuestro sacrificio.

 

Fue una época difícil, llena de tensión y sinsabores.

Caminaban las veredas que suben y bajan y se pierden en los bosques ubérrimos. Don José Ramón Hernández encendió un cigarrillo con la colilla del otro, secó el sudor que bañaba su frente y continuó  sumido en  los pensamientos, como los demás.  Subiendo y bajando por un camino estrecho, solo apropiado para  caballos o animales de carga, se dirigían a la lejana, muy lejana  ciudad.  Curvas  y grandes barrancos en medio de una solitaria naturaleza. De vez en cuando, encontraban pocos caseríos.  De la densa vegetación parecía que iban a salir delincuentes y acabarían con sus valiosísimas vidas. Sufrimientos desgarradores soportaron. No les importó la inclemencia del tiempo, porque amaban verdaderamente a su terruño.

Llegaron al fin a la gran ciudad. Humildemente pidieron la palabra. Se les concedió y expusieron las razones por las cuales solicitaban el desanexo y ellos, los poderosos, no la aceptaron. Volvieron desfallecientes, desalentados, pero no habían perdido la batalla.

Los resultados fueron infructuosos. Lloraron. Se sintieron desgraciados. Creyeron erróneamente que la odisea había sido en vano. Tan sólo dejaron la solicitud  y retornaron.    La esperanza, como vela en medio de un tornado, se apagaba cada vez más.     Ubico, el perverso, desgraciado, salvaje, no quiso liberar a Huista.   Tanto llanto en los ojos. Tantos dolores en el alma.  Durante largos años de anexo, Santa Ana estuvo privada de sus derechos. Añoraba con todas sus fuerzas ser libre de nuevo y verse como un pueblo autónomo, y no como una aldea.  Los verdugos lo destruyeron casi por completo. Hurtaron cuanto pudieron. Extrajeron recursos naturales. Los santanecos se convirtieron en vasallos, en esclavos.  Cuando San Antonio requería fuerza de trabajo, les era fácil obtenerla. Los huistecos pagaban sus rentas, impuestos; proporcionaba bestias, mozos cargueros y todo lo que se le antojara.   Tanto insulto, tanta humillación, tanto odio, tanta maldad que sufrió el poético poblado.                  No todos  podían conciliar el sueño. Los pocos que dormían la siesta, soñaban que Santa Ana desaparecía, como la niebla al sentir los ardientes rayos del sol.

Los ojos de don Juan Bautista brillaban bajo las pobladas y entrecanas cejas. Al oír sus pasos, todos salían a saludarlo y a preguntarle de qué medida se tomaría para continuar con el proceso. Muchos no sabían siquiera leer y escribir, pero tenían voluntad de luchar por ese sacrosanto ideal.  Cuando don Juan hablaba, todos guardaban silencio profundo. Se irritaba exageradamente cuando veía pesimismo.   Se reunían para ver qué solución encontraban.   Todos estaban muy dolidos porque el pueblo parecía no liberarse del injusto castigo.  Santa Ana caminaba triste y cabizbaja. Desconsoladoras reflexiones atormentaban los cerebros.

 

El  13 de mayo, a la luz de  cuatro candiles, se reunieron los líderes hasta altas hora de la noche, en el edificio municipal de antaño, donde actualmente está establecido el edificio del Instituto.

 

-¿Quiénes me acompañarán?-, preguntó don Juan Bautista, mirando a su alrededor esperando quién dijera yo, quiénes dijeran, nosotros. Ni una pizca de silencio hubo. Todos respondieron al unísono con  voz valiente, patriótica y potente: ¡Yo don Juan!.

 

Eran las tres y media de la madrugada cuando los señores Miguel Matamoros, Emilio Escobedo, Austreberto González, Juan Bautista Escobedo, Cristóbal Peláez, Próspero Morales Velásquez, Guillermo De Arcia, Juan José  Lemus,  Robustiano  Lemus, Filomeno Hernández, Esteban Castillo, Francisco Lemus y Abel Lemus, emprendieron la nueva odisea. Se pusieron de pie con ardoroso amor.    Mientras se alejaban, recorrían con la vista sus calles, sus viviendas con techos de paja, palo pique, bajareque y pocas de adobe. La muchedumbre lloraba y les animaba con aplausos y vivas.             Los sorprendió el alba en plena travesía.

¿Qué tal si morimos  en el camino? Pensaban, pero  no les importaba morir, porque valía la pena su esfuerzo admirable.   Llovía, era pleno invierno.  Los relámpagos quebraban las ramas de los árboles, y de las entrañas de las montañas brotaban los claros arroyuelos.                      Los hombres y mujeres que se habían quedado en el terruño amado, ladraban la tierra de los líderes para pagar su cuota justa.  De real en real, iba, ahorrando, para la causa (era la moneda de entonces).    Todos veían aproximarse con júbilo el día de la autonomía municipal. Entretanto, los tonecos aprovechaban a lo máximo enriquecerse a base del sudor de la gente trabajadora y honrada.

Las hazañas fueron muchas.       Tras una abrupta subida, se divisó Huehuetenango. Bajando de aquella cumbre, se sintieron con más aliento; pero faltaba mucho para llegar a la ciudad capital: 260 kilómetros. En Huehuetenango,  como siempre, dejaron sus bestias y abordaron la camioneta llamada Los Cuchumatanes,   cuyo conductor se llamaba Horacio, y lo apodaban “Mamá Yaya”.

Después de tanto sufrimiento, llegaron a su destino. Entraron a la oficina, no sin antes rezar y sacudir sus calzados.  Hicieron profundas reverencias y pidieron alguna respuesta de la solicitud que por escrito habían hecho con anterioridad.

-¿Será que el Señor Presidente nos puede atender?-, interrogó don Juan Bautista, al funcionario público, el cual le contestó con una carcajada sarcástica: El Señor Presidente no tiene tiempo para aldeanos.

-Entonces –,  intervino humildemente don Filomeno Hernández-, ¿sería usted tan fino de decirnos si la solicitud que le hicimos por escrito ya fue atendida?  El empleado público los escudriñó con evidente indiferencia.

-Hágannos usted el gran favor; vinimos desde Santa Ana Huista, poblado que está muy cerca de México y nuestro viaje ha sido muy cansado-, suplicó  don Samuel López Montejo.

El encargado mal encarado, buscando en un gran legajo, halló la solicitud intacta.

-Bueno –dijo indiferente-, se me ha olvidado hacerle llegar esta solicitud al Señor Presidente.
-Pero, es que, nosotros vinimos desde muy lejos-, argumentó don Filomeno Hernández.

-¡Eso a mí no me importa!-, respondió descaradamente el recepcionista. Si  quieren-agregó-, vienen dentro de un mes, tal vez ya tenga alguna respuesta.

La última intervención fue la de don Juan Bautista quien con voz suplicante le dijo: Tenga usted misericordia de nosotros y hágasela llegar.

 

Los adalides santanecos hicieron las reverencias y emprendieron el camino de regreso.       Ese segundo intento fue también tortuoso.     ¡Qué suplicio el proceso!  Espesas tinieblas llenaban el alma de cada uno de esos hombres agrarios, de maíz, al enfrentar esa amarga realidad. ¿Cómo irían a reaccionar  los santanecos cuando se enteren que otra vez nos han negado la libertad?-, pensaban con el corazón sangrante los agobiados héroes.

 

Después de muchos días de camino, llegaron a Huista.  Cuando los pobladores oyeron el resultado, lloraron, lloraron como lo hace un niño en medio de la oscura noche.

-¿Estás bien Juan?-, preguntó por centésima vez don Jesús María Mérida.

El interrogado sólo lo miró y asintió con la cabeza. Mintió al decir sí, porque aquella escena de su señor padre lo tenía intranquilo, pues cuando partieron, la vida de su progenitor pendía de un hilo.  El tuvo que partir. Su padre agonizante se lo suplicó por el bien de Santa Ana. Recordaba que antes de marcharse,  se encontraba frente a él, y leía la muerte en sus ojos, pero a pesar de ello, le obedeció.             Don  Jesús María Mérida lo miró por un instante y le dijo tiernamente: Ten confianza en Dios.

 Esa vez que regresaron, don Juan Bautista Escobedo tuvo  doble tristeza: el resultado negativo en la capital y la muerte de su padre, don Ismael, uno de los personajes que más contribuyó económicamente.

 

Los santanecos devoraban en su prisión, su pasado libre, sin ataduras, sin tantos inconvenientes...         Pero debían prepararse de nuevo.       Acogían de nuevo con entusiasmo la idea de seguir luchando.   Tantos años de sufrimiento y la esperanza negaba mostrar su rostro.    Pero el sueño renacía de las cenizas.         Por desgracia, en otra ocasión en que se intentó de nuevo, Jorge Ubico estaba más endemoniado y exageradamente colérico, pues había descubierto que se estaba quedando solo, sin el apoyo de sus esclavos...pues el pueblo guatemalteco exigía su renuncia.

 De nuevo se le notificó a Santa Ana Huista la sentencia y otra vez era negativa.  Santa Ana arrodillada pedía piedad y nada, nada.  El aterrador no, se hacía escuchar siempre.  Ni yo mismo que soy el pasado recuerdo cuántas veces no se le negó la autonomía a Huista.  La frustración, enfermedad devastadora, azotó por siglos... a la comunidad sublime.  Por momentos Santa Ana desfallecía y caía al suelo, pero pronto se levantaba. Un fuego interior brotaba  y volvieron a intentar, pero no lo lograron, como en otras ocasiones.  Cuando Jorge Ubico fue derrocado por un movimiento  popular  que culminó con la Revolución del 20 de octubre de 1944, (involuntariamente presentó su renuncia el 1 de julio), el panorama se mostró esperanzador.     Los huistecos Cristóbal Peláez, Filomeno Hernández,  Juan Bautista Escobedo, Jesús María Mérida y Vidal Lemus, viajaron a la cabecera departamental de Huehuetenango. Por la misma ruta antes mencionada, fueron en busca de asesoramiento, el cual lo encontraron en don Jacinto Sosa Alvarado.  No fue uno, ni dos, ni tres viajes los que realizaron a la cabecera departamental, sino muchos. Don Jacinto hacía los trámites en la capital guatemalteca, acompañado de los adalides santanecos. En el mes de septiembre de 1950, hicieron la última travesía, pues gracias  a don Jacinto, a los huistecos y a la intervención de la señora Haydee Godoy Arellano, se logró el acuerdo gubernativo el 17 de noviembre de 1950, con que la Revolución del 44 le otorgó su Independencia, pero fue hasta el 10 de febrero de 1951 en que se declaró formalmente.  Es muy importante señalar que el presidente de la república era el ilustre doctor Juan José Arévalo Bermejo. Para efectuar el acto de desanexo, era imprescindible la presencia del Gobernador Departamental de Huehuetenango, quien viajaría en avioneta a Miramar, Nentón, ya que para llegar a Santa Ana vía terrestre, se llevaba tres días. El Gobernador ordenó se le fuera a encontrar al lugar donde la aéreo nave aterrizaría. Una comitiva, la cual llevaba 60 caballos de silla, para transportar al Gobernador y a sus acompañantes, partió al lugar mencionado.  El señor Humberto Montejo tenía bajo su responsabilidad esta misión.  Le acompañaron Armando Castillo Lemus, Eligio Montejo López, Javier López Aguirre, Gilberto López López, Carlos Martínez, Roselio Monejo, Raúl Montejo y Pastor Tello.  El día  9 de febrero se marcharon a Miramar a esperar al Gobernador y a otras personalidades representantes del Estado.  Acamparon en un rancho. Llegó  el medio día y la avioneta no aparecía. Un ruido semejante al que produce una aéreo nave los hizo ponerse rápidamente de pie, sin embargo, no divisaron nada. Esta falsa alarma se repitió varias veces. Rieron a carcajadas al descubrir que era un tecomate el que producía ese peculiar sonido al introducirse el aire por su embocadura. Aquel tecomate que colgaba de una horqueta fue destruido para que no volviera a confundirlos.     Uno de la comitiva fue enviado a Nentón para intentar comunicarse con el Gobernador. Cuando iba en camino, encontró  a una persona con un bastón y un documento en  la mano. El que  llevaba  ambos objetos le comunicó que se dirigía a Miramar a dejar un mensaje a la comitiva, cuyo remitente era el  Gobernador.  La misiva fue leída por la delegación, cuyo contenido decía que retornaran a Santa Ana, puesto que el Gobernador y acompañantes ya no asistirían. ¿Por qué razón? Sencillamente porque AVIATECA (aviateca, según Acta No. 1. 1950),   no les proporcionó el avión.    La tarde había caído, el aullar de los coyotes y el  canto de los grillos resonaba, por lo que decidieron pasar la noche ahí.

-Mañana madrugamos-, ordenó don Humberto Montejo, con una voz melancólica-alegre.     Previo a lo narrado en las últimas líneas que son surcos históricos, llegó a Huista la orden de dar cumplimiento al acuerdo gubernativo.  Don Jesús (Chus) María Mérida, fue quien se ofreció viajar a Miramar a informarle a la comitiva sobre todo lo sucedido, ignorando que ya estaban enterados.  El 9 de febrero a las 22:00 horas  inició la marcha montado en un azabache de “pura sangre” y llegó a su destino cuando el alba aun no había despertado.  Los  gritos de don Chus aterró a la delegación, pues creyeron que era el misterioso Sombrerón quien quería utilizarlos como objeto de burla.  Al darse cuenta que era un huisteco, rieron alegremente.    Al amanecer, regresaron a Santa Ana.                     Retornando a los atropellos sufridos por los santanecos, no debe quedarse  en el tintero  el  siguiente  suceso: “El alcalde de San Antonio, que era don Delfino Mendoza, llegó a Huista a recoger los impuestos como primer beneficio económico para su comunidad y con descaro contó el dinero y dijo: ahora sí tuvieron que sacar el pistío.

Esto ocurrió en febrero de 1936”. Es preciso señalar que además del Gobernador, fueron invitados también los ministros de Educación, Economía, pero no asistieron por la razón expuesta.   Ya en el pueblo, en plena celebración, don Juan Bautista Escobedo sacó sus anteojos, se los acomodó bien y comenzó a leer el acuerdo gubernativo: “Palacio Nacional: Guatemala, 17 de noviembre de 1950.    Vista para resolver la solicitud presentada por los vecinos de Santa Ana Huista, departamento de Huehuetenango,  relativa a que se restablezca su municipio; y   CONSIDERANDO:  Que por tratarse, no de la creación de un nuevo municipio, sino de que recupere su autonomía uno que fue anexado, de conformidad con la quinta disposición transitoria de la Ley de Municipalidades, no se debe tomar en consideración el número de habitantes; que, además, cuenta con una extensión superficial muy superior a la de otros municipios del mismo departamento, razones que son suficientes para acceder a lo pedido; que, por otra parte, oídos la Dirección General de Estadística, y el Ministerio Público, manifestaron su conformidad;  POR TANTO,  El Presidente Constitucional de la República   ACUERDA:  Restablecer el municipio de Santa Ana Huista en el departamento de Huehuetenango.   Comuníquese,  ARÉVALO          El Ministro de Gobernación  FRANCISCO  GUERRA Y GUERRA

 

Se realizaron los actos protocolarios, estableciéndose la nueva Corporación Municipal integrada así: Juan Bautista Escobedo, Alcalde Municipal y Juez; Miguel Matamoros Lemus, Síndico; Esteban Antonio Castillo López, Regidor Primero; Austreberto González Morales, Regidor Segundo; Arcángel Herrera López, Regidor Tercero; Emilio Monzón Camposeco, Regidor Cuarto y Filomeno Hernández Domínguez, Secretario Municipal.

A base de esfuerzo popular, se logró este anhelo que duró casi 15 años para materializarse.   Ese  10 de febrero de 1951, se declaró formalmente la Independencia de Santa Ana Huista.  Se celebró el triunfo con alegría indecible. A kilómetros de distancia se escuchaban los juegos pirotécnicos, la marimba, los cantos, la algarabía.

-¡Ayayay!-, gritaban los  borrachos.

-¡Viva nuestra Independencia!-, vociferaban otros bolos.  

Por otras partes, gritos de júbilo. El sonido de envases que se quiebran.

Don Juan narra la odisea. Tantos tragos amargos, tantas frustraciones cosechamos antes de la victoria, repetía muchas veces.  Venía a su memoria los engorrosos trámites burocráticos en la capital. 

 

El desasosiego inmenso dejó huellas. La ilusión que se desvanecía también. Las incidencias que ocurrieron para la aprobación y proclamación de la Independencia fueron muchas. Tantos sueños que se derrumbaron durante esos años. Las devastadoras consecuencias son eternas...Nada ha podido borran las profundas y graves secuelas de este hecho histórico. Tantos años de oprobio, de injusticia, de ignominia.     Después de muchos años de sacrificio, nunca se superaron los sufrimientos, ni recuperamos lo que nos arrebataron. El castigo fue exageradamente exasperante. El tiempo que Huista estuvo preso, detuvo todo progreso.

Ya casi todos esos héroes han viajado al oriente eterno, pero dejaron una huella. Dicen algunos ancianos que se convirtieron en míticas aves que jubilosamente surcan los cuatro puntos ángulos del cielo huisteco, especialmente cada 10 de febrero.  Pero tristemente, las nuevas generaciones pusieron en algún  rincón del maldito olvido esa gesta de amor, junto a sus líderes y al pueblo admirable. Esos héroes, ese pueblo valiente, ahora duermen empolvados y apolillados en el injusto anonimato. Yo, como un humilde escribiente, rindo un merecido homenaje a ellos que están olvidados y desconocidos por un pueblo ciego, sordo, indiferente. Me siento orgulloso porque amaron y se fueron amando su pueblo y sé que sienten nostalgia por él. Dejaron caer una semilla dentro del húmedo surco y pronto amanecerá.   Perdón, volvamos a la fiesta que está muy alegre, más alegre que nunca.  La comida es abundante y exquisita. Don Juan Bautista suplicó a las siguientes santanecas encargarse del delicioso banquete:  Carmen Matamoros Lemus, Evelia Castillo, Natividad Morales, Belisa Morales, Ernestina Castillo, Leonarda Silvestre, Teresa López, Manuela López, Francisca Delia Montejo López, Albertina  Montejo, Adela  Molina, Maura Lemus, Emiliana Cifuentes, Roselia Peláez, Gumercinda Velásquez,  Agustina Morales, Sofía Morales, Ermilia Lemus, Elena Armas López, Basilia Monzón y Hortensia Castillo. 

La fiesta duró tres días ( unos afirman que ocho días). Era  justificable.        La marimba  no dejaba en ningún momento de pregonar su alegría y su ritmo contagioso.

 

Miren allá, el gentío se agolpó en derredor del alcalde don Juan Bautista para saludarle y felicitarle.    Todo  está atestado de gente. Don Filomeno quiso llorar de la emoción, pero sus sollozos se ahogaron en su garganta. 

Por entre toda  la gente, un campesino ebrio levantó el sombrero y pidió la palabra. Alzó la botella de cusha y dijo: ¡Salú pa todos! Y se vino a pique, quedándose dormido sobre la alfombra de pino que está esparcido por doquier. Los líderes, quienes fueron los que más sufrieron, están bañados en lágrimas.  Todos exclaman al unísono:!Viva Santa Ana Huista!.  Don Juan Bautista alzó la mano y señalando el cielo, dijo: primeramente, gracias a Dios.      La fiesta continúa. Yo inicio el retorno. El pueblo está de fiesta, pero yo debo partir ya.  Aun puedo escuchar los aplausos, los  vivas.

Estoy en la lejanía, pero estoy verdaderamente cerca de mi pueblo, quizás, mucho más cerca de los que están cerca físicamente.

*Utilizo el término Huista, por ser Santa Ana el primer pueblo denominado así por los españoles.

 

 


Publicado por hameh0017 @ 8:27
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Jueves, 06 de diciembre de 2012

PROSAS DE LA METRÓPOLI

Por Elder Exvedi Morales Mérida

I

-El pueblo está cansado de gente inútil-, me dijo, con la mirada perdida en el campanario de la iglesia católica.

Y agregó: visualizá tu futuro. Cerrá los ojos y soñá. Pensá qué querés ser, qué querés tener.

No seas tacaño para soñar. El hombre sin visión, va directo al fracaso. Una visión tiene un precio, hay que pagar por el éxito. Tendrás detractores, tenelo por seguro. Debés ser la diferencia. Definí lo que querés patojo. Hay que dejar la vida mediocre y anhelar ser grande. ¡Pobre es el que no tiene voluntad propia, sueños, anhelos excelsos!

Hoy debés empezar el camino, no mañana. Vos naciste para triunfar.

 

Oí atentamente. Escuché religiosamente. Solo abrí la boca para decir: Gracias.

 

Mi otro yo me convenció.

Al día siguiente, muy temprano, partí para la ciudad capital. Era  octubre de 1993.

(Guatemala, 30 de octubre de 1994)

 

II

Su hermoso rostro angelical destilaba ternura. Había algo de misterioso en su mirada.

Su sonrisa transmitía una mezcla de amor y de inocencia. La vez  que vi que se deslizaba una lágrima por sus mejillas,  nació   en mí incontables interrogantes. Era evidente que algo nos tenía ligados, aunque fuera la primera vez que nos encontrábamos en este sendero de la vida.  Ambos iniciamos nuestros estudios musicales en la Escuela Nacional de Música.

 

(Guatemala, 1 de noviembre de 1994)

 

III

Silenciosamente se marchó, no sin antes volverme la espalda.

Yo me doblé y caí al suelo.

Se fue, pero me quedé con su angélica sonrisa en mis labios.

Aquella con quien despilfarramos alegría se fue, se marchó.

 

Entre sollozos le dije: Adiós, adiós, para nunca más volver.

(Guatemala, 3 de noviembre de 1994) 

 

IV

-La vida es un carnaval.

Todos se escudan detrás de un disfraz, de una máscara-, me dijo con evidente enojo.

 

Inclinó la cabeza y no pudo contener su llanto. Nunca en mi vida había visto llorar a un hombre así. Luego, murmuró algo casi imperceptible. Alzó los ojos y los clavó en los míos, y pronunció sus últimas palabras: “Tienes amigos cuando en tus bolsillos llevas dinero. Cuando los necesitas, están distantes. La gente es una mierda, mejor me largo de una vez”.

 

Me dio un abrazo y se marchó. Un mes después, aproximadamente, la trágica noticia: se había suicidado.

(Guatemala, 10 de diciembre de 1994)

 

V

Muchos recuerdos me invadieron. La soledad parecía neblina en mi corazón. Del baúl de mis recuerdos extraía los días felices que viví en mi pueblo. No me cansé de leer y releer mi ayer, porque era lo único que me acompañaba. El humeante cigarrillo de la melancolía no se acababa, no se apagaba.

Entonces comprendí que no hay medicamento eficaz contra la nostalgia.

Estaba lejos, muy lejos de los míos y de mi pueblo.

En un rincón solitario de la ciudad de Guatemala, me hallaba.

(Guatemala, 24 de diciembre de 1994)

 

VI

Cada día se atizaba, se acrecentaba mi nostalgia por el pueblo. Me engendrada melancolía el pensar en él. Mi espíritu se moría de las ganas de caminar por sus callejuelas, de charlas con los amigos, de sentir de nuevo el calor familiar. ¡Cómo anhelaba aspirar el perfume silvestre que las flores emanaban!

 

Desde el fondo de mi corazón fluía la nostalgia por mi pueblo, y se convertía en poesía.

Ese valle rodeado de montaña, ese pueblo apacible, estaba fuertemente adherido a mí, que, incluso, en momentos pensaba retornar y dejar inconcluso mi sendero trazado. Se encendían continuamente los recuerdos y sufría.

 

Jamás olvidé esa despedida de octubre de 1993.

 

Expuesto al sol ardiente, recorrí el Centro Histórico, imaginando que caminaba por las calles y avenidas de mi poético pueblo.

(Guatemala, 7 de febrero de 1996)

 

VII

En medio del oscuro rumor del destino lloré.

Vagué por las calles y  avenidas céntricas de esta ruidosa y contaminada ciudad, anhelando que alguno de esos antisociales satánicos me cortara la vida, y ningún transeúnte vi.

 

El desamor y la pobreza me arrastraban a suicidarme, a terminar  con mi atormentada existencia. Creí que era la única salida de todo, la única manera de ya no sufrir más. La soledad y el infortunio me iban cercando cada día más.

“Cuando la vida es un martirio, un deber es el suicidio”, era el estribillo que resonaba siempre en mi cerebro.

 

Tan miserable, tan desolado, tan desgraciado me hallaba. Estaba ya muy cerca del abismo.

 

 

La idea de quitarme la vida y poner término al sufrimiento que me azotaba, era permanente, y se avivaba cada vez más. La situación era ya harto insoportable.

 

Por fortuna, no llegué a materializar esa blasfemia.

 

¡Qué serenidad extraordinaria sentía al pensar en la poesía  y volvía a levantarme y continuar mi sendero!

 

Desde que me volví más soñador, un empedernido optimista, incineré la negra idea y se esfumó para siempre.

(Guatemala, 4 de noviembre de 1999)

 

VIII

Con una clara y tierna sonrisa me recibió ella que llegó con la primavera a mi vida.

-Hola-, fue la primera palabra que brotó de sus pequeños y vibrantes labios.

-Hola, respondí tímidamente.

 

Avivamos el fuego del amor. Su mirar, de eterno brillar, iba conmigo, incluso, a lugares donde mis pies no caminaban…

Depositó su recuerdo en mi pensamiento, por eso, jamás la olvidaré.

Es cierto que una sola vez la vi en la historia de mi vida, pero es indudable que todos los días está conmigo.

(Guatemala, 6 de noviembre de 1999)

 

IX

Nervioso y fumando* sin parar, la esperé. Ya era tarde, muy tarde; las seis, para ser exactos.

 

A esa hora, en la 18 calle, los energúmenos, parásitos, animales delincuentes, bastardos, aumentan más su maldad.

En vano busqué sus huellas. Lo único que aspiraba, era su recuerdo: hacía un mes que la había contemplado.

Las siete de la noche con 27 minutos y nada, nada.

La esperanza del reencuentro se marchitó.

 

No recuerdo cuántas veces los delincuentes me pidieron dinero.

 

Fue esa, una de las tantas que  ella me dejó con las manos vacías.

*Eso de fumar es ficción.

 

 

(Guatemala, 7 de diciembre de 1999)

 

X

Entre la vida y la muerte me paseaba. Sin embargo, soñé que la esperanza aplaudía frenética y entonaba himnos de amor. Corrí por el empedrado de las callejuelas de mi pueblo gritando a todo pulmón que la muerte estaba derrotada. Desperté y me conmoví al verme postrado.

Me hallaba en el hospital militar. Pero sabía que todo pasaría y por eso continué creando belleza por medio de la palabra, y soñando a ser poeta.

La herida, huella del puñal asesino, me torturaba, pero no logró robarme la esperanza.

(Guatemala, 8 de noviembre de 1999)

 

XI

Tantos años viví como ermitaño.

Hasta hoy lo descubrí, quizá porque al volver a transitar mi camino ya andado, se abrieron de nuevo mis heridas y florecieron mis sonrisas.

Me aislé por completo del mundo, por varias razones, entre ellas: la hipocresía.

 

La soledad fue mi primer y más antiguo refugio en mi exilio voluntario.

Ahora  comprenderán por qué de las páginas de mis historia destilan cantos que constituyen un verdadero misterio.

Y hoy que desentrañé mi horizonte,  me he dado cuenta de que existo.

(Guatemala, 9 de noviembre de 1999)

 

XII

Previo a abordar el carruaje de la muerte, quiero hablar. ¿Para qué llevarme las palabras, si me convertiré en verso?  Soy incomprendido en mi época. He sufrido persecución, cárcel  y destierro por defender mis ideales. ¡Tanta frustración acumulada en mi ser!  Pero a pesar de todo, he mantenido una sana actitud. También  confieso que no soy ajeno al sufrimiento de mi prójimo. Soy tan blando y tan duro a la vez; naturalmente, dependiendo de las circunstancias.

Se desvanece mi esperanza cuando el sabor a hiel de la realidad saboreo. Sé que mi cabeza no se blanqueará,  por eso me expreso hoy.

Desde hace ratos esperé la muerte y ya ha llamado a mi puerta.

(Guatemala, 5 de enero de 2000)

 

XIII

Enmudecieron las calles de la ciudad. La amarga realidad no dejó de agredirme. Sin muchos rodeos, le escupí mi odio. Divisé mi futuro  y lloré al descubrirlo negro, fúnebre, maldito.

Su ausencia me había  robado la paz, la esperanza, la alegría. Tantas sombras se ocultaron en mis rincones. Tantas preguntas sin respuestas. Me enredé en el tiempo. Me sentí huérfano de amor. Los recuerdos escarbaban sin piedad mi conciencia.

 

Ella, mi hermosa historia, era evocada en mi mente y me dolía el alma al saber que ya no estaba.

(Guatemala, 7 de enero de 2000)

   

 

 XIV

Fue un bálsamo para mi espíritu saber que me amaba. Esa mañana del 9 de enero me lo confesó tímidamente.

-Recuperemos el tiempo perdido-, le dije.

 

Entonces brilló más su sonrisa angélica.

 

-Recuperémoslo-, respondió jubilosa.

 

Resonaron nuestras carcajadas y en el aire les nacieron alas y surcaron cielos.

Enjugó mis lágrimas con su cabellera y bebimos a sorbos nuestros besos.

 

Bajo la mirada de cientos de personas nos hallábamos.

Cómo recuerdo que de entre sus pechos virginales, como péndulo, una pequeña cruz de madera de mecía. Caminamos. Se detuvo en la esquina del cine Lux. Me vio, me besó, y se perdió entre la oscuridad.

Le supliqué no se marchara, pero como niebla, se esfumó.

(Guatemala, 9 de enero de 2000)

 

XV

-Lo sé de sobra. Me reencarnaré en el arte-, dijo con serenidad.

 

Le dio una pescozada a la melancolía y esbozó una sonrisa. Los días pasaron. El calendario agonizó lentamente. Su ausencia eterna me hizo reflexionar. Lo alentador fue que atrapé su voz, su recuerdo y la convertí en poesía. Ahora tan solo me queda recordarla. Desde aquí miro el pasado. Los recuerdos parecen pájaros: constantemente vienen a mis ramas a posarse.

 ¡Tantos nidos en mis ramas! Bandadas de escenas desfilan frente a mí. Un miedo terrible siento cuando me doy cuenta que ya no está conmigo, que estoy muriendo solo, muy solo.

(Guatemala, 11 de enero de 2000)

 

XVI

La muerte me sorprenderá en la mayor pobreza. Lo sé muy bien. A pesar de ello, en tierra bíblica descansaré...

El arte, fuente de la eterna juventud, es mi inspiración, y eso es lo que me importa. Por ahora- 12 de enero-,  me duele la conciencia, no sé si porque dejé que el amor se escapara de mis manos. Seguramente esa sea la poderosa razón que me tiene atada el alma.

 

Los recuerdos y las sombras se desplazan en el cuartucho viejo. ¿Qué mensaje me traerán?  Dios mío, ¿Cuándo enarbolaré mi bandera de libertad? Ávido estoy Señor de respuestas.

 

Ya mis pasos están cansados. En esta gran ciudad, está por apagarse una llama más.

 

(Guatemala, 12 de enero de 2000)

 

XVII

Silencio, amargura, desesperanza.

A la mañana siguiente, hallo lo mismo en mi sendero.

He iniciado el nuevo milenio llorando, llorando como cuando vine al mundo.

Vamos a hacer de caso – le digo a la soledad-, que este es mi último día terrenal.

Las huellas de mis andanzas destilan frustración. Avanzo por entre la multitud preguntando por ella y solo recibo burlas.  Poco a poco me voy consumiendo. Sediento de amor muero. Asediado por la pobreza y desamor he emprendido la marcha. En el arcón de mi memoria deposito estos recuerdos involuntariamente. Mi cuartucho en la Recolección (3ª calle “A” 1-53, zona 1), mi recinto que me ha cobijado por años, será el único testigo de mi partida.

Ha caído el telón. Se escuchan nutridos aplausos.

(Guatemala, 13 de enero de 2004).

 

XVIII

Hoy reafirmé esa idea: la gente es versátil: interpreta en el teatro de la vida diversidad de personajes.

Tengo la certidumbre de que siempre será así.

 

Eran las tres de la tarde, según el enrome reloj de la catedral metropolitana de la añeja Ciudad de Guatemala. Yo estaba sentado, contemplando el palacio nacional y el edificio religioso, cuando él pasó. Por más que lo llamé a gritos,  no dio ni la mínima  muestra de interés.

 Ese era el día cuando más lo necesitaba. Yo no llevaba en los bolsillos más que un quetzal. Cuando él pidió una mano amiga, jamás se la negué y no me arrepiento; incluso, nunca me pagó cien quetzales que me solicitó en calidad de préstamo. Si alguna vez me necesita, le diré: “Claro, por supuesto”.

(Guatemala, 14 de enero de 2004)

 

XIX

¡Qué abominable actitud! Todos los seremos humanos somos iguales, no importando raza, clase social, género, posición económica, edad, cultura. Pero ella no entiende esto. Realmente no lo quiere entender. Lástima que sea una señorita bella físicamente, pero horrenda espiritualmente.

Cree que su riqueza económica lo es todo. Siempre toleré su actitud, pero hoy ahora ya no.

 Nos hallábamos en el Conservatorio Nacional de Música cuando inmaduramente dijo que el “indio” es una vergüenza  para el país.

Pobre rica.

(Guatemala, 15 de enero de 2000)

 

XX

Voy con mi dolor irremediable.

Tantas llagas abiertas llevo en mi alma. Sembré esperanzas en los corazones y cultivé espinas.

Me inmiscuí en una lectura de fantasías y los demás me escupieron sus palabras venenosas. Recurrí al poder de la palabra escrita para expresarme y gané muchos sinsabores.

Sin embargo, enarbolo mi pluma como incisiva arma, que me vale críticas y destierro.

Tantas puertas me han cerrado. Mis actos han sido mayores que las palabras y eso me renueva, me fortalece.

Dios me dio voz para cantar eternamente, por eso no me callo. A pesar de que los “míos” me insultaron hoy,  mi trabajo será siempre tenaz y eterno.

(Guatemala, 20 de febrero de 2000).

 

 

XXI

Provocó mucho delirio en mí esa curvilínea vestida con poca ropa. Caí en su poder de seducción. ¿Cómo? No lo sé exactamente.

Su larga cabellera rubia rozaba suavemente sus enormes senos blancos. Me tenía embobado.

El cruce de sus piernas perfectas alimentó más mi deseo carnal. Sus labios seductores susurraban no sé qué. Su expresiva boca murmuraba algo dulce. La sexy rubia me miraba de soslayo, eso creo; quizá esté equivocado.  Quise lamer sus pechos, abrir sus piernas y penetrarla. Ah, sus pechos blancos, sus caderas, sus bellas  piernas. Por un momento imaginé que acariciaba su sexo y ella se revolcaba del placer y disfrutábamos de tantos orgasmos.

Quise poseer a esa prostituta del bar que parecía una  diva de Hollywood, y no tuve más que quedarme con las ganas prendidas...

 

Y es que el SIDA…

 

(Guatemala, 30 de marzo de 2000)

 

XXII

Un pánico me impedía conocer nuevas personas y, sobre todo, abrir mi corazón. Tuve miedo a arriesgarme.

¡Tantos ayeres dormidos en mi alma que han despertado!

Hoy la vi después de muchos años y atizó mi temor.

 

La amé. La quise. La adoré. Ella me pagó con mentira, son engaño, con humillación.

Menos mal que no la odio, esto, gracia a que la amé con auténtico amor…

 

Nos hallábamos en el teatro, en la sala Manuel Galich; eran las cinco de la tarde.

Cuando le placía, me miraba y esbozaba una sonrisa hipócrita.

Pobre, miserable, cree que el dinero lo es todo.

(Guatemala, junio 2000)

 

XXIII

Yo ya era otoño, cuando ella era apenas una espléndida primavera.

 

Cabello corto, anteojos, delgada, tez blanca e inocente.

 

Ya había avanzado mi camino, cuando el de ella recién comenzaba.

Aurora, alba era aún.

 

¿Creería que cruzó por mi mente lo que ahora ocurre?  No. Jamás.  Siglos han pasado, y aún estoy aquí.

Ya no es amanecer.

Es otoño, como yo.

 

 (Guatemala, 12 de diciembre de 2003)

 

 

XXIV

Mi sombra silenciosa vagó entre las calles que un día me vieron jugar canicas, tejo, tiro al bote, tenta, arranca cebollas y muchos otros juegos.

 

Mi sombra se desplazó por todos los rincones de mi pueblo-cárcel, buscando en vano a aquellos niños soñadores y aventureros con los que hace siglos anhelamos  arreglar el mundo.

 

-Ya no están. Se fueron. Se marcharon. Jamás volverán, como tú lo has hecho-, me dijo la historia que vagaba en el mercado, en el Instituto, en mi pueblo.

 

(Guatemala, 16 de diciembre de 2003)

 

XXV

Eran las nueve de la noche cuando caminamos por la Sexta Avenida sin pronunciar una sola palabra. Conmovidos, miramos las escenas tristes: niños, adolescentes y de todas edades, durmiendo en las aceras frías, sucias, hediondas y cubriéndose con cartones y hojas de periódicos.

En la entrada del cine Lux (6ª Av. y 11 calle, zona 1), una ancianita tiritaba de frío y agonizaba.

Ella, sin pedirme permiso, la abrigó con mi chumpa típica que tanto me agradaba.

La viejecita expiró, riéndose, mofándose del frío, que por tantos años la torturó.

Ella, llorando y rezando por su alma, cerró suavemente sus ojos.

Con la mirada le indiqué que debíamos continuar y me obedeció.

 

-Mirá- le dije-, esa niña juega con una muñeca.

Ella quiso sonreír, pero no lo logró.

 

-Es una inocente niña que duerme con un bebé de carne y hueso en su regazo. Es-agregó-, una de las tantas niñas abusadas sexualmente por hombres enfermos y malvados.

 

Y concluyendo con su única intervención, dijo irritada, desalentada: -El futuro se anuncia negro, más triste, más miserable.

 

Las calles frías, sobre todo, la Sexta Avenida, guardaban un silencio profundo. Ella y yo continuamos recorriendo el desconsolador trayecto. ¿De qué me sirve narrar todas esas conmovedoras escenas, si no les importa?

 

Los moradores de esta ciudad, como los habitantes  de las grandes metrópolis, casi han perdido la sensibilidad. El dolor ajeno en nada les incumbe, pensé.

 

Ella, la soledad, que desde mi tierna infancia me acompaña, sabe cuánto me duele ver a la gente llorar, sufrir, agonizar, ante la mirada indiferente de los pobladores de esta ciudad.

 

(Guatemala, 18 de diciembre de 2003)

 

XXVI

Cruzamos  tímidas miradas.

Era inevitable. No podíamos dejar de vernos. Sumido en la contemplación de su belleza estaba. La bebía a sorbos y ella lo sabía, de sobra lo sabía.   En ese preciso momento sonrió.

Por entre la gente, apareció el poeta. La multitud nos miró y el poeta se sumó.

Ella, que es poesía, desapareció, se esfumó, como un encanto. Salí apresurado por entre la muchedumbre a buscarla. Recorrí calles y avenidas. Volví a recorrerlas. Un caos reinó en la ciudad.

 

Carros estrellados, semáforos desorientados, congestionamiento sin solución. La llamé. Grité a todo pulmón.

-Ella nuca estuvo aquí. Todo es producto de tus malditas alucinaciones-, me dijo mi amigo poeta, que había seguido mis huellas.

-¿Para qué la buscabas? ¿Para qué te diga que lo pensará? Testarudo, necio, ella no pondrá jamás una mirada en ti. Son diferentes, totalmente diferentes. Ella ama las riquezas materiales, tú no. Además, ¿qué posees en este mundo materialista y putrefacto?  Nada, pero sí una riqueza más preciosa…

 

Abrí los ojos. El silencio selló mis labios. El poeta se despidió con un apretón de manos. Enseguida, con completa libertad, dos lágrimas brotaron de mis ojos.

(Guatemala, 19 de diciembre de 2003)

 

 

XXVII

Una fuerza extraña nos unió.

La vi con pasión a los ojos y ella me vio y su rostro hermoso se sonrojó más.   La tomé de las manos. Suavemente la besé. En sus labios sensuales se dibujó una sonrisa de deleite. Acercó su boca a la mía y yo acerqué la mía a la suya.

Nos besamos. El primer beso fue como una leve caricia, pero candente, como brasa  divina.

Cerró los ojos. Yo seguí lamiendo de sus labios carmesíes ese néctar que solo ellas, las mujeres, pueden dar.  Respondió con sus besos palpitantes. Temblábamos con delirio. La abracé y me abrazó. La acaricié y me acarició. Nos fundimos y fuimos uno, solamente uno. Pero desperté del sueno número mil 825, y de nuevo experimenté ese sentimiento de frustración, de soledad.

 

 (Guatemala, miércoles 25 de febrero de 2004)

 

*Murmuré a tus oídos

uno de los tantos versos que te he escrito,

 y tus labios destilaron más mil,

 más dulcísima miel.   

 

 

XXVIII

La tarde del lunes 22 de noviembre, derramaste sonrisas a manos llenas. ¡Más hermosa te aprecié! Tu hermoso semblante destilaba un júbilo contagioso, tus labios murmuraban acentos encantadores, tus miradas dictaban versos angelicales, tus gestos, un lenguaje de belleza indecible.

 

Me sentí en mi Patria, en mi mundo, en mi barca, en mi paraíso.

 

 (Guatemala, lunes 22 de noviembre de 2004)

 

XXIX

Este martes 23 de noviembre, como otras veces, has estado muy cambiante.

Por la mañana sonriente, amable, soñadora, poética.

Por la tarde callada, indiferente, fría, fría, como los amaneceres en invierno.

No en vano creo que eres laberinto, un tornado, una senda clara, un panorama irreal.

Esa inestabilidad tuya me atormenta. ¡Cómo me gustaría fueras pasión y no indiferencia, sonrisa y no silencio, lumbre y no incertidumbre!

 

 (Guatemala, martes 23 de noviembre de 2004)

 

XXX

Esa tarde del miércoles 24, es una huella indeleble en la historia de mi vida.

 

-Usted y mi tía, ¿qué son?-, me interrogó la Meches, sentada a mi izquierda, sobre la segunda grada de la escalera que conduce a la terraza.

 

Por un momento guardé silencio.  La pregunta seguía resonando en mi memoria, mientras ella me miraba fijamente a los ojos, serena, audaz, esperando una respuesta.

 

En ese preciso momento esbozó una sonrisa y me contagió.

 

-¿Que qué somos con su tía?-, le pregunté, fingiendo no entender.

-Sí-, respondió ella, con un tono misterioso.

-Nada, nada-, agregué con  cierta intriga.

 

-Me gustaría fuera mi tío-, murmuró.

-Yo quiero ser su tío, pero a ella no le agrada la idea-, musité.

-¿Por qué?

-Porque, realmente no lo sé.

 

La interesante charla fue interrumpida por  Elenita, mi sobrina, que de un lado a otro se desplazaba alegremente.

La tarde cayó. La noche se anunció.

 

 (Guatemala, miércoles 24 de noviembre de 2004)

 

XXXI

No he logrado conciliar  el sueño. Tu imagen me atormenta de nuevo, como otras muchas veces.

Tu nombre se ha multiplicado en bocas fantasmales que han surgido de los poros del silencio.

Dulcemente has retornado a robarme la tranquilidad.

Es jueves 25 de noviembre, cinco de la mañana con siete minutos. Estoy sentado al borde de mi cama, con pluma y papel en mano, desnudándome, escribiendo o mejor dicho, desnudando mi voz.

 

No te miento, me esforcé en no hacerlo, me negué a ponerme de pie para hacerlo, pero una extraña  fuerza me derrotó y me doblegué a su voluntad.

 

Ya la aurora se anuncia.

Feliz día.

 

(Guatemala, jueves  25 de noviembre de 2004)

 

XXXII

Los siglos han pasado y tus huellas están ahí, tan frescas, tan vivas, tan viejas, tan nuevas.

 

Gran parte de mi sendero he caminado y aún te diviso tan cerca, tan eterna y ondeante, como una bandera.

 

En vano le he pregonado al mundo que soy un ermitaño, un solitario, un ser humano que no necesita de los demás. A muchos he asesinado con mi silencio, con mi distanciamiento; pero a ti que he intentado eliminarte incontables veces, cada día naces sin morir jamás, cada vez más creces, como lumbre ansiosa de eternizarse.

Y a pesar de que sé con certeza que eres imposible de olvidar, de dejarte de amar, neciamente me vendo los ojos, cierro mis labios y cubro mis oídos. Pero mi espíritu, mis pensamientos, mis sentimientos están libres, libres como las aves en las islas más remotas  y deshabitadas por los males.

Estás en mí, como la vida misma.

 

(Guatemala, viernes 26 de noviembre de 2004)

 

XXXIII

Ayer te marchaste y te llevaste mis pentagramas y mi pluma, pero no tu sombra. Te cuento que con ella he pasado charlando horas ininterrumpidas. Se sentó conmigo a la mesa a desayunar, a leer el periódico, a tejer sueños, a suspirar, a construir castillos en el aire, a escuchar para Elisa de Beethoven, a declamar el YO PIENSO EN TI de José Batres Montufar, a parafrasear el poema El cobarde del ermitaño Leder, a llorar tu frialdad, a reír mi ingenuidad, a compartir el tormento que dulcemente has sembrado en los surcos de mi historia.

 

Hoy es viernes 26, y creo que es mi ocaso, pero tu sombra me vuelve a la realidad.

 

En tu viaje, ¿has sentido un vacío, una melancolía que toca insistentemente a tu puerta?

 

Aquí está tu sombra, en cada rincón de mi existencia.

 

 (Guatemala, viernes 26 de noviembre de 2004)

 

XXXIV

Platicar contigo, es reencontrarme con páginas nuevas de este libro de la vida que tanto amo y exalto.

Estar contigo, es  encontrarme conmigo mismo para desnudar mi voz y caminar las calles de esta ciudad que tanto amo porque aquí he tejido incontable versos y canciones.

 

Amor mío, pensar en ti es enredarme en una canción que Dios teje todavía con esa maestría admirable.

(Guatemala, sábado 27 de noviembre de 2004)

 

XXXV

Llevo dulcemente a cuestas tus huellas, tus recuerdos, tus sueños, tus caricias.

Pienso más en ti que en mí mismo, y por eso no me percato de cómo la vida se me esfuma.

 

Pendejo que soy, sé que nunca me amarás y aún sigo detrás de ti como un perro sin dueño. Menos mal que las calles de la ciudad me aman y las amo.

 

(Guatemala, domingo 28 de noviembre de 2004)

 

 Cel.: 55 22 63 04  

Correos Electrónicos: [email protected]

[email protected]

[email protected]

 

 

 

 

 

 

 

 


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Mi?rcoles, 05 de diciembre de 2012

ENTREGA DE LA OBRA: ¨ POETICA DE LA PALABRA¨ ANTOLOGIA POETICA DE HUEHUETENANGO.

 


El día 8 DE DICIEMBRE de 2,012 será la entrega de la referida obra, en la cual vienen publicados 17 poetas y 4 poetisas de Huehuetenango, entre clásicos, recientes y vanguardistas. Tan importante publicación, viene a llenar un vacío que ya era latente en nuestro departamento.


Los estudiantes y estudiosos de la materia, tendrán a partir de entonces, a la mano, un instrumento valioso, para conocer las creaciones poéticas mas importantes de sus autores.


POETICA DE LA PALABRA, será una herramienta tan útil que facilitara el trabajo de investigación de los estudiantes en todo el departamento, ya que estará disponible en todos los centros educativos del nivel medio, bibliotecas municipales y casas de cultura de los 32 municipios con que cuenta Huehuetenango.


Solo mediante la lectura de los poemas incluidos en POETICA DE LA PALABRA, podrá percibirse las distintas corrientes literarias, escuelas, estilos e influencias de las voces incluidas; así como su calidad evidente y triunfal. 
POETICA DE LA PALABRA, recoge las más significativas y fundamentales muestras de la poesía, de poco más de un siglo de vida del departamento. Son plumas meritorias que han triunfado a nivel nacional e internacional, en su mayoría. El sello de cada uno es característico, para decirlo, en una palabra.


POETICA DE LA PALABRA, busca fomentar el gusto por nuestras letras, nuestra poesía y creación literaria. La lectura de nuestros autores, será posible gracias a sus alcances, a su disponibilidad, a su inclusión en este territorio pluricultural y multilingüe. 
POETICA DE LA PALABRA, constituye una expectativa de apreciar lo nuestro. Al ser la primera obra en su género, que ve la luz publica en este terruño. Tanto su autor como ciertos críticos así la ven.
Solo la acuciosa y tenaz labor de su autor pudo conformar este libro que de por si, constituye, no solo un hito histórico, sino un valioso legado a las generaciones venideras como del presente, tendiente a formar un criterio sue generis. Este aporte cultural, aclara el horizonte y enriquece la bibliografía literaria departamental. Viene a ser una obra de consulta obligada para quienes deseen nutrirse de este género de las bellas artes.


POETICA DE LA PALABRA. RAIZ AZUL DEL TIEMPO EN LA POESIA. FECUNDO RAMO DE VOCES DEL HUEHUETENANGO ANCESTRAL Y ETERNO. 
ALMA Y LUZ DE LA POETICA DE HUEHUETENANGO. CONFLUENCIA DE PRISTINAS PLUMAS EN HOJAS DE SUBLIME ANHELO Y LOS AHUEHUETLES: ABUELOS DEL AGUA.
RECUENTO DE VOCES FUNDAMENTALES EN EL AMBITO LITERARIO Y CULTURAL DE ESTE DEPARTAMENTO DE NUTRICIAS BELLEZAS Y ONIRICAS VOCES.
POETICA DE LA PALABRA: NUTRIDA Y NECESARIA RAZON DE LA POESIA. ALIENTOS DE DORADOS MATICES EN EL ESPECTRO CULTURAL DE ESTA TIERRA Y DEL MUNDO.
LLAMA Y LUZ HECHO PALABRASEN EL AFANOSO COMO SINGULAR VUELO DEL POETA.



ACOMPAÑANOS A LA ENTREGA DE ESTA OBRA Y CELEBRA CON NOSOTROS EL AGRADO DE TENER UN ESPLENDENTE DOCUMENTO DE CONSULTA DE LOS MAS SIGNIFICATIVOS VALORES DE LA POESIA DE HUEHUETENANGO. LUGAR TEATRO MUNICIPAL DE HUEHUETENANGO, FECHA: 8 DE DICIEMBRE DEL 2,012 A PARTIR DE LAS 19:30 DE LA NOCHE. TE ESPERAMOS.

 


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A EL TERRERO PINALITO

Autor: Elder Exvedi Morales Mérida. 1994.

 

Es Terrero Pinalito una canción,

que palpita en el corazón,

de los Cuchumatanes amados,

de esos altos montes eternizados

por el bardo Juan Diéguez  que un día

se marchó de la patria que sufría

por una terrible tiranía.

 

Es un verso en flor,

un pentagrama de primor.

 

 


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A  OJO DE AGUA LA MONTAÑA

Autor: Elder Exvedi Morales Mérida. 1994.

 

Ojo de Agua la Montaña,

con música vegetal se baña,

en el retozo de los Cuchumatanes,

por eso es  musa de talismanes.

 

Tierra fructífera  y soñadora,

cuna de la esplendente aurora;

suelo bendito y generoso,

estrado de Dios, el amoroso.

 

En mi canto te enaltezco,

y con humildad te ofrezco,

este  ramo de canciones,

este haz de versos en floraciones.

 

 


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A PUMUL

Autor: Elder Exvedi Morales Mérida. 1994.

 

Tu poético nombre Pumul,

tu  canoro nombre de ixpumul,

se yergue en mi alma de turpial,

y en mis quimeras egregias de quetzal.

 

Tu pulcro  nombre de ave canora,

tu dulce nombre de aurora,

es un ramo de versos,

un manojo de rosales tersos.

 

Mi alma campesina se recrea,

en tu beldad inmensa, bella aldea;

porque eres en los Cuchumatanes,

cuna de cantos verdes y  titanes.

 

Pumul, sinfonía vegetal y campirana,

gema en el alma de Santa Ana,

te ofrendo mi numen sincero,

mi canto de radiante clarinero.

 

 


Publicado por hameh0017 @ 9:52
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A CUATRO CAMINOS

Autor: Elder Exvedi Morales Mérida. 1994.

 

En Cuatro Caminos

se trasponen cuatro sinos,

cuatro  senderos,

cuatro cantos de clarineros.

 

En su tierra fértil prolifera

frijol, maíz y la apacible primavera;

y las edificantes manos

ofrendan sus frutos lozanos.

 

Sus paisajes bonancibles,

sus parajes diáfanos y apacibles,

son en el alma un joyel,

y en Guatemala, un vergel.

 

Y yo le canto con el alma,

con esta voz de turpial que ensalma;

con este júbilo de guitarra huehueteca,

con este raudal de música huisteca.

 

 


Publicado por hameh0017 @ 9:51
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